Category Archives: Musica

Crooners, máquinas de nostalgia.

Christopher Walken. When I live my life over again. Tribeca FF 2015. LEILA JACUE

Christopher Walken. When I live my life over again. Tribeca FF 2015. Photo by LEILA JACUE

Si hay una forma de arte que esté más vinculada con la idea de nostalgia esa es la música. La melodía es una conexión sensible con el pasado, una vibración invisible que, combinada con ciertos aromas y ciertos recuerdos, puede generar una atmósfera paralela, irreal, una invocación de ciertas sensibilidades, de emociones que se albergan en la memoria sensible de nuestro cuerpo. El ritmo es la analogía perfecta del latido de nuestro corazón, que se acelera o se ralentiza en función de las emociones. Por último, la voz es una llamada de retorno, es la expresión del subconsciente, de todo aquello que quisimos decir pero no fuimos capaces de articular porque estábamos arrebatados por el instante. Poseemos esta facultad posiblemente desde la invención del micrófono y los aparatos de registro; dispositivos portátiles de las emociones, máquinas del tiempo, máquinas de nostalgia.

La película El Cantor de jazz abrió esa facultad a la imagen, la posibilidad de dar un rostro a aquel que nos hace volver atrás en el tiempo. Al Jolson cantando con la nostalgia de lo irrecuperable, de la infancia perdida, de los años que, estando entregados al instante, ajenos e indiferentes al porvenir, solo se viven a posteriori en la memoria. Esta facultad para la rememoración, para la huida de las realidades intolerables pero también para recuperar las emociones que no supimos definir – para inventarlas quizá – generó inevitablemente toda una industria que se hizo patente en la proliferación que tuvo lugar, especialmente en los años 50 y 60 de profesionales de la nostalgia: los cantantes denominados crooners, un término que surgió en los Estados Unidos para denominar a aquellos cantantes que desplegaban unos registros más íntimos, hablándole al oído de la audiencia, gracias a la posibilidad de amplificación de la, por entonces reciente, tecnología de los micrófonos.

Un crooner no es, como tradicionalmente se consideraba, un cantante profesional con excelentes aptitudes para desplegar un amplio rango vocal. El crooner no necesita tener unas excepcionales dotes de voz; basta con que sea capaz de hacer suyas las canciones, de respirarlas con estilo y dotarlas de un cuerpo y textura determinada. El secreto está en los modos de alargar las palabras, de hacerlas vibrar dulcemente y sostenerlas, para quizá terminar quebrándolas violentamente. Es un arte de seducción con un alto componente erótico que Paul Lombard (interpretado por Christopher Walken en When I live my life over again) sabe jugar y que le resulta adictivo. El propio Elvis sabía el poder que tenía su voz para provocar reacciones desatadas en la audiencia, especialmente la audiencia femenina. En realidad el poder de seducción no está en la palabra en sí, quizá tampoco en su significado, sino en el modo en que se enuncia, en el estilo de enunciación de, por ejemplo, Love me tender (Como Sailor le cantaba a Lula esta canción en “Corazón Salvaje” de David Lynch).

El cantante por otro lado, no es necesariamente un escritor de canciones, de la misma manera que un compositor no necesariamente es un buen cantante. “¿Acaso se le echo en cara a Marlon Brando que no escribiera las líneas de sus diálogos?” (Dice Paul Lombard en la película), ¿por qué entonces el cantante ha de ser menos por interpretar las canciones de otro? El cantante solo ha de vivir las canciones, a su manera – my way cantaría Sinatra. Por eso tal vez también a Sinatra se le llamaría “la voz”,  un apodo habitual en el show business.

“Nací así, no tuve elección, nací con el regalo de una voz de oro”, canta Leonard Cohen en The Tower of Song, la torre de la canción, esa especie de prisión que es el Hall of Fame,  donde se reúnen las voces muertas (Nick Tosches, “Where dead voices gather”), donde la tos de Hank Williams noche tras noche resuena en los pasillos de la fama eterna. Sí, la voz del cantante es un regalo pero puede devenir también en maldición. Show must go on, dice el famoso eslogan; cuando la voz se convierte en mercancía, el intérprete se ve obligado a entregar su cuerpo y su vida entera para hacerla sonar, para que siga el show. Es la personificación del ego, retratado en el tiempo a través a las grabaciones y los álbumes editados, de las etapas de todo artista de larga carrera que en realidad son formas de adaptarse a los gustos y demandas de los tiempos. Paul Lombard pasado de moda – como propia la figura del crooner-, se refugia en los Hamptons, al Este de Nueva York, cuyo clima es tal vez la alegoría perfecta de la vida de un cantante: diez meses de frío, vegetación marchita y piscinas sucias y apenas dos meses de sol radiante, playa y romance. Tal vez toda forma de nostalgia sea la apelación a ese verano maravilloso de nuestros sueños al que queremos regresar, a través de una voz y una forma de vibrar peculiar que nos devuelve al sueño, al menos durante los tres o cuatro minutos que dura una canción.

Lo que aparece, lo que desaparece y lo de toda la vida.

Who´s next. "Hug". Ethan Russel, 1971

Who´s next. “Hug”. Ethan Russel, 1971

Un pensamiento que nos inquieta. En el momento que pretendemos introducir un elemento cultural dentro de una esfera social determinada nos preguntamos: ¿Perdurará? O, más bien, ¿perduraremos? Y, también, ¿podrá lo que introducimos tener una repercusión que perdure en el tiempo, que marque un tiempo compartido por un grupo de personas de una misma generación?

No es, ni mucho menos, nuestra voluntad ni nuestra pretensión introducir un producto que alcance tal grado de resistencia al olvido, pero si plantearnos qué es o qué ha sido necesario para que ciertos fenómenos cuajen como referentes culturales y a que interés sirve su mantenimiento para producir “efectos generacionales”.

I’m not trying to cause a b-big s-s-sensation (Talkin’ ’bout my generation)

I’m just talkin’ ’bout my g-g-generation

“Espero morir antes de llegar a viejo” rezaba el My generation de The Who. Nos preguntamos si no sea esa voluntad de evanescencia, la asunción radical de la desaparición y del olvido la que paradójicamente posibilite su perduración como elemento heroico de la cultura. Si bien, nuestra esfera mediática actual se encuentra a años luz de la de los años 60. Hoy por hoy se ha aprendido a sacar provecho de lo radical  como emoción efímera, como actitud prestada y las únicas actitudes auténticamente radicales, que arriesgan los valores que la cultura a favor de decisiones éticas inapelables, parecen carecer de un formato estético digerible por nuestros estándars visuales y su estética ha de ser suavizada con elementos “cool” –absolutamente figurativos- para poder ser tratadas, utilizadas o afirmadas como elementos culturales.

Nos inquieta entonces la idea de un sujeto que sea “nadie”, la de nuestra posible condición de “nadie de la cultura” o “nadie de lo social”. Su mera denominación ya hace imposible su existencia, su calificación nos otorgaría de por sí ya una presencia, un compromiso con lo público (esta idea de compromiso es la que más nos inquieta, ¡cuantos compromisos rotos por ambas partes!) He aquí un canto a todos los nadies de la cultura, a todos los que no necesitan de aceptaciones simbólicas, ni testimonios públicos, ni fe o maquillaje socio cultural de ningún tipo, sino tal vez el reconocimiento mudo de la transitoriedad de lo real. No hay redención, no hay gnosis, los gestos son explicaciones en sí mismas y las palabras carcasas de tiempo. Somos la enfermedad y la cura; el interior y el exterior de la cultura.

Publicado en SINO. Gijón, 2005.

Agujas y surcos de arena

mccarthy-vendome

Paul McCarthy “Tree”. 2014

Publicado en SalonKritik

Es algo en lo que he pensado mucho últimamente. Tengo la sensación de que vivimos en un gran disco que rota y rota sobre un mismo surco. Una canción está sonando pero se trata del mismo acorde repitiéndose una y otra vez. “Los tiempos están cambiando”, es la estrofa que nos tiene fascinados, como si lo que viviéramos en la actualidad fuese la cosa más maravillosa, y como testigos privilegiados contemplásemos el desvelarse continuo de las posibilidades que nos depara el futuro. Esta sensación es como la de ver el trailer de una película o una obra de teatro a la que jamás podremos asistir, que tan sólo quizá dentro de algunos siglos alguien podrá ver y establecer la coherencia y el guión de una época que ahora nos parece determinada por el puro azar – amañado quizá- pero no por eso menos inesperado.

“I didn’t mean “The Times They Are a-Changin'” as a statement… It’s a feeling.”

Lo decía Bob Dylan, su canción ‘The Times They Are a-Changin’ no es un statement, una declaración de intenciones, se trata de un sentimiento. Sentir que los tiempos cambian no es lo mismo que decirlo, se trata de estar no en el surco del vinilo sino en la aguja que hace sonar los tiempos. Estar en lo que se adapta a los microsaltos a las derivas a los altibajos del rotar inapelable de los acontecimientos.

Algunos consideramos que las obras de arte más interesantes no son declaraciones de intenciones sino también agujas que amplifican lo que suena y le dan así corpus, una presencia que de otra manera permanecería inadvertida, invisible para una multitud espectadora, que busca desesperadamente el sentido. Una multitud que entiende también el lenguaje como una declaración de intenciones, una proyección de deseos, una idea de futuro que ilumine el presente. La gran adicción de la modernidad.

Paul McCarthy sitúa una “aguja” sobre otro gran disco, la Place Vendôme de París. La música que produce su mera presencia resulta insoportable para muchos. Más allá de la analogía sexual de la pieza, es tal vez el formato (inflable, vulgar, temporal) el que no encaja en una fantasía de cultura como patrimonio, en esa gran película que nunca llegaremos a ver. Algo parecido al coleccionista que nunca llega a poder disfrutar de todas sus adquisiciones. Hablamos de la posesión de una apariencia de identidad y cualquier cuestionamiento de esa identidad resulta intolerable.

The wire mesh roof allowed plants to grow up around the support beams.

Edificio abandonado en Detroit

Sí, los surcos a veces son profundos pero jamás serán permanentes. Los senderos se borran cuando dejamos de recorrerlos y sobre las carreteras crece de nuevo la vegetación haciendo desaparecer todo trazo. Está sucediendo en Detroit donde la vegetación vuelve a crecer sobre espacios abandonados y que en otro tiempo se pensaban como ejemplos del potencial humano para construir y ser protagonistas de la historia. Y mucho antes… Hoy en día solo la topografía nos permite descubrir trazados de antiguas calzadas romanas, los surcos, las vías del despliegue de lo que fue un imperio.

Si el arte y el pensamiento han aprendido esta lección no pueden entonces contribuir a construir surco sino más bien a crear situaciones temporales de silencio, condiciones de recepción que nos permitan sentir las vibraciones de la música de los tiempos. Al igual que en el ojo del huracán habita la calma, es también en la aguja, en los instantes de inscripción (a menudo tenues y delicados como un trazo de Cy Twombly) donde se encuentra la posibilidad del silencio y la realización del acontecimiento futuro como lo que es: una materia sensible que deja huellas temporales y sujetas a reorganización, como la arena de un jardín Zen que una vez más volvemos a peinar.

NatGeo_rake_pic_101

Jardín Zen

 

Tan lejos, tan cerca: La palabra

Bruce Nauman - Silence is Golden

Bruce Nauman – Silence is Golden

Me gusta ocultar mis sentimientos a los ojos de mis congéneres, sin que, no obstante, me esfuerce aprensivamente en hacerlo, lo que consideraría un gran defecto y una gran tontería.

Robert Walser. El paseo.

Mi convicción es la de que el artista, siendo el enemigo de la sociedad, por su propio bien debe de permanecer tan invisible como sea posible y ciertamente indistinguible del resto de la multitud.

Paul Bowles. Without Stopping.

Qué poco dicen a veces los hombres, que apenas dejan entrever restos de experiencias en sus cuerpos o en sus ropas. En especial los escritores, casi siempre camuflados, vestidos de un modo neutro, “indistinguibles del resto de la multitud”, y a los que solo un tipo de presencia singular nos hace reconocer que están ahí, en un cierto abismo existencial, colgados de la experiencia de los hombres.

Pero también hay individuos capaces de decir tanto en su forma de mirar, de vestir, de moverse… No necesitan escribir una palabra pero están haciendo literatura viva, quizá pidiendo a gritos entrar en el imaginario colectivo, que alguien los inmortalice en alguna historia, que los retrate de un modo más o menos perfecto. En cualquier caso ellos son los verdaderos autores de su ficción, del modo en que hacen la experiencia algo visible, y leíble (aunque no necesariamente legible).

Algunos condensan en el mercurio de su mirada una experiencia acumulada que permanece hermética. Historias que tal vez nadie contará a menos que lo hagan ellos mismos. Cuántos diarios habrá escritos conteniendo las experiencias más increíbles que cualquier hombre pueda vivir. Y aun así, aunque alguien los encontrara y sacara a la luz, ¿los convertiría eso en literatura?

“Si hay un sueño que jamás me ha abandonado, haya escrito lo que haya escrito, es el de escribir algo que tenga la forma de diario…es el disgusto de mi vida, porque lo que me hubiese gustado escribir es eso: un diario total”[1]. Para Jacques Derrida la literatura es un acto de democracia radical pero también de una irresponsabilidad de la palabra. En el momento en que algo se lanza al mercado literario la huella de la palabra se escapa y se pervierte la relación entre el que escribe y un otro. Un experto de la perversión, Michel Houellebecq, lo sabe bien y huye de la huella personal, de lo diario cotidiano. Según él, se puede escribir a partir de las experiencias de otros, incluso mediante un corta y pega de Wikipedia. Es en el arte de la conexión de palabras y de los relatos donde se realiza el acto literario no en la palabra en sí, ni en su huella. La huella, como el inconsciente, no dice nada, es el simple resultado del peso específico de nuestra experiencia.

William Burroughs throwing a knife

William Burroughs lanzando un cuchillo

Me pregunto si es necesario escribir físicamente para hacer literatura. William Burroughs intentó zafarse de la palabra, de ese virus que infecta conciencias con resonancias que nos condenan a repetir los mismos hábitos y a caminar los mismos senderos; construcciones que nos dicen es por aquí, o ese no es el camino. Junto con Bryon Gysin inventaron el cut up que es también el cut the crap: no necesitamos las estrellas para orientarnos porque no vamos a ningún sitio en concreto, nos movemos en renglones yuxtapuestos: danos una navaja y escribiremos nuestra historia. El cut up es solo una técnica de conexión pero según ellos es la ventana en la que se cuelan los acontecimientos por venir, las historias futuras. “When you cut into the present the future leaks out.”[2]

Si es posible hablar sin decir nada, también es posible decir con silencio, sin decir ni mu [3]. La palabra es lo que únicamente lo que hay antes y después del silencio. En realidad es el silencio lo que da sentido a la palabra ya que si no hubiera silencios no serían posibles las definiciones y sin una definición una palabra sería inestable, un radical libre; podría significar lo que uno quisiera, como un vocablo del Jabberwocky. Es eso lo que Burroughs y Gysin buscaban, crear una organización de silencios que desmontaran las definiciones.

La palabra es indisociable del sonido de su pronunciación. Reconocemos la palabra porque la hemos escuchado, ¿cómo si no habríamos de usarla? La voz es lo que hace que la palabra resuene en nosotros para que podamos recordarla. La palabra escrita carece de efecto sin el recuerdo, el eco de la pronunciación de los fonemas que la componen en nuestra memoria [4]. El autor se hace presente en el espacio intermedio, en las formas de silencio. Es precisamente en el silencio donde esa voz entra en escena, inadvertidamente, como cuando escuchamos el murmullo de Glenn Gould colarse en los silencios entre las notas de su piano. Lo que nos permite comprender el efecto y sentido último del texto –como si de una partitura se tratase- es el balbuceo mudo que le ponemos al leerlo, se trata de la música de la experiencia resonando en nuestros nervios. Por eso necesitamos el silencio para leer -es una forma de meditación y cuando algún otro sonido interfiere o alguien nos habla dejamos de escuchar esta voz, se trata de una interrupción atroz.

DGC- The last words

DGC- The last words

La palabra hablada pronunciada “correctamente” es esencialmente insignificante, tiene sólo un carácter instrumental; es una llave de paso, la apertura y el cierre de un intercambio. Sabemos que después de un gracias habrá un de nada, después de un hola vendrá un adiós y después de un buenas noches habrá un buenos días. Y si no es así es porque existe una fractura terrible por la que se pierde algo, tal vez todo. Es el lugar que habitan los ángeles de Wenders, tan cerca pero tan lejos del mundo [5]. Perdidos en el limbo, habitando en el mismo insoportable silencio posterior a las últimas palabras del piloto del Vuelo 370 de Malasyan Airlines: “All right, good night”… Nunca un mensaje tan aparentemente tranquilizador sonó tan terrorífico. Necesitamos escuchar la palabra, el Good morning, que abra la posibilidad de un nuevo día, para saber que existimos, que podemos oir -como a los pájaros al amanecer- la música de la experiencia. Que seguimos en el mundo de los que sienten y recuerdan las experiencias y necesitan expresarlas con palabras, como éstas.

Publicado en SalonKritik
————-

Notas

[1] Jacques Derrida. Palabra. Entrevista con Catherine Paolett.
[2] “Cuando cortas en el presente, el futuro se derrama”. William Burroughs. Break through the grey room).
[3] Mu proviene de muttum, vocablo que designa el sonido que hace alguien con la boca cerrada y de donde proviene tambien mot, palabra en francés.
[4] Las palabras son en realidad entidades mudas y si dicen lo hacen porque nosotros las hacemos (re)sonar en nuestra mente, como probablemente lo hagamos ahora mismo con estas palabras, que suenan gracias al lector con una voz que tampoco es la mía, porque incluso yo al escribirlas carezco de una.

[5] Wim Wenders. Tan lejos tan cerca.

“Ustedes…
Ustedes a quienes nosotros amamos…
Ustedes no pueden vernos…
No pueden oírnos…
Nos imaginan tan lejos
y estamos tan cerca…
Somos mensajeros….
para acercar a quienes estás lejos.
Somos mensajeros…
llevamos luz a la oscuridad”.

Maldiciones del artista moderno

Escena de El enigma de Kaspar Hauser. Werner Herzog

Escena de El enigma de Kaspar Hauser. Werner Herzog

En los acordes mudos, los silencios de ese soniquete repetitivo de origen africano de la canción de Robert Petway, “Catfish blues”, se cuelan la resonancias ancestrales de una maldición.

What if I were a catfish? Swimmin’ deep down in, deep blue sea Have these gals Settin’ out hooks for me

Y si yo fuera un siluro? Nadando en un mar azul y profundo Y tuviera a todas estas mujeres tratando de echarme el gancho

La maldición del músico que canta su canción con la mirada enfocada al infinito. Solo allí encuentra paz, en el desenfoque perpetuo, una ceguera auto provocada para escapar del conjuro de todas las amantes que no han podido olvidarlo y sus pensamientos que lo acechan día y noche a través de imágenes, signos y sueños.

Un texto sobre maldiciones. Sí, lo reconozco, la idea me la dio True detective, la historia televisiva de un detective maldito, vaciado de cualquier esperanza de redención lo que lo hace capaz de llegar hasta el fin, no tiene nada que perder. Su compañero policía lo menciona en un momento determinado: “La maldición del detective es tener la evidencia en frente de sus propias narices y pasarla por alto”.

Pero no es algo nuevo, es algo que ya le paso a Dupin en “La carta robada” de Poe o a Mickey Rourke en El corazón del Ángel. Para las mentes más perspicaces lo simple siempre constituye el mayor reto. “Quizá lo que los induce a error sea precisamente la sencillez del asunto” dice el sagaz Dupin. Que un crimen sea algo demasiado simple es casi inconcebible, como hecho sin intención y por tanto aparentemente libre de sospecha. Por eso el mayor ladrón es el que esconde toda intención, aquel del que nunca sospecharías que te está arrebatando todo: tu dinero, tu futuro, tu nombre, tu identidad. Como bajo el síntoma de una amnesia traumática provocada por el exceso de drogas o simplemente el exceso de uno mismo, como le pasó a Angel y también a Fred Madison en Lost Highway, al final el ladrón eres tú mismo, viviendo, persistiendo, robando con la respiración, ganando algo de tiempo, repitiendo los mismos errores en el mismo momento, en un bucle incesante.

Pero sigamos con las maldiciones. Con motivo de ARCO Dan Graham dice que sus imitadores han tenido más éxito que él. El bueno de Dan escribe la historia que otros cuentan con palabras más espectaculares, con el lenguaje de los tiempos, lleno de artificio, apariencia de riqueza y cada vez más alejado de la simple existencia. La brillante viñeta de El Roto lo representa con claridad: En aquellos tiempos, que son los nuestros, “Los cocineros hacían arte, los artistas hacían de friegaplatos”. Son tiempos de artistas corporativos y obras hechas con materiales tan o más caros que la propia obra, una paradoja sin duda, o la excusa perfecta para vender lo que nadie querría comprar.

No se libran los escritores de estos terribles sinos. La maldición del escritor es que su propia historia la escriba otro escritor mejor que él como le paso a Lenz. Me hace pensar en cuál es la razón por la que estamos tan convencidos de que la literatura es mejor que la vida, o por qué una vida necesita de literatura para transcender. La literatura moderna, dicho de un modo muy banal, es un Facebook primitivo. Es el empuje de una presencia que quiere trascender a nivel social, de una memoria que quiere crecer hacia el otro, hacia los otros, los testigos de la ficción. Buscamos desesperadamente la historia para dar sentido a lo ilegible, el mundo ilustrado nos seduce con una idea de pertenencia, pero no todos la quieren o la necesitan. Pienso en Kaspar Hauser y su maldición personal, la palabra.

Ante esta lectura, el trabajo del artista moderno no es sino un largo camino que nos conduce a nosotros mismos; un camino peligroso, abismal, un proceso alegórico que necesitamos recorrer. Necesitamos recorrer el lenguaje para comprender la elocuencia del silencio. Aquí sobre todo las palabras de Hölderlin, “donde crece el peligro crece también lo que nos salva”, encuentran todo su sentido. El arte verdadero, la carta robada enfrente de nuestras narices es el peligro pero también la salvación. Nos empecinamos en buscar siempre en el mas allá, pero es en la proximidad donde está el origen de la ficción y del arte, en el punto ciego. Es ciego porque no se puede contemplar a si mismo, es uno mismo en su proceder y es peligroso porque está escrito desde el abismo del lenguaje, el origen de todas las maldiciones.

Publicado en SalonKritik

+ + +

Apéncides:

1891203_483237638455012_19197441_n

El amor, solitario ardor.

En la noche dichosa,
en secreto, que nadie me veía
ni yo miraba cosa,
sin otra luz y guía
sino la que en el corazón ardía.

San Juan de La Cruz. La noche oscura del alma.

Suena It´s too soon to know, un piano blues de Allen Toussaint, músico intersticial con una capacidad asombrosa para orquestar y combinar todos los pasados vividos o no. Cada uno tenemos diferentes recuerdos pero los sentimos de una manera similar como música en los nervios. Por eso ahora vivimos la canción cuando Irma Thomas la canta, por eso sufrimos por ella pero también por nosotros porque conocemos la melodía y sabemos lo que se siente al dudar de que alguien nos comprenda realmente. Justo antes del alba, cuando nos preguntamos si no estamos en realidad solos y el amor es solo una actuación, un papel que se interpreta, una carrera que pierde aquél que se queda atrás.

Son los que pierden los que viven las canciones, the beautiful losers los llamaba Leonard Cohen. Escuchamos canciones para curarnos del pasado, para exteriorizarlo y sacarlo de nuestra piel, convertirlas en nuestro ser amado, pero sabemos que es solo en vano. A lo sumo crearemos un fantasma, un vapor reconfortante que nos proteja de la intolerable realidad de la soledad del alma.

Amamos porque necesitamos un testigo, el testigo perfecto, aquel en el que nos reflejamos y nos da certidumbre de nuestro existir. Amamos a menudo a quienes no necesitan testigos, a aquellos seres completos que han asumido la soledad esencial, o tal vez han comprendido que no hay mejor compañía que la de uno mismo. Son ellos los que nos romperán el corazón, los más veloces, los que se deslizan en el tiempo y no lo retienen. Nosotros, los melancólicos, sufriremos porque en realidad gozamos de esta debilidad que produce imágenes melancólicas y las proyecta sobre todos los futuros posibles.

Amaremos en la noche dichosa, con el corazón ardiendo un corazón salvaje que está dispuesto a consumirse por el ser amado. Enfermedad y fiebre del espíritu que nos hace trascender. Combustión total, un alivio final de nosotros mismos que nos da finalidad y propósito.

 

Lou Reed y la ciudad

lou reed

Publicado en InfoLibre

Fue hace un año más o menos, en un paso de peatones de esa autopista transitable que es la calle Delancey. Mientras esperábamos en multitud al verde me giré hacia atrás y me di cuenta que justo detrás de mí estaba Lou Reed, tan cerca que casi sentía su aliento en el cogote. A su lado estaba Laurie Anderson y estaban hablando de las cosas cotidianas de las que habla un matrimonio, de lo buenas que eran las lentejas de tal tienda orgánica o algo por el estilo. El fan que hay en mí echó mano del móvil para hacerle una foto pero enseguida me puse en situación; habida cuenta de su fama de cascarrabias seguramente me habría llamado gilipollas, y con razón.

Cuando el semáforo se abrió yo seguí recto y ellos se fueron hacia la izquierda, pero en realidad nos dirigíamos al mismo sitio: el club de John Zorn, The Stone, para ver un concierto. Una vez allí todos éramos iguales, simples espectadores, y no volví a pensar en Lou, ni en Laurie, pero su voz seguía resonando en mi cabeza, como si dialogara con una parte de mí muy remota.

Veinte años antes me había encerrado en mi cuarto con el album de la Velvet y Nico, el del plátano y “Waiting for my man” sonaba en los altavoces como una apisonadora. Dos acordes marca de la casa que se repetían en trance y la voz de Lou Reed que con esta dicción tan especial contaba la historia de un chico blanco que se aventuraba hasta 125 de Lexington Avenue para conseguir algo que meterse, disfrutar del dulce momento y “mañana sería otro día”. ¡Quién le hubiera dicho a Lou que algún día estaría más preocupado por la calidad de las lentejas que la de la heroína! Pero claro, quién nos hubiera dicho a nosotros tantas cosas también…

Nueva York es la ciudad de las transformaciones, y él era sin duda un “transformer”. Un superviviente que se adaptó a la ciudad y fue capaz de seguir siempre el ritmo. Incluso se puede de decir que de algún modo él marcó ese ritmo ya que su música ha influido a tantas generaciones de jóvenes, y de los de músicos que tocarían para esos jóvenes propagando exponencialmente su influencia. Brian Eno dijo que solo 3000 personas compraron el primer disco de la Velvet Underground pero todos ellos montaron bandas.

Lou Reed es la ciudad: el ruido, la energía incesante; el exceso y también la abstinencia; las calles sucias, los huracanes, los paseos por Central Park; el café y los helados de crema; Midtown, Brooklyn, Coney Island… Su obra es uno de los retratos más precisos que se han hecho de Nueva York, un lugar agridulce con múltiples caras que se muestran aleatoriamente pero a intervalos muy precisos. Debe de haber sido muy duro ser Lou Reed, incluso para él mismo; mantener el tipo, nunca desviarse de su tarea, no dejarse engullir por la ciudad sino por el contrario tener el poder administrar sus cadencias, reflejar sus formas de desolación y también de exuberancia en una obra que es tan Nueva York como el mismísimo Empire State.

Massive Attack vs. Adam Curtis: grietas en el búnker de datos

Massive Attack Vs. Adam Curtis .- Breaking the sarcophagus of data

Massive Attack Vs. Adam Curtis .- Breaking the sarcophagus of data

Publicado en InfoLibre

No se podría haber escogido en todo Nueva York un mejor lugar para el concierto-espectáculo de Massive Attack y Adam Curtis que el Armory de Park AvenueCuando accedemos al edificio nada permite adivinar que se trata de un concierto. Una luz cenital ilumina la penumbra del espacio acorazado, de aspecto militar y con gigantescas naves interiores sin ventanas. Además, unas máquinas de humo suministran una ligera neblina al antiguo depósito de armas, donde los espectadores nos preguntamos qué hemos venido a ver exactamente.

A la hora programada, unas cortinas de tela se abren y permiten el acceso a otro espacio rodeado de pantallas traslúcidas. El escenario se encuentra otro lado de la pantalla donde se refleja el metal de las guitarras y pequeñas luces led palpitan periódicamente. En algunos instantes comienza el espectáculo: imágenes de archivo con textos que anuncian una crítica feroz al sistema mientras la banda comienza a interpretar Baby it’s you, el clásico de Burt Bacharach en la versión de las ShirellesLa belleza de la canción contrasta con la crudeza de las imágenes. Estamos ante un ejercicio de pensamiento crítico, vemos en las pantallas la silueta de las guitarras a contraluz, pero también siluetas de rifles de asalto.

El proyecto se trata de una colaboración entre el cineasta británico Adam Curtis y Robert del Naja de Massive Attack, y constituye un nuevo tipo de experiencia audiovisual que combina música en directo integrada y sincronizada con proyecciones de material de archivo además de voz y texto que se yuxtaponen de un modo espectacular. El espectador se encuentra rodeado de imágenes y sonidos pero también de ideas. Los autores de la obra exponen, a través de conocidas y poderosas historias individuales, cómo un nuevo sistema de poder se ha erigido en el mundo para manejarnos y controlarnos. Un sistema rígido y estático basado en sistemas de control y predicción de datos, que utiliza a las imágenes como un modo de encapsularnos en el sarcófago de datos del pasado y que nos impide avanzar y construir un futuro libre. 

Junto con el grupo Massive Attack actúan dos cantantes estelares: Liz Fraser, cantante de Cocteau Twins y la leyenda del reggae Horace Andy (que borda Baby, it’s you). Juntos hacen un sorprendente recorrido musical con versiones que van desde las Shirelles, a Jesus & Mary Chain, Suicide, Serge Gainsbourg, Barbara Streisand o bandas de punk de Siberia de mediados de los 80. Conocidos temas que actúan como banda sonora enfatizando los mensajes de las dramáticas y emocionantes historias que se suceden en el filme. Historias de sacrificio como la de la artista y musa de los 60 Pauline Boty, que renunció a un tratamiento contra el cáncer para poder dar a luz a su hija, o la de los operarios que sellaron el sarcófago nuclear de Chernobyl aun sabiendo que iban a morir debido a la radiación. Historias también de famosos teóricos de la predicción de los datos como la del economista Fischer Black o la del ejecutivo Akio Kashiwagi que hizo sus fortuna con apuestas en los casinos de Las Vegas.

Entremezcladas se desarrollan también historias de quienes han cambiado los modelos en los que se representa el poder, como Ted Turner, Donald Trump o Vladimir Putin. El resultado es un poderoso manifiesto hecho con fragmentos de vidas de individuos que han tenido la capacidad para modelar el presente y detenerlo para poder controlarlo y también de quienes se han sacrificado –y un homenaje a los que siguen haciéndolo- para que el futuro y la libertad sean una opción. El mensaje final es claro: no se puede predecir el futuro, nunca se podrán controlar todas las variables; es posible construir un porvenir, nuestro porvenir, pero debemos ser capaces de eludir el control de quienes pretenden tener en su mano el poder de escribir las reglas del juego. 

La sonificación del cambio climático

Originalmente publicado en InfoLibre

Paul D. Miller aka Dj Spooky - Fotografía de Leila Jacue

Paul D. Miller aka Dj Spooky – Fotografía de Leila Jacue

La sonificación sonification en inglés es un neologismo que refiere a laconversión en sonido de cualquier tipo de información, transformando los datos numéricos en datos sonoros. Este nuevo enfoque de la información ha sido desarrollado por Robert Alexander, un joven doctorando en la Universidad de Michigan y colaborador con la NASA, cuya investigación diseña nuevas herramientas informáticas para interpretar la información tomada por científicos y transformarla en algo más que fríos números y gráficos. El resultado es un innovador análisis de la información que nos ofrece una presentación de los datos mucho más fresca e intuitiva.

Robert Alexander se considera a sí mismo especialista en sonificación de datos y compositor. De acuerdo con su investigación, todo tipo de información es susceptible de ser transformada en sonido; por ejemplo la información bursátil, el ritmo cardiaco, la intensidad las ondas cerebrales, la densidad de tráfico de una ciudad, etc. Una de sus más interesantes creaciones es la sonificación de los datos que la NASA posee del viento solar; las corrientes expulsadas de la atmósfera superior del sol que afectan a la tierra con tormentas geomagnéticas y las visualmente fascinantes auroras (boreal y austral).

En la actualidad la NASA posee gran cantidad de material visual proporcionado por los satélites y unidades de exploración espaciales,pero se trata casi siempre de películas mudas. Robert Alexanderinterpreta la información de las imágenes (ritmos, intensidades, velocidades) y la transforma en sonido creando una especie de “banda sonora” para estas películas. El resultado, además de espectacular, da una valiosa información sobre las repeticiones y frecuencias de los fenómenos espaciales que podemos percibir de una forma más sensorial y sin necesidad de una comparación numérica.

El innovador enfoque de Alexander ha despertado el interés de muchos científicos, como es lógico, pero también de artistas y músicos, conscientes de las posibilidades creativas y sociales de esta investigación. Recientemente ha colaborado con Paul D. Miller a.k.a. DJ Spooky that subliminal kid, un teórico de los medios, artista y compositor con el que comparte un interés mutuo en la visualización de los efectos del cambio climático y la transformación de la superficie terrestre.

Paul D. Miller a.k.a DJ Spooky ha viajado a los polos creando On Water and Ice, una exploracion audiovisual en el que la información tomada del deshielo de los glaciares ha sido sonificada para formar parte de la composición.  Antes de este proyecto sonoro, escribió y editó The Book of Ice (Powerhouse Books), un libro en el que, a modo de DJ, remezcla sus propias fotografías con ilustraciones y material de archivo para componer un manifiesto a favor de una república Antártica, liberada del dominio y explotación de las potencias mundiales que implica en última instancia una explotación de los recursos globales.

El resultado es una investigación teórica y visual -en parte histórica, en parte ensayística – en la que se examina la evolución gradual de un planeta tierra que fue en origen extremadamente caliente y sobre el que tuvieron que pasar millones de años para que se enfriase dando lugar a la vida orgánica, un proceso que la civilización está revirtiendo peligrosamente.

Recientemente DJ Spooky ha formado parte del programa de artistas en residencia del Metropolitan Museum de Nueva York en el que ha podido dar forma a su trabajo de sonificación del cambio climático con la ayuda de Robert Alexander. Como fin de su programa de residencia, ambos artistas colaboraron en una performance en el café del MET Museum en la que compartieron su investigación y los datos sonificados con la audiencia, la cual pudo compartir también los sonidos de sus teléfonos móviles y dispositivos portátiles a través de WiFi en una gran fiesta de remezclas colectivas.

 

Interview with Nancy Whang from LCD SOUNDSYSTEM

Originalmente en la revista en papel Tunica

Nancy Whang by Leila Jacue

Nancy Whang by Leila Jacue

Nancy Whang is one of the founding members of LCD Soundsystem. She was an essential piece for a sound that made a mark in a whole generation. A sound that was born in the offices of DFA Records, a community of artists that grew as a solid production team and record label.  She invited us home, showed us around her neighborhood and we had the chance to talk a little bit about her experience with LCD and working with James Murphy, her projects and ideas about music.

 

How long have you lived in NYC?

I’ve been here for about 18 years now.

Had you played music before coming to live to NY?

I knew a little bit about music but I had never played before, except from early piano lessons.

Are you interested in classical music?

Yes, I really like it but I don’t see myself as an artist driven by a classical background or influence. I don’t think too analytically about music, I am more interested in the pop factor in culture.

How did you start with LCD?

I met James Murphy at a party in the late 90s and we just got to be friends. In New York there was stuff starting to happen again, and everywhere we went we would run into each other, so we hung out a lot. And I worked a couple of blocks away from the DFA office; there wasn’t a label then, really. They had a studio and people hanging out and doing stuff.

A creative environment…

Right.

And how did it all start for the band, which was the starting point?

Well, he made a couple of songs. He put out a 12-inch (Losing My Edge b/w Beat Connection) and made some other songs to make an album. And the 12-inch did really well, so he was invited to play at a party and he asked me and other people to join him.

It was James’ idea basically. And the idea was to play just five shows, from time to time, just for fun…but the thing really grew and become our lives.

Had you played music live before that?

No. Just piano.

How was the experience?

It was terrifying; I had terrible stage fright but I got used to it.

We started practicing at the office, we did that for a long time and after that we would only practice before touring.

You have toured all over the world. What are some of your favorite places so far?

I think Glasgow is the best place to play, best venue, best crowd. I like playing in Paris…and Japan. I love going to Japan but the crowd is kind of weird. It’s really polite. (laughs)

Have you worked in other projects?

Yes, I made a record with Juan McLean…we toured and we are working on some stuff right now. And I have done a lot of guest collaborations with other bands. Mostly DFA bands…I have been Djing a lot lately as well.

Have you always been interested in electronic, synth-oriented sounds?

Kind of. I listened to a lot of new wave. Depeche Mode was like the second 45 I ever bought!

I saw an interview online where James Murphy said that if LCD was a movie he would be the “Scorsese” and the musicians would be the “De Niros”. I know this was a kind of joke but would you agree with that?

Yes, that makes sense. although he is a director who acts in his own movies. (laughs)

Do you think that pop music (or at least the one worth listening to) has to have an amount of antagonism?

I think all pop music has a lot of antagonism, but I don’t think that it necessarily needs it.

Do you conceive techno music connected purely to the club scene?

It seems to be expanding. It’s like hip hop music nowadays tends to sound like trance.

How do you feel about the end of LCD Soundsystem?

I miss playing. I don’t miss touring, but I miss touring with people, making music together…I kind of accepted that it’s over and I think it was what it was, and that it was a good idea to put it to an end. It was part of the evolution in a way.