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SENTIR (por casualidad)

Man Ray, Les mains d'Antonin Artaud, 1922

Man Ray, Les mains d’Antonin Artaud, 1922

Exterioridad de lo compacto, objetos en el espacio. Sólo sujetos observando.

Hay una deuda con lo exterior, con la mesura del afuera. la distancia, el tiempo, son tan sólo una ilusión, una mentira -hermosa, vital-.

Dejarnos ser medidos, no a razón de otros objetos, sino de una distancia cero con lo real, con lo exterior, que somos nosotros mismos en un mismo contacto con lo otro.

Los acontecimientos suceden en nuestra pantalla del tiempo (de nuestro tiempo), somos proyección, producto de la representación, evidencia de la luz- y de las máquinas de luz-. Hay algo en la luz que fascina la mirada, la hace abalanzarse, alejarse de lo que mira. Ventanas de luz, agujeros de luz blanca, huidas, arrebatos (pausas). No doler la vista, no haber nada que duela, (no) ver.

¿Por qué no hemos soportado el roce? El roce produce el sonido, el sonido nos devuelve al tiempo, articulamos el tiempo cuando escuchamos el silencio y adivinamos la leve presión de soportar lo que esta siendo percibido.

Lo atmosférico, un dolor neutro, sentir (por casualidad).

Hilos, fibras, pequeñas ligaduras con el aire, enganches, leve presión, contacto, estimulación.

Atmósfera, del pasado y del futuro, siempre. Hemos sido arrojados, vertidos. Somos para ella- límite de nosotros mismos, para saber donde acabamos y comienza lo real-. Del habitáculo fetal, sin aire, fusionados con la madre-somos, hemos sido ella algún día- sufrimos el gran despertar, la autonomía, la gran soledad de la poesía que es nuestra. Escribirla es respirar.

Escribir ha de ser algo invisible,  pues el oído no escucha las palabras que se olvidan. Aunque hayan sido ellas realmente sustrato final, puente con lo demás.

Y debajo como renglón una música que no cesa de doler. Expandida en destino. Frotándose tan lejos de nosotros, o tan cerca, que ignoramos su existencia. Pese a que siempre se interpreta cuando pensamos: “ayer”, y otra vez “mañana”, hablando de ahora.

El camino era puro pues el final estaba en cada paso, en la presión que nos sitúa “para siempre”, en el segundo que nos retiene no habitando en nosotros mismos sino habitando nosotros mismos.

-Texto publicado en la revista digital Schema (1999)