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Todos nos llamamos Ali.

Todos nos llamamos Ali – Marcas nacionales y la amabilidad de los extraños.

“Stranger” es un vocablo inglés que posee dos acepciones en español, la de extraño o desconocido y la de forastero -o en algunas regiones: fuereño, es decir que viene de fuera. Ambos significados pueden ser complementarios o no, ya que uno puede ser forastero y a la vez perfectamente conocido y a la inversa, ser un desconocido, un extraño en la propia tierra. Podemos ser considerados extraños cuando realizamos actos que nos separan de una “marca de identidad”.

Quisiera aplicar esta breve nota aclaratoria a los debates sobre inmigración que están tan presentes en nuestro día a día y que en realidad siempre han estado presentes. Debates sobre la identidad nacional e internacional y cómo operan los códigos políticos en las formas de entender la inmigración y la emigración. A quién se autoriza, bajo qué estatus y por qué se recibe o se rechaza a los forasteros, cómo somos vistos cuando cruzamos la frontera de nuestra nacionalidad y, por definición, dejamos de ser ciudadanos. Preguntas que han sido bastante discutidas y seguramente lo siguen siendo en este momento por expertos en la materia (y por otros no tan expertos). Si bien, me gustaría preguntarme acerca de los orígenes de los códigos de aceptación o rechazo de los extraños (o extranjeros) y el modo en que contribuimos a perpetuarlos, consciente o inconscientemente con modelos de identidad que nos son impuestos y que responden a decisiones políticas que casi siempre se toman con independencia de los intereses reales de los pueblos. Existen aspectos claramente visibles en las marcas de identidad como son los rasgos físicos pero también intelectuales como lo son el idioma o la formación; pero además hay marcas nacionalistas, guías maestras de idiosincrasia que nos condicionan lastrando o beneficiándonos y que por motivos diversos escapan de nuestra capacidad de actuar.

Un ejemplo que quizás viene al caso es el que se produjo con motivo del 70 aniversario de la liberación de París. Vi el documental sobre La Nueve, la brigada española que bajo el mando del general Leclerc libera Paris [1] (documental realizado curiosamente no por un español sino por un director argentino). Esta brigada estaba conformada por excombatientes republicanos que luchaban creyendo que esta hazaña podría ser un primer paso hacia la siguiente liberación: la de la España bajo el poder totalitario de Franco. En dicho documental y según testimonio de algunos de los combatientes, los parisinos de entonces estimaban a los españoles; sabían que habían sido ellos quienes contribuyeron fervientemente a la liberación de su ciudad. Sin embargo, bastó la omisión de cualquier mención de aquellos actos en Liberation [2] y las declaraciones de De Gaulle, ignorando completamente a los españoles para que tal memoria –ese poso de amabilidad hacia los forasteros, un cortés signo de agradecimiento si se quiere, fuera borrada, suplantada por una “más natural” identidad nacional.

Este es solo un ejemplo (entre muchos y que podrían ser tema de numerosas discusiones) que cito para ilustrar cómo la memoria del pueblo está cada vez más dirigida y mediatizada. Desde luego existen afinidades tradicionales instaladas en lo que podemos denominar el inconsciente colectivo pero incluso este inconsciente es en gran parte algo prefabricado; una interesada y brutal formación ideológica diseñada como herramienta de control. Yo mismo como español que vive en el extranjero me he sentido en ocasiones “bajo el encargo” de representar en cierta medida los hallazgos de una identidad nacional, a la vez que también he sido prejuzgado por sus fracasos. Ante esta situación uno no puede sino habitar los intersticios, cruzar con cuidado las líneas que nos definen como ciudadanos, y a veces crearse una máscara, una herramienta de protección y ocultamiento diseñada para ganarnos “la amabilidad de los extraños.” En este sentido seríamos como Blanche DuBois en Un tranvía llamado deseo cuando, al final de la obra de teatro, confiesa: “siempre he dependido de la amabilidad de los extraños”.

Pero ¿de qué depende la amabilidad de los extraños? Es lo que nos vemos obligados a descubrir cada instante que salimos de nuestra propia casa. Es cierto, todos dependemos en cierta medida de la amabilidad de los extraños; ellos: los que nos leen y nos ayudan, quizá desinteresadamente. Blanche sabía cómo ganarse su confianza, curiosamente haciéndose pasar por lo que no era, una chica bien de alta alcurnia. Sabía adaptarse al marcador identitario que la sociedad admiraba y premiaba. Sin esta forzada aproximación a los marcadores de identidad debemos de buscar razones más profundas para la amabilidad: la religión quizá, como el buen samaritano, o el individuo espiritual que apela al karma. Tal vez los activistas, centrados en grupos concretos de represión o los trabajadores sociales y los profesionales de la psiquiatría para quienes los necesitados (de amabilidad y de otras cosas esenciales) dan sentido a su importantísima labor. Sin esas razones, uno parece no poder ser amable con quien supone una amenaza a esas marcas que son una máscara de identidad nacional: costumbres, tradiciones, indumentarias, habilidades… Deberíamos entonces preguntarnos para quién supone una amenaza un extraño, para nosotros o para el poder para el que trabajamos como policías guardianes de esa máscara en la que jamás encajaremos. Lo describe muy bien el título de una película de Fassbinder: “El miedo se come el alma [3]. El miedo a la falta de identidad, a ser despreciados por una sociedad que solo acepta a quienes marca la convención y también el miedo de los que temen perder sus orígenes identitarios, igualmente prefabricados.

Publicado en SalonKritik
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[1] https://www.youtube.com/watch?v=sCTzkiBmMFU
Agradezco a Ricardo Cotanda el haberlo compartido en Facebook.

[2] La omisión fue subsanada 70 años después http://www.liberation.fr/societe/2014/08/22/aout-1944-la-liberte-guidant-paris_1085140

[3] Rainer Werner Fassbinder. Angst Essen Seele auf (Ali: Fear Eats the Soul). Traducida al español como Todos nos llamamos Ali. (1974)

SENTIR (por casualidad)

Exterioridad de lo compacto, objetos en el espacio. Sólo sujetos observando.

Hay una deuda con lo exterior, con la mesura del afuera. la distancia, el tiempo, son tan sólo una ilusión, una mentira -hermosa, vital-.

Dejarnos ser medidos, no a razón de otros objetos, sino de una distancia cero con lo real, con lo exterior, que somos nosotros mismos en un mismo contacto con lo otro.

Los acontecimientos suceden en nuestra pantalla del tiempo (de nuestro tiempo), somos proyección, producto de la representación, evidencia de la luz- y de las máquinas de luz-. Hay algo en la luz que fascina la mirada, la hace abalanzarse, alejarse de lo que mira. Ventanas de luz, agujeros de luz blanca, huidas, arrebatos (pausas). No doler la vista, no haber nada que duela, (no) ver.

¿Por qué no hemos soportado el roce? El roce produce el sonido, el sonido nos devuelve al tiempo, articulamos el tiempo cuando escuchamos el silencio y adivinamos la leve presión de soportar lo que esta siendo percibido.

Lo atmosférico, un dolor neutro, sentir (por casualidad).

Hilos, fibras, pequeñas ligaduras con el aire, enganches, leve presión, contacto, estimulación.

Atmósfera, del pasado y del futuro, siempre. Hemos sido arrojados, vertidos. Somos para ella- límite de nosotros mismos, para saber donde acabamos y comienza lo real-. Del habitáculo fetal, sin aire, fusionados con la madre-somos, hemos sido ella algún día- sufrimos el gran despertar, la autonomía, la gran soledad de la poesía que es nuestra. Escribirla es respirar.

Escribir ha de ser algo invisible,  pues el oído no escucha las palabras que se olvidan. Aunque hayan sido ellas realmente sustrato final, puente con lo demás.

Y debajo como renglón una música que no cesa de doler. Expandida en destino. Frotándose tan lejos de nosotros, o tan cerca, que ignoramos su existencia. Pese a que siempre se interpreta cuando pensamos: “ayer”, y otra vez “mañana”, hablando de ahora.

El camino era puro pues el final estaba en cada paso, en la presión que nos sitúa “para siempre”, en el segundo que nos retiene no habitando en nosotros mismos sino habitando nosotros mismos.

-Texto publicado en la revista digital Schema (1999)

Notas sobre el género y el estilo en el arte.

Los géneros son pobres medidas de catalogación y archivo. A medida que profundizamos tendemos a prescindir de ellos. Tal vez porque nos hacemos mas específicos con lo que queremos y con lo que necesitamos para conseguirlo.

Un artista consume los géneros del arte de un modo creativo. No importa que sea un dibujo o una pintura, un cuadro o una exposición,  una frase o una novela, no importa la época o el autor; el artista necesita materia conceptual, ¡ideas! –  alimento para construir su propio discurso.

Son los usos conceptuales y emocionales de las obras lo que le dan sentido al arte – La mera contemplación es solo otra forma de turismo.

Una o dos frases componen un aforismo y muchas mas hacen un volumen filosófico. El artista coge lo que quiere y hace lo que quiere con ello. Solo si no se sabe lo que quiere se tiene un problema.

Hay momentos en que se hace completamente necesario tomar el todo, toda la obra de un autor y en otras ocasiones una mera cita, un cuadro, un dibujo o incluso una línea es suficiente. Un simple punto puede abrirnos camino hacia todo un universo.

Cuando el artista busca, se prepara, tiene que acariciar la información disponible, como el DJ que pasa la mano por el lomo de los vinilos hasta encontrar lo que busca. Pero en cierto momento también tiene que saber morder, agarrar la presa. Artista es aquel que quiere acariciar pero también morder la información para conseguir cachos jugosos de alimento.

No es necesario ser un artista para seguir esta dieta rigurosa pero todo el que la sigue se convierte en uno. Tampoco todo es acariciar ni todo es morder, hay un orden de eficiencia, lo importante es siempre conseguir lo que uno quiere, y no parar hasta conseguirlo.

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El estilo es el modo en que dejar que las cosas sean expresadas a través de uno mismo. Es dejarse atravesar por la realidad, no intentar atravesar la realidad.

Cuando el artista inscribe con su mano cualquier superficie, cuando “junta” dos piezas en una instalación, incluso cuando conecta dos ideas en un orden conceptual, está creando una conexión entre la realidad y él mismo, está dejando ser a lo real a través de su propia percepción.

“El estilo debe mostrar que uno cree en sus pensamientos, no sólo que los piensa, sino que los siente” Nietzsche

Para conocer y definir el estilo hay que reconocer una continuidad en estas formas de contacto. Cuando se percibe esta continuidad y repetición se puede determinar un carácter de estilo. Es entonces cuando nuestro trabajo evoluciona ya que nos situamos justo en el punto de contacto y no en uno de los dos lados: Realidad <—- > Yo.

Algunos principios sueltos del dibujo

Aprender a mirar, a observar, a ordenar el campo visual. Esto es aplicable a cualquier ordenación o inscripción dentro del campo visual. Conocimiento de reglas de composición. Ser consciente de que éstas tan solo responden a sistemas de visión propios de cada cultura.

Olvidar el virtuosismo y los tópicos de lo artístico como fidelidad de la copia. Para esto está la fotografía y en dibujo las técnicas primitivas de reproducción como la cámara lúcida.

Dibujar aquello que se ve de hecho, no lo que se cree ver. Dar cuerpo a la ilusión visual.(Por ejemplo en la cabeza de León en la silla de Vermeer). Existen infinitas formas de aludir al objeto.

Hacer visibles fuerzas que no lo son (Deleuze. Bacon, Lógica de la sensación). Presión, inercia, gravedad, germinación etc…

Conocimiento de técnicas de control de la mano, el brazo, el cuerpo. Formas de aproximación al papel. Presión – (Ex)presión

Conocer y manipular distintos estilos y modos de manipulación gráficos. Uno no nace con un estilo de expresión, se va adquiriendo al experimentar con muchos. Como todo dibujo es un experimento, el estilo está sujeto a constante evolución.

No hay trazo malo, todo son aproximaciones a la forma. Si queremos llegar a un sitio quizá no sigamos el camino más recto. Esto no significa que hayamos trazado mal, sino que hemos efectuado una “tentativa de aproximación” a un objetivo. En tal caso no retrocedemos y volvemos a iniciar el camino (borrar el dibujo) sino que la siguiente ocasión corregiremos la trayectoria.

– David García Casado

La última Bienal del viejo Whitney

photo

Texto publicado originalmente en SalonKritik

¿Qué es el arte contemporáneo estadounidense hoy?*

Debido al extenso trabajo de desmontaje de la Bienal del Whitney Museum de Nueva York existe la tradición de mantener abierta una de las plantas de la exposición, durante una semana más después de su clausura, que fue el pasado 25 de mayo.

Por casualidad coincidí en el ascensor con un grupo de ayudantes de desmontaje y no pude dejar de ver en ese hecho algo simbólico extrapolable al futuro del propio edificio del Whitney[1] que, a partir del próximo año, será trasladado a un nuevo espacio más moderno situado junto al parque High Line de Nueva York. Cuando el ascensor se detuvo en las aún operativas salas de tercer piso, pregunté a un encargado la razón para haber “salvado” ese piso en particular y él me respondió que normalmente se elige aquella planta que ha sido más popular durante toda la Bienal.

Como casi siempre, lo popular no es sinónimo de lo mejor y, en efecto, uno tiene la sensación de estar más bien en una de las exposiciones colectivas de primer año de Bellas Artes. Llena a más no poder de objetos que revelan personalidades extremadamente diferentes (eclécticas diría alguno) y recursos que van desde la saturación kitch de los massmedia (a la manera de Mike Kelley pero siguiendo una metodología tan obvia como ineficiente) a manierismos preciosistas que parecen provenientes de un taller de manualidades de jubilados de algún ayuntamiento de provincias (a los que respeto sobremanera, solo que no esperaba verlos en el Whitney!) todo ello junto a cosas tan dispares como el Abecedario de Deleuze en la instalación audiovisual de Semiotext(e) – un tanto viejuna, usando esos monitores que se empleaban antiguamente para exponer el video arte, como para dotarlo de una cierta “objetualidad”. El Abecedario está disponible en Internet hace mucho tiempo, traducido a numerosos idiomas ¿¡necesitamos verlo en un museo!?

Por otra parte, ¿por qué continúan exponiéndose las publicaciones como si éstas fueran arte visual, en lugar de animar la lectura y la difusión en su propio medio editorial específico? Entre todo ello -en el medio de cualquier itinerario posible- nos encontramos con remedos de Beuys, de Duchamp, de Rauschenberg… como dirían aquí: “you name it”. A pesar de las explicaciones del encargado, me siento inclinado a pensar que la razón de mantener abierta aquella planta era simplemente porque la consideraron la que tenía más “contenido artístico” por metro cuadrado, además de ser la más recorrida.

Otro espacio que se encuentra igualmente saturado de “contenido” como es el caso de Facebook, aunque supuestamente cuenta con la ventaja de que nosotros somos los “editores” o “comisarios”, lo cual no garantiza en absoluto la calidad de lo que ahí se vierte, a veces nos ofrece la oportunidad de leer comentarios sugerentes. Por ejemplo, Francesc Torres, que en este momento también se encuentra en Nueva York escribe: “He ido a ver la Bienal del Whitney. Algo debe estar pasando que explique por qué no pasa nada”… La expresión resulta interesante ya que expresa algo que se viene sintiendo cada vez más a menudo en las grandes exposiciones de arte contemporáneo.

La Bienal del Whitney tal vez no sea el lugar en el que se pueda encontrar una explicación a lo que está pasando en el mundo del arte hoy, quizás tampoco pretenda ser muestra de los movimientos de la época [2], pero ¿ entonces en dónde buscar? Tal vez estamos inmersos en un momento del arte en el que no existe escena ni movimiento alguno que ofrezca una mirada o un panorama más o menos abarcador de nuestra época. Un ejemplo es que después de haber hablado con artistas y agentes culturales que viven en Brooklyn muchos me han transmitido que la llamada “escena artística de Brooklyn” en realidad no es una escena, sino más bien una red, una asociación temporal que intenta beneficiar a los individuos, a facilitarles su trabajo o simplemente dotarles de herramientas para seguir en activo. No se sabe muy bien si es un problema de los artistas, de los comisarios o tal vez de la falta de críticos y teóricos. Lo más probable es que sea la suma de todas aunado a un efecto económico; acaso el contenido artístico y verdaderamente revelador de época se haya finalmente “evaporado” hacia otros ámbitos de las producciones de lujo como son la moda, la arquitectura o el cine. Sin embargo, resulta paradójico que una ciudad como Nueva York, probablemente uno de los lugares en donde viven más artistas del mundo, genere tan poco contenido artístico interesante. Quizá sea esta paradoja, la que la Bienal del Whitney del 2014, metafóricamente, finalmente ha acertado en expresar.
* Con esta pregunta inicia el texto de presentación de la Bienal. [N de la E]

[1] http://whitney.org/About/NewBuilding
[2]También en Facebook, Juan Carlos Roman Redondo, comparte una estadística reveladora sobre los artistas seleccionados en la Bienal del Whitney: Un 48,6% por encima de los 50 años, y un 20, 25% supera los 65 años.
[3] He escogido la imagen del cuadro de Ed Ruscha porque despues de ver la Bienal me acerqué a Gagosian a “gozar” con la fantástica selección de grabados y fotografías de Ruscha.

La inocencia perdida

La inocencia perdida. Una lectura de Palo Alto

Palo Alto de Gia Coppola adapta al cine las historias cortas del libro homónimo de James Franco, relatos contemporáneos del ambiente de chicos y chicas bien de Palo Alto, California. Para ello quizás se inspire en la cadencia narrativa de su tía Sofía pero su mirada va más atrás y busca referentes en la forma de filmar y presentar los acontecimientos de clásicos como American Graffiti, La última película o Rebeldes sin Causa. Historias de jóvenes que en su proceso de crecimiento necesitan espacio, existir fuera de la mirada social ya que muchas veces de un modo inconsciente están realizando un experimento peligroso. Sus cuerpos, sus emociones, son armas que pueden herir a cualquiera que se ponga en su camino. Por eso buscan refugio en los lugares más recónditos, en los descampados, en los aparcamientos periféricos; es ahí donde se generan las historias y se toma el pulso que determina sus destinos.

De algún modo esa energía incontrolable resulta incomoda para la sociedad pero a su vez se vende como referente nostálgico: aquellos días “en los que vivíamos peligrosamente”. Por esa razón, los dramas juveniles son más intemporales que las historias de los adultos, conscientemente adheridas a la época. Aun más, algunos de los mejores narradores de novelas de la literatura americana son jóvenes: El guardian entre el centeno, Las aventuras de Huckelberry Finn, El Gran Gatsby, Matar un ruiseñor… No importa en qué época se viva, un joven siempre es un joven y su única perspectiva es el aquí y ahora, y los modos de gestionar su deseo inmediato. Los cuerpos adolescentes son máquinas de escribir literatura; ollas a presión, donde se cuecen los clichés de la cultura popular, de los estereotipos y los modelos paternos o fraternales, de la idiosincrasia de una región o de un país…

Hay jóvenes que son capaces de dejar aflorar los efluvios, de vivir en la superficie, de exteriorizar las mutaciones salvajes del cuerpo y del espíritu. Otros, los más sensibles, afectados por el dolor que produce un estado de (des)ajuste permanente, viven pequeños dramas poéticos que se componen y conectan los unos con los otros a cada instante. Los mas tímidos, casi niños de Asperger, se ven aquejados de múltiples depresiones y estados de alegría repentina – flujos que escriben las más bellas historias y también a veces las más trágicas. De todas esos dramas: los embarazos adolescentes, los abusos, los suicidios, ellos son a duras penas los responsables, ¿acaso no viven en “la edad de la inocencia”?

En una secuencia de la Palo Alto Emily (Emma Roberts) le dice a Teddy (Jack Kilmer): “A ti no te importa nada verdad?”. El responde: “Ojalá no me importara nada”. Aunque parezca lo contrario, los jóvenes son casi siempre conscientes de su desajuste y de los errores que cometen pero por alguna razón no pueden hacer nada para evitarlos. Tan solo pueden sufrir por las consecuencias y anhelar desesperadamente que desaparezca el problema, o que alguien le ponga solución. Los acontecimientos más funestos muchas veces son generados por héroes locales alrededor de quienes giran los acontecimientos. Jóvenes que se lo juegan todo a una carta, que desafían a la autoridad, que ya han perdido la inocencia pero buscan un espacio de autonomía y poder conviviendo con los inocentes. Por eso la pérdida de la inocencia es siempre una toma de responsabilidad hacia un destino propio, el dejar de escribir las historias de otros: la del hermano mayor, la de la chica mas popular, la de los formidables héroes adolescentes, y empezar a escribir la propia, aunque eso signifique dejar atrás a la familia, a la ciudad donde se ha crecido y a toda una idea de seguridad que nunca será indefinida.

Publicado en InfoLibre

Gore Vidal: Los Estados Unidos de Amnesia

Nicholas Wrathall by Leila Jacue

Nicholas Wrathall by Leila Jacue

Gore Vidal fue una verdadera rara avis en el panorama sociopolítico y cultural estadounidense, nacido en una cuna de políticos muy cercanos a las grandes familias demócratas: Gore, Eisenhower, Kennedy…, aunque con una posición siempre muy crítica y liberal, más cercano a los postulados de los primeros americanos y sus ideales de independencia y libertad individual.

Hombre de extremada sensibilidad y de una inteligencia precoz, fue autor de novelas y libros históricos así como de adaptaciones literarias en producciones de Hollywood donde fue capaz de ganarse la vida y desarrollar sus magníficas habilidades sociales. El éxito de su carrera como escritor le dio una visibilidad y una presencia mediática que le convirtió en un “habitual” de los programas de debate televisivos en los que fue capaz de exponer las contradicciones del sistema estadounidense, señalar sus errores y criticar los movimientos imperialistas de su propio país. Sin embargo, su profunda naturaleza crítica con el poder y la sangre política que corría por sus venas le llamaron a presentarse como candidato democrático para senador. Perdió por muy poco, aunque sin gastar apenas 1.000 dólares en la campaña. No obstante, siguió siendo un punto de referencia para la izquierda en Estados Unidos y un espejo implacable de todos aquellos políticos y reporteros que buscaban en él un diagnóstico o un vaticinio de los acontecimientos.

El documental sobre Gore Vidal Estados Unidos de Amnesia, presentado en el Festival de Tribeca de Nueva York (y cuya fecha de estreno en España se desconoce por el momento) hace un recorrido biográfico relatando todos estos episodios de su vida, mezclando anécdotas, material de archivo e imágenes recientes de los últimos años de su vida cuando, habiendo perdido a su compañero emocional Howard Austen, junto a quién pasó media vida, se ve obligado a vender la villa en Italia donde residían y regresar a su país, en el que quizá había perdido ya toda esperanza.

Recientemente entrevisté al director, el australiano Nicholas Wrathall, que tuvo la oportunidad de conocer y filmar a Vidal en los últimos años de su vida, hasta poco antes de su fallecimiento en 2012.

¿Cómo se ve a Gore Vidal en los EEUU contemporáneos?

Es una buena pregunta. Creo que para muchos Gore Vidal es un héroe. Especialmente para gente de izquierdas, hay muchos medios independientes y blogs que recurren a menudo al legado de Gore. Bill Maher, Democracy Now, Amy Goodman…, hay mucha gente de izquierdas que adora a Gore, sin duda. La gente de derechas quizá lo ve como un radical un poco loco, pero creo que incluso en la derecha lo respetan como escritor…, en especial su ficción histórica es muy respetada. Quizá su persona pública es demasiado radical para muchos pero ha estado en el centro de la cultura durante tanto tiempo porque conocía a tanta gente de tantas generaciones y ha escrito sobre tantas instituciones y eventos políticos que creo que ocupa un espacio bastante esencial en EEUU.

¿Es tan raro en EEUU encontrar a un intelectual conectado con la política? ¿Fue Gore Vidal único en ese sentido?

Sí, creo que es raro encontrar a alguien que es un insider en Washington DC, que creció en una familia política, conoció a presidentes y fue a la Casa Blanca y que es a la vez tan intrépido, tan crítico con esa gente y con sus motivaciones y maquinaciones. Sí, creo que es muy raro en cualquier cultura, y ahí radica una gran parte de su poder, porque ocupa una perspectiva privilegiada que no todos podemos tener.

¿Cree que de algún modo él anunció el fin de la era de lo político y el gran reinado de los medios de comunicación?

Creo que sí. Yo soy de Australia, donde hemos tenido unas elecciones hace bien poco y la situación fue patética; la derecha llegó al poder y solo tres meses después de ganar en las urnas y después de no cumplir ninguna de sus promesas su intención de voto ha bajado al 30%. El cinismo en el que vivimos no tiene precedentes. Y si piensas en Estados Unidos y cómo el dinero privado maneja las instituciones, sin duda podemos hablar del fin de la política, se trata de una era de lo corporativo.

¿Cree que hay algún sucesor hoy en día del legado de Gore Vidal?

Creo que hay interesantes periodistas y comentaristas, pero no creo que haya alguien que esté tan en el centro de la cultura como Gore, que pueda reunirse con políticos, actores o aristócratas al mismo tiempo que hacer un comentario crítico y hablar desde tan adentro de las instituciones.

Hay una expresión de una belleza terrible que emplea Gore en la película: “Cuando quiero ver cuál será el siguiente paso que va a dar EEUU tan solo tengo que mirar a mi propio corazón negro”. ¿A qué cree que se refiere con el “corazón negro” de EEUU? ¿Se trata de un corazón imperialista, dominador, violento…?

Sí, es interesante, creo que él era casi como un emperador romano que había visto los acontecimientos más importantes del siglo XX tan de cerca que eso le permitía tomar el pulso de los acontecimientos de un modo muy preciso. Creo que su propio corazón negro eran los propios EEUU, lo que EEUU podría hacer como imperio para mantener su posición dominante. Él sentía todo eso corriendo por sus venas.

Respecto al rodaje, ¿era Gore Vidal una persona diferente cuando no le estaban grabando con una cámara? ¿Cómo era fuera de cámara?

Es una buena pregunta. Sí que era un poquito diferente. Fuera de cámara se mostraba más relajado, un poco más bromista y contaba más cosas sobre su vida privada. Pero cuando estaba en cámara era muy consciente de que era una personalidad pública siguiendo una agenda, y no quería revelar su vida privada. No la negaba pero no quería dejarse arrastrar por ella. Sabía que había cosas más importantes de las que hablar en público que de las anécdotas sobre su vida personal.

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Librerías secretas y refugiados del papel.

Publicado en Infolibre

Las librerías están desapareciendo de Manhattan. Sí, la gran cadena Borders quebró hace un par de años ya, y Barnes and Noble subsiste tal vez por ser la única gran librería que es a la vez un centro de ocio y eventos.

Hace poco pasé por la calle 57 y vi que la librería Rizzoli estaba cerrada y unos grandes paneles de madera pintados de azul ocultaban la renovación. Una nota de agradecimiento a los clientes anunciaba el cierre. Prácticamente todos los negocios de Manhattan se enfrentan a la cruda realidad inmobiliaria. Cuando termina el contrato el nuevo precio de alquiler no resulta asumible para la mayoría y más para un objeto en crisis, el libro en papel.

Se suele atribuir esta crisis del libro a los dispositivos y la tinta digital pero la realidad es que nadie tiene tiempo para leer. Cuando hablo de leer no me refiero al hecho literal de introducir información escrita en nuestras mentes – tal vez sea ahora el momento de la historia en el que tenemos más acceso y utilizamos mas información escrita. Me refiero al hecho de adaptar nuestro tiempo al tiempo de lectura que crean los escritores, un ritmo propio, separado de la vida cotidiana, un viaje mental, que es como se describe en ocasiones a la lectura de libros.

Esa experiencia de viaje ahora se esta relegando a las producciones audiovisuales y mas concretamente a las series. Producciones como Juego de tronos, True Detective o Mad Men, son creaciones con inspiración literaria que al presentarse de un modo visual nos ahorran el esfuerzo de imaginar y nos proporcionan esa experiencia de viaje mental tan necesaria para escapar de nosotros mismos.

Siempre admiro a quienes encuentran tiempo para leer libros físicos, en un parque, en el metro, en algún banco de la calle. Les veo pasando las páginas de libros con el lomo gastado, que a veces tienen anotaciones o subrayados… y lo cierto es que parece ya algo del pasado. Aun así, y sin ser demasiado romántico al respecto – con la firme convicción de que es más importante que la cultura pueda compartirse con tanta facilidad como es posible hacerlo hoy en día con los medios digitales- de alguna manera siento que el libro electrónico no me cautiva de la misma manera que el papel. Tengo 200 libros en el Ipad, y cuando estoy leyendo uno en concreto me asalta la ansiedad al pensar que hay otros 199 a la espera de ser leídos y parece que tuviera que hacerlo antes de que desaparezcan de alguna forma. De esta manera salto de uno a otro sin terminar de leer ninguno.

Los libros en papel, sin embargo, tienen presencia. Aunque tal vez nunca los leamos todos sabemos que están ahí, en la estantería, conviviendo con nosotros, compartiendo nuestro espacio físico. Con sus palabras, conservadas en papel, que el tiempo amarilleará quizás pero cuyas páginas podremos abrir con emoción para encontrar otro tiempo. En el interior de un libro es donde el tiempo de un objeto y el tiempo de una historia otra coinciden de una manera única.

Por eso tiene sentido hoy en día la existencia de librerías secretas, como Brazenhead en Nueva York. Un espacio no solo para comprar libros sino para habitar con ellos mientras se conversa con su dueño, Michael Seidenberg. Para Seidenberg, “se trata de una batalla perdida, hemos perdido”, ahora somos todos unos refugiados. Por eso dirige una librería pirata, que es su propia casa y en la que acoge a todo aquel que busque el reconfortante refugio del papel, mientras se bebe con ellos un vaso de whisky, por ejemplo. Llegar ahí es fácil, su nombre está en el libro de la guía telefónica. Pero también puede resultar difícil, se da la paradoja de que casi nadie hoy en día posee una. Aun no he saltado ese obstáculo mental, hacerme con una guía telefónica, buscar su nombre y llamarle. Aun no me he considerado a mi mismo un refugiado del papel, aunque muy posiblemente lo sea.

Tan lejos, tan cerca: La palabra

Me gusta ocultar mis sentimientos a los ojos de mis congéneres, sin que, no obstante, me esfuerce aprensivamente en hacerlo, lo que consideraría un gran defecto y una gran tontería.

Robert Walser. El paseo.

Mi convicción es la de que el artista, siendo el enemigo de la sociedad, por su propio bien debe de permanecer tan invisible como sea posible y ciertamente indistinguible del resto de la multitud.

Paul Bowles. Without Stopping.

Qué poco dicen a veces los hombres, que apenas dejan entrever restos de experiencias en sus cuerpos o en sus ropas. En especial los escritores, casi siempre camuflados, vestidos de un modo neutro, “indistinguibles del resto de la multitud”, y a los que solo un tipo de presencia singular nos hace reconocer que están ahí, en un cierto abismo existencial, colgados de la experiencia de los hombres.

Pero también hay individuos capaces de decir tanto en su forma de mirar, de vestir, de moverse… No necesitan escribir una palabra pero están haciendo literatura viva, quizá pidiendo a gritos entrar en el imaginario colectivo, que alguien los inmortalice en alguna historia, que los retrate de un modo más o menos perfecto. En cualquier caso ellos son los verdaderos autores de su ficción, del modo en que hacen la experiencia algo visible, y leíble (aunque no necesariamente legible).

Algunos condensan en el mercurio de su mirada una experiencia acumulada que permanece hermética. Historias que tal vez nadie contará a menos que lo hagan ellos mismos. Cuántos diarios habrá escritos conteniendo las experiencias más increíbles que cualquier hombre pueda vivir. Y aun así, aunque alguien los encontrara y sacara a la luz, ¿los convertiría eso en literatura?

“Si hay un sueño que jamás me ha abandonado, haya escrito lo que haya escrito, es el de escribir algo que tenga la forma de diario…es el disgusto de mi vida, porque lo que me hubiese gustado escribir es eso: un diario total”[1]. Para Jacques Derrida la literatura es un acto de democracia radical pero también de una irresponsabilidad de la palabra. En el momento en que algo se lanza al mercado literario la huella de la palabra se escapa y se pervierte la relación entre el que escribe y un otro. Un experto de la perversión, Michel Houellebecq, lo sabe bien y huye de la huella personal, de lo diario cotidiano. Según él, se puede escribir a partir de las experiencias de otros, incluso mediante un corta y pega de Wikipedia. Es en el arte de la conexión de palabras y de los relatos donde se realiza el acto literario no en la palabra en sí, ni en su huella. La huella, como el inconsciente, no dice nada, es el simple resultado del peso específico de nuestra experiencia.

Me pregunto si es necesario escribir físicamente para hacer literatura. William Burroughs intentó zafarse de la palabra, de ese virus que infecta conciencias con resonancias que nos condenan a repetir los mismos hábitos y a caminar los mismos senderos; construcciones que nos dicen es por aquí, o ese no es el camino. Junto con Bryon Gysin inventaron el cut up que es también el cut the crap: no necesitamos las estrellas para orientarnos porque no vamos a ningún sitio en concreto, nos movemos en renglones yuxtapuestos: danos una navaja y escribiremos nuestra historia. El cut up es solo una técnica de conexión pero según ellos es la ventana en la que se cuelan los acontecimientos por venir, las historias futuras. “When you cut into the present the future leaks out.”[2]

Si es posible hablar sin decir nada, también es posible decir con silencio, sin decir ni mu [3]. La palabra es lo que únicamente lo que hay antes y después del silencio. En realidad es el silencio lo que da sentido a la palabra ya que si no hubiera silencios no serían posibles las definiciones y sin una definición una palabra sería inestable, un radical libre; podría significar lo que uno quisiera, como un vocablo del Jabberwocky. Es eso lo que Burroughs y Gysin buscaban, crear una organización de silencios que desmontaran las definiciones.

La palabra es indisociable del sonido de su pronunciación. Reconocemos la palabra porque la hemos escuchado, ¿cómo si no habríamos de usarla? La voz es lo que hace que la palabra resuene en nosotros para que podamos recordarla. La palabra escrita carece de efecto sin el recuerdo, el eco de la pronunciación de los fonemas que la componen en nuestra memoria [4]. El autor se hace presente en el espacio intermedio, en las formas de silencio. Es precisamente en el silencio donde esa voz entra en escena, inadvertidamente, como cuando escuchamos el murmullo de Glenn Gould colarse en los silencios entre las notas de su piano. Lo que nos permite comprender el efecto y sentido último del texto –como si de una partitura se tratase- es el balbuceo mudo que le ponemos al leerlo, se trata de la música de la experiencia resonando en nuestros nervios. Por eso necesitamos el silencio para leer -es una forma de meditación y cuando algún otro sonido interfiere o alguien nos habla dejamos de escuchar esta voz, se trata de una interrupción atroz.

DGC- The last words

DGC- The last words

La palabra hablada pronunciada “correctamente” es esencialmente insignificante, tiene sólo un carácter instrumental; es una llave de paso, la apertura y el cierre de un intercambio. Sabemos que después de un gracias habrá un de nada, después de un hola vendrá un adiós y después de un buenas noches habrá un buenos días. Y si no es así es porque existe una fractura terrible por la que se pierde algo, tal vez todo. Es el lugar que habitan los ángeles de Wenders, tan cerca pero tan lejos del mundo [5]. Perdidos en el limbo, habitando en el mismo insoportable silencio posterior a las últimas palabras del piloto del Vuelo 370 de Malasyan Airlines: “All right, good night”… Nunca un mensaje tan aparentemente tranquilizador sonó tan terrorífico. Necesitamos escuchar la palabra, el Good morning, que abra la posibilidad de un nuevo día, para saber que existimos, que podemos oir -como a los pájaros al amanecer- la música de la experiencia. Que seguimos en el mundo de los que sienten y recuerdan las experiencias y necesitan expresarlas con palabras, como éstas.

Publicado en SalonKritik
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Notas

[1] Jacques Derrida. Palabra. Entrevista con Catherine Paolett.
[2] “Cuando cortas en el presente, el futuro se derrama”. William Burroughs. Break through the grey room).
[3] Mu proviene de muttum, vocablo que designa el sonido que hace alguien con la boca cerrada y de donde proviene tambien mot, palabra en francés.
[4] Las palabras son en realidad entidades mudas y si dicen lo hacen porque nosotros las hacemos (re)sonar en nuestra mente, como probablemente lo hagamos ahora mismo con estas palabras, que suenan gracias al lector con una voz que tampoco es la mía, porque incluso yo al escribirlas carezco de una.

[5] Wim Wenders. Tan lejos tan cerca.

“Ustedes…
Ustedes a quienes nosotros amamos…
Ustedes no pueden vernos…
No pueden oírnos…
Nos imaginan tan lejos
y estamos tan cerca…
Somos mensajeros….
para acercar a quienes estás lejos.
Somos mensajeros…
llevamos luz a la oscuridad”.

Los diferentes

Cuando se vive en una ciudad pequeña uno se esfuerza en manifestar y demostrar una diferencia. Algunos llevan algún rasgo distintivo que los hace identificables: tatuajes, una coleta, un pañuelo en el cuello, unos cascos… elementos simples pero inequívocos de una meditada imagen pública. Pero la diferenciación a menudo  no acaba en la construcción de la imagen sino que se extiende a la persona, hacia una personalidad que se desmarque del resto, unos gustos, una forma de hablar, una forma de mirar… Son atributos que apuntan a otros lugares en los que han estado o desearían estar, indicadores de una fuga mental permanente.

Todos esos signos resultan fascinantes para las personas normales, para aquellos que no tienen necesidad de diferenciarse demasiado del resto; los que están bien como son, contentos en su entorno, perfectamente representados por él. Quizá porque parezcan estos más felices, y mas seguros de sí mismos, los diferentes se encuentran también a gusto a su alrededor, a lo mejor porque es aquí donde su diferencia se hace más patente. Lo cierto es que en este contexto la diferencia requiere cierto coraje, ya que la visibilidad extrema da que hablar a las malas lenguas que construyen el tejido de mediocridad que protege a las comunidades tanto del éxito como del fracaso como modelos de convivencia.

Los atributos de la diferencia otorgan personalidad a quienes los llevan, y por qué no, también un papel determinado en una comunidad. Se convierten en personajes de una fábula con una misión. Y como en toda fábula, su llegada y su partida poseen un significado especial que nos hacen pensar y nos enseñan alguna lección.

Alguien podría pensar que todos estos diferentes podrían, no se, montar una asociación, un club, un partido político, si quiera ser amigos… Curiosamente esto rara vez sucede. Los diferentes tienen algo de polaridad idéntica, hay atracción polar hacia los mismos nortes pero se repelen en la proximidad. Hay reconocimiento mutuo pero cada uno esta indefectiblemente dedicado a su propia misión, más o menos ambiciosa, más o menos privada. Aun así, las actividades de los hombres no siempre encuentran una finalidad en el momento en que se realizan y también es posible que nunca la encuentren.

Ahora se que si volviera a vivir en una ciudad pequeña me gustaría ser más amigo de los diferentes. Si no amigo, al menos poder acercarme a ellos, saber sobre la misión vital en la que se encuentran inmersos. Una actividad que muchas veces es la simple puesta en marcha de un conocimiento que puede resultar sorprendentemente vasto y universal. Tal vez los atributos de la diferencia sean entonces un mero señuelo, una suerte de prueba de superficie y solo quién sepa ver más allá de esa diferencia acceda a todo ese conocimiento con el potencial de cambiar una vida para siempre. O tal vez a través de un filtrado lento, acaso imperceptible, ya hayan cambiado las vidas de todos nosotros sin siquiera notarlo, por eso su ausencia resulta siempre extraña, como una advertencia que no somos todavía capaces de descifrar.

(Dedicado a Manuel Tejada)