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La última Bienal del viejo Whitney

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Texto publicado originalmente en SalonKritik

¿Qué es el arte contemporáneo estadounidense hoy?*

Debido al extenso trabajo de desmontaje de la Bienal del Whitney Museum de Nueva York existe la tradición de mantener abierta una de las plantas de la exposición, durante una semana más después de su clausura, que fue el pasado 25 de mayo.

Por casualidad coincidí en el ascensor con un grupo de ayudantes de desmontaje y no pude dejar de ver en ese hecho algo simbólico extrapolable al futuro del propio edificio del Whitney[1] que, a partir del próximo año, será trasladado a un nuevo espacio más moderno situado junto al parque High Line de Nueva York. Cuando el ascensor se detuvo en las aún operativas salas de tercer piso, pregunté a un encargado la razón para haber “salvado” ese piso en particular y él me respondió que normalmente se elige aquella planta que ha sido más popular durante toda la Bienal.

Como casi siempre, lo popular no es sinónimo de lo mejor y, en efecto, uno tiene la sensación de estar más bien en una de las exposiciones colectivas de primer año de Bellas Artes. Llena a más no poder de objetos que revelan personalidades extremadamente diferentes (eclécticas diría alguno) y recursos que van desde la saturación kitch de los massmedia (a la manera de Mike Kelley pero siguiendo una metodología tan obvia como ineficiente) a manierismos preciosistas que parecen provenientes de un taller de manualidades de jubilados de algún ayuntamiento de provincias (a los que respeto sobremanera, solo que no esperaba verlos en el Whitney!) todo ello junto a cosas tan dispares como el Abecedario de Deleuze en la instalación audiovisual de Semiotext(e) – un tanto viejuna, usando esos monitores que se empleaban antiguamente para exponer el video arte, como para dotarlo de una cierta “objetualidad”. El Abecedario está disponible en Internet hace mucho tiempo, traducido a numerosos idiomas ¿¡necesitamos verlo en un museo!?

Por otra parte, ¿por qué continúan exponiéndose las publicaciones como si éstas fueran arte visual, en lugar de animar la lectura y la difusión en su propio medio editorial específico? Entre todo ello -en el medio de cualquier itinerario posible- nos encontramos con remedos de Beuys, de Duchamp, de Rauschenberg… como dirían aquí: “you name it”. A pesar de las explicaciones del encargado, me siento inclinado a pensar que la razón de mantener abierta aquella planta era simplemente porque la consideraron la que tenía más “contenido artístico” por metro cuadrado, además de ser la más recorrida.

Otro espacio que se encuentra igualmente saturado de “contenido” como es el caso de Facebook, aunque supuestamente cuenta con la ventaja de que nosotros somos los “editores” o “comisarios”, lo cual no garantiza en absoluto la calidad de lo que ahí se vierte, a veces nos ofrece la oportunidad de leer comentarios sugerentes. Por ejemplo, Francesc Torres, que en este momento también se encuentra en Nueva York escribe: “He ido a ver la Bienal del Whitney. Algo debe estar pasando que explique por qué no pasa nada”… La expresión resulta interesante ya que expresa algo que se viene sintiendo cada vez más a menudo en las grandes exposiciones de arte contemporáneo.

La Bienal del Whitney tal vez no sea el lugar en el que se pueda encontrar una explicación a lo que está pasando en el mundo del arte hoy, quizás tampoco pretenda ser muestra de los movimientos de la época [2], pero ¿ entonces en dónde buscar? Tal vez estamos inmersos en un momento del arte en el que no existe escena ni movimiento alguno que ofrezca una mirada o un panorama más o menos abarcador de nuestra época. Un ejemplo es que después de haber hablado con artistas y agentes culturales que viven en Brooklyn muchos me han transmitido que la llamada “escena artística de Brooklyn” en realidad no es una escena, sino más bien una red, una asociación temporal que intenta beneficiar a los individuos, a facilitarles su trabajo o simplemente dotarles de herramientas para seguir en activo. No se sabe muy bien si es un problema de los artistas, de los comisarios o tal vez de la falta de críticos y teóricos. Lo más probable es que sea la suma de todas aunado a un efecto económico; acaso el contenido artístico y verdaderamente revelador de época se haya finalmente “evaporado” hacia otros ámbitos de las producciones de lujo como son la moda, la arquitectura o el cine. Sin embargo, resulta paradójico que una ciudad como Nueva York, probablemente uno de los lugares en donde viven más artistas del mundo, genere tan poco contenido artístico interesante. Quizá sea esta paradoja, la que la Bienal del Whitney del 2014, metafóricamente, finalmente ha acertado en expresar.
* Con esta pregunta inicia el texto de presentación de la Bienal. [N de la E]

[1] http://whitney.org/About/NewBuilding
[2]También en Facebook, Juan Carlos Roman Redondo, comparte una estadística reveladora sobre los artistas seleccionados en la Bienal del Whitney: Un 48,6% por encima de los 50 años, y un 20, 25% supera los 65 años.
[3] He escogido la imagen del cuadro de Ed Ruscha porque despues de ver la Bienal me acerqué a Gagosian a “gozar” con la fantástica selección de grabados y fotografías de Ruscha.

La inocencia perdida

La inocencia perdida. Una lectura de Palo Alto

Palo Alto de Gia Coppola adapta al cine las historias cortas del libro homónimo de James Franco, relatos contemporáneos del ambiente de chicos y chicas bien de Palo Alto, California. Para ello quizás se inspire en la cadencia narrativa de su tía Sofía pero su mirada va más atrás y busca referentes en la forma de filmar y presentar los acontecimientos de clásicos como American Graffiti, La última película o Rebeldes sin Causa. Historias de jóvenes que en su proceso de crecimiento necesitan espacio, existir fuera de la mirada social ya que muchas veces de un modo inconsciente están realizando un experimento peligroso. Sus cuerpos, sus emociones, son armas que pueden herir a cualquiera que se ponga en su camino. Por eso buscan refugio en los lugares más recónditos, en los descampados, en los aparcamientos periféricos; es ahí donde se generan las historias y se toma el pulso que determina sus destinos.

De algún modo esa energía incontrolable resulta incomoda para la sociedad pero a su vez se vende como referente nostálgico: aquellos días “en los que vivíamos peligrosamente”. Por esa razón, los dramas juveniles son más intemporales que las historias de los adultos, conscientemente adheridas a la época. Aun más, algunos de los mejores narradores de novelas de la literatura americana son jóvenes: El guardian entre el centeno, Las aventuras de Huckelberry Finn, El Gran Gatsby, Matar un ruiseñor… No importa en qué época se viva, un joven siempre es un joven y su única perspectiva es el aquí y ahora, y los modos de gestionar su deseo inmediato. Los cuerpos adolescentes son máquinas de escribir literatura; ollas a presión, donde se cuecen los clichés de la cultura popular, de los estereotipos y los modelos paternos o fraternales, de la idiosincrasia de una región o de un país…

Hay jóvenes que son capaces de dejar aflorar los efluvios, de vivir en la superficie, de exteriorizar las mutaciones salvajes del cuerpo y del espíritu. Otros, los más sensibles, afectados por el dolor que produce un estado de (des)ajuste permanente, viven pequeños dramas poéticos que se componen y conectan los unos con los otros a cada instante. Los mas tímidos, casi niños de Asperger, se ven aquejados de múltiples depresiones y estados de alegría repentina – flujos que escriben las más bellas historias y también a veces las más trágicas. De todas esos dramas: los embarazos adolescentes, los abusos, los suicidios, ellos son a duras penas los responsables, ¿acaso no viven en “la edad de la inocencia”?

En una secuencia de la Palo Alto Emily (Emma Roberts) le dice a Teddy (Jack Kilmer): “A ti no te importa nada verdad?”. El responde: “Ojalá no me importara nada”. Aunque parezca lo contrario, los jóvenes son casi siempre conscientes de su desajuste y de los errores que cometen pero por alguna razón no pueden hacer nada para evitarlos. Tan solo pueden sufrir por las consecuencias y anhelar desesperadamente que desaparezca el problema, o que alguien le ponga solución. Los acontecimientos más funestos muchas veces son generados por héroes locales alrededor de quienes giran los acontecimientos. Jóvenes que se lo juegan todo a una carta, que desafían a la autoridad, que ya han perdido la inocencia pero buscan un espacio de autonomía y poder conviviendo con los inocentes. Por eso la pérdida de la inocencia es siempre una toma de responsabilidad hacia un destino propio, el dejar de escribir las historias de otros: la del hermano mayor, la de la chica mas popular, la de los formidables héroes adolescentes, y empezar a escribir la propia, aunque eso signifique dejar atrás a la familia, a la ciudad donde se ha crecido y a toda una idea de seguridad que nunca será indefinida.

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Gore Vidal: Los Estados Unidos de Amnesia

Nicholas Wrathall by Leila Jacue

Nicholas Wrathall by Leila Jacue

Gore Vidal fue una verdadera rara avis en el panorama sociopolítico y cultural estadounidense, nacido en una cuna de políticos muy cercanos a las grandes familias demócratas: Gore, Eisenhower, Kennedy…, aunque con una posición siempre muy crítica y liberal, más cercano a los postulados de los primeros americanos y sus ideales de independencia y libertad individual.

Hombre de extremada sensibilidad y de una inteligencia precoz, fue autor de novelas y libros históricos así como de adaptaciones literarias en producciones de Hollywood donde fue capaz de ganarse la vida y desarrollar sus magníficas habilidades sociales. El éxito de su carrera como escritor le dio una visibilidad y una presencia mediática que le convirtió en un “habitual” de los programas de debate televisivos en los que fue capaz de exponer las contradicciones del sistema estadounidense, señalar sus errores y criticar los movimientos imperialistas de su propio país. Sin embargo, su profunda naturaleza crítica con el poder y la sangre política que corría por sus venas le llamaron a presentarse como candidato democrático para senador. Perdió por muy poco, aunque sin gastar apenas 1.000 dólares en la campaña. No obstante, siguió siendo un punto de referencia para la izquierda en Estados Unidos y un espejo implacable de todos aquellos políticos y reporteros que buscaban en él un diagnóstico o un vaticinio de los acontecimientos.

El documental sobre Gore Vidal Estados Unidos de Amnesia, presentado en el Festival de Tribeca de Nueva York (y cuya fecha de estreno en España se desconoce por el momento) hace un recorrido biográfico relatando todos estos episodios de su vida, mezclando anécdotas, material de archivo e imágenes recientes de los últimos años de su vida cuando, habiendo perdido a su compañero emocional Howard Austen, junto a quién pasó media vida, se ve obligado a vender la villa en Italia donde residían y regresar a su país, en el que quizá había perdido ya toda esperanza.

Recientemente entrevisté al director, el australiano Nicholas Wrathall, que tuvo la oportunidad de conocer y filmar a Vidal en los últimos años de su vida, hasta poco antes de su fallecimiento en 2012.

¿Cómo se ve a Gore Vidal en los EEUU contemporáneos?

Es una buena pregunta. Creo que para muchos Gore Vidal es un héroe. Especialmente para gente de izquierdas, hay muchos medios independientes y blogs que recurren a menudo al legado de Gore. Bill Maher, Democracy Now, Amy Goodman…, hay mucha gente de izquierdas que adora a Gore, sin duda. La gente de derechas quizá lo ve como un radical un poco loco, pero creo que incluso en la derecha lo respetan como escritor…, en especial su ficción histórica es muy respetada. Quizá su persona pública es demasiado radical para muchos pero ha estado en el centro de la cultura durante tanto tiempo porque conocía a tanta gente de tantas generaciones y ha escrito sobre tantas instituciones y eventos políticos que creo que ocupa un espacio bastante esencial en EEUU.

¿Es tan raro en EEUU encontrar a un intelectual conectado con la política? ¿Fue Gore Vidal único en ese sentido?

Sí, creo que es raro encontrar a alguien que es un insider en Washington DC, que creció en una familia política, conoció a presidentes y fue a la Casa Blanca y que es a la vez tan intrépido, tan crítico con esa gente y con sus motivaciones y maquinaciones. Sí, creo que es muy raro en cualquier cultura, y ahí radica una gran parte de su poder, porque ocupa una perspectiva privilegiada que no todos podemos tener.

¿Cree que de algún modo él anunció el fin de la era de lo político y el gran reinado de los medios de comunicación?

Creo que sí. Yo soy de Australia, donde hemos tenido unas elecciones hace bien poco y la situación fue patética; la derecha llegó al poder y solo tres meses después de ganar en las urnas y después de no cumplir ninguna de sus promesas su intención de voto ha bajado al 30%. El cinismo en el que vivimos no tiene precedentes. Y si piensas en Estados Unidos y cómo el dinero privado maneja las instituciones, sin duda podemos hablar del fin de la política, se trata de una era de lo corporativo.

¿Cree que hay algún sucesor hoy en día del legado de Gore Vidal?

Creo que hay interesantes periodistas y comentaristas, pero no creo que haya alguien que esté tan en el centro de la cultura como Gore, que pueda reunirse con políticos, actores o aristócratas al mismo tiempo que hacer un comentario crítico y hablar desde tan adentro de las instituciones.

Hay una expresión de una belleza terrible que emplea Gore en la película: “Cuando quiero ver cuál será el siguiente paso que va a dar EEUU tan solo tengo que mirar a mi propio corazón negro”. ¿A qué cree que se refiere con el “corazón negro” de EEUU? ¿Se trata de un corazón imperialista, dominador, violento…?

Sí, es interesante, creo que él era casi como un emperador romano que había visto los acontecimientos más importantes del siglo XX tan de cerca que eso le permitía tomar el pulso de los acontecimientos de un modo muy preciso. Creo que su propio corazón negro eran los propios EEUU, lo que EEUU podría hacer como imperio para mantener su posición dominante. Él sentía todo eso corriendo por sus venas.

Respecto al rodaje, ¿era Gore Vidal una persona diferente cuando no le estaban grabando con una cámara? ¿Cómo era fuera de cámara?

Es una buena pregunta. Sí que era un poquito diferente. Fuera de cámara se mostraba más relajado, un poco más bromista y contaba más cosas sobre su vida privada. Pero cuando estaba en cámara era muy consciente de que era una personalidad pública siguiendo una agenda, y no quería revelar su vida privada. No la negaba pero no quería dejarse arrastrar por ella. Sabía que había cosas más importantes de las que hablar en público que de las anécdotas sobre su vida personal.

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Librerías secretas y refugiados del papel.

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Las librerías están desapareciendo de Manhattan. Sí, la gran cadena Borders quebró hace un par de años ya, y Barnes and Noble subsiste tal vez por ser la única gran librería que es a la vez un centro de ocio y eventos.

Hace poco pasé por la calle 57 y vi que la librería Rizzoli estaba cerrada y unos grandes paneles de madera pintados de azul ocultaban la renovación. Una nota de agradecimiento a los clientes anunciaba el cierre. Prácticamente todos los negocios de Manhattan se enfrentan a la cruda realidad inmobiliaria. Cuando termina el contrato el nuevo precio de alquiler no resulta asumible para la mayoría y más para un objeto en crisis, el libro en papel.

Se suele atribuir esta crisis del libro a los dispositivos y la tinta digital pero la realidad es que nadie tiene tiempo para leer. Cuando hablo de leer no me refiero al hecho literal de introducir información escrita en nuestras mentes – tal vez sea ahora el momento de la historia en el que tenemos más acceso y utilizamos mas información escrita. Me refiero al hecho de adaptar nuestro tiempo al tiempo de lectura que crean los escritores, un ritmo propio, separado de la vida cotidiana, un viaje mental, que es como se describe en ocasiones a la lectura de libros.

Esa experiencia de viaje ahora se esta relegando a las producciones audiovisuales y mas concretamente a las series. Producciones como Juego de tronos, True Detective o Mad Men, son creaciones con inspiración literaria que al presentarse de un modo visual nos ahorran el esfuerzo de imaginar y nos proporcionan esa experiencia de viaje mental tan necesaria para escapar de nosotros mismos.

Siempre admiro a quienes encuentran tiempo para leer libros físicos, en un parque, en el metro, en algún banco de la calle. Les veo pasando las páginas de libros con el lomo gastado, que a veces tienen anotaciones o subrayados… y lo cierto es que parece ya algo del pasado. Aun así, y sin ser demasiado romántico al respecto – con la firme convicción de que es más importante que la cultura pueda compartirse con tanta facilidad como es posible hacerlo hoy en día con los medios digitales- de alguna manera siento que el libro electrónico no me cautiva de la misma manera que el papel. Tengo 200 libros en el Ipad, y cuando estoy leyendo uno en concreto me asalta la ansiedad al pensar que hay otros 199 a la espera de ser leídos y parece que tuviera que hacerlo antes de que desaparezcan de alguna forma. De esta manera salto de uno a otro sin terminar de leer ninguno.

Los libros en papel, sin embargo, tienen presencia. Aunque tal vez nunca los leamos todos sabemos que están ahí, en la estantería, conviviendo con nosotros, compartiendo nuestro espacio físico. Con sus palabras, conservadas en papel, que el tiempo amarilleará quizás pero cuyas páginas podremos abrir con emoción para encontrar otro tiempo. En el interior de un libro es donde el tiempo de un objeto y el tiempo de una historia otra coinciden de una manera única.

Por eso tiene sentido hoy en día la existencia de librerías secretas, como Brazenhead en Nueva York. Un espacio no solo para comprar libros sino para habitar con ellos mientras se conversa con su dueño, Michael Seidenberg. Para Seidenberg, “se trata de una batalla perdida, hemos perdido”, ahora somos todos unos refugiados. Por eso dirige una librería pirata, que es su propia casa y en la que acoge a todo aquel que busque el reconfortante refugio del papel, mientras se bebe con ellos un vaso de whisky, por ejemplo. Llegar ahí es fácil, su nombre está en el libro de la guía telefónica. Pero también puede resultar difícil, se da la paradoja de que casi nadie hoy en día posee una. Aun no he saltado ese obstáculo mental, hacerme con una guía telefónica, buscar su nombre y llamarle. Aun no me he considerado a mi mismo un refugiado del papel, aunque muy posiblemente lo sea.

Tan lejos, tan cerca: La palabra

Me gusta ocultar mis sentimientos a los ojos de mis congéneres, sin que, no obstante, me esfuerce aprensivamente en hacerlo, lo que consideraría un gran defecto y una gran tontería.

Robert Walser. El paseo.

Mi convicción es la de que el artista, siendo el enemigo de la sociedad, por su propio bien debe de permanecer tan invisible como sea posible y ciertamente indistinguible del resto de la multitud.

Paul Bowles. Without Stopping.

Qué poco dicen a veces los hombres, que apenas dejan entrever restos de experiencias en sus cuerpos o en sus ropas. En especial los escritores, casi siempre camuflados, vestidos de un modo neutro, “indistinguibles del resto de la multitud”, y a los que solo un tipo de presencia singular nos hace reconocer que están ahí, en un cierto abismo existencial, colgados de la experiencia de los hombres.

Pero también hay individuos capaces de decir tanto en su forma de mirar, de vestir, de moverse… No necesitan escribir una palabra pero están haciendo literatura viva, quizá pidiendo a gritos entrar en el imaginario colectivo, que alguien los inmortalice en alguna historia, que los retrate de un modo más o menos perfecto. En cualquier caso ellos son los verdaderos autores de su ficción, del modo en que hacen la experiencia algo visible, y leíble (aunque no necesariamente legible).

Algunos condensan en el mercurio de su mirada una experiencia acumulada que permanece hermética. Historias que tal vez nadie contará a menos que lo hagan ellos mismos. Cuántos diarios habrá escritos conteniendo las experiencias más increíbles que cualquier hombre pueda vivir. Y aun así, aunque alguien los encontrara y sacara a la luz, ¿los convertiría eso en literatura?

“Si hay un sueño que jamás me ha abandonado, haya escrito lo que haya escrito, es el de escribir algo que tenga la forma de diario…es el disgusto de mi vida, porque lo que me hubiese gustado escribir es eso: un diario total”[1]. Para Jacques Derrida la literatura es un acto de democracia radical pero también de una irresponsabilidad de la palabra. En el momento en que algo se lanza al mercado literario la huella de la palabra se escapa y se pervierte la relación entre el que escribe y un otro. Un experto de la perversión, Michel Houellebecq, lo sabe bien y huye de la huella personal, de lo diario cotidiano. Según él, se puede escribir a partir de las experiencias de otros, incluso mediante un corta y pega de Wikipedia. Es en el arte de la conexión de palabras y de los relatos donde se realiza el acto literario no en la palabra en sí, ni en su huella. La huella, como el inconsciente, no dice nada, es el simple resultado del peso específico de nuestra experiencia.

Me pregunto si es necesario escribir físicamente para hacer literatura. William Burroughs intentó zafarse de la palabra, de ese virus que infecta conciencias con resonancias que nos condenan a repetir los mismos hábitos y a caminar los mismos senderos; construcciones que nos dicen es por aquí, o ese no es el camino. Junto con Bryon Gysin inventaron el cut up que es también el cut the crap: no necesitamos las estrellas para orientarnos porque no vamos a ningún sitio en concreto, nos movemos en renglones yuxtapuestos: danos una navaja y escribiremos nuestra historia. El cut up es solo una técnica de conexión pero según ellos es la ventana en la que se cuelan los acontecimientos por venir, las historias futuras. “When you cut into the present the future leaks out.”[2]

Si es posible hablar sin decir nada, también es posible decir con silencio, sin decir ni mu [3]. La palabra es lo que únicamente lo que hay antes y después del silencio. En realidad es el silencio lo que da sentido a la palabra ya que si no hubiera silencios no serían posibles las definiciones y sin una definición una palabra sería inestable, un radical libre; podría significar lo que uno quisiera, como un vocablo del Jabberwocky. Es eso lo que Burroughs y Gysin buscaban, crear una organización de silencios que desmontaran las definiciones.

La palabra es indisociable del sonido de su pronunciación. Reconocemos la palabra porque la hemos escuchado, ¿cómo si no habríamos de usarla? La voz es lo que hace que la palabra resuene en nosotros para que podamos recordarla. La palabra escrita carece de efecto sin el recuerdo, el eco de la pronunciación de los fonemas que la componen en nuestra memoria [4]. El autor se hace presente en el espacio intermedio, en las formas de silencio. Es precisamente en el silencio donde esa voz entra en escena, inadvertidamente, como cuando escuchamos el murmullo de Glenn Gould colarse en los silencios entre las notas de su piano. Lo que nos permite comprender el efecto y sentido último del texto –como si de una partitura se tratase- es el balbuceo mudo que le ponemos al leerlo, se trata de la música de la experiencia resonando en nuestros nervios. Por eso necesitamos el silencio para leer -es una forma de meditación y cuando algún otro sonido interfiere o alguien nos habla dejamos de escuchar esta voz, se trata de una interrupción atroz.

DGC- The last words

DGC- The last words

La palabra hablada pronunciada “correctamente” es esencialmente insignificante, tiene sólo un carácter instrumental; es una llave de paso, la apertura y el cierre de un intercambio. Sabemos que después de un gracias habrá un de nada, después de un hola vendrá un adiós y después de un buenas noches habrá un buenos días. Y si no es así es porque existe una fractura terrible por la que se pierde algo, tal vez todo. Es el lugar que habitan los ángeles de Wenders, tan cerca pero tan lejos del mundo [5]. Perdidos en el limbo, habitando en el mismo insoportable silencio posterior a las últimas palabras del piloto del Vuelo 370 de Malasyan Airlines: “All right, good night”… Nunca un mensaje tan aparentemente tranquilizador sonó tan terrorífico. Necesitamos escuchar la palabra, el Good morning, que abra la posibilidad de un nuevo día, para saber que existimos, que podemos oir -como a los pájaros al amanecer- la música de la experiencia. Que seguimos en el mundo de los que sienten y recuerdan las experiencias y necesitan expresarlas con palabras, como éstas.

Publicado en SalonKritik
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Notas

[1] Jacques Derrida. Palabra. Entrevista con Catherine Paolett.
[2] “Cuando cortas en el presente, el futuro se derrama”. William Burroughs. Break through the grey room).
[3] Mu proviene de muttum, vocablo que designa el sonido que hace alguien con la boca cerrada y de donde proviene tambien mot, palabra en francés.
[4] Las palabras son en realidad entidades mudas y si dicen lo hacen porque nosotros las hacemos (re)sonar en nuestra mente, como probablemente lo hagamos ahora mismo con estas palabras, que suenan gracias al lector con una voz que tampoco es la mía, porque incluso yo al escribirlas carezco de una.

[5] Wim Wenders. Tan lejos tan cerca.

“Ustedes…
Ustedes a quienes nosotros amamos…
Ustedes no pueden vernos…
No pueden oírnos…
Nos imaginan tan lejos
y estamos tan cerca…
Somos mensajeros….
para acercar a quienes estás lejos.
Somos mensajeros…
llevamos luz a la oscuridad”.

El secuestro de Michel Houellebecq

Biografía-ficción o ficción biográfica

La película El secuestro de Michel Houellebecq (L’enlèvement de Michel Houellebecq 2014) fue estrenada en Febrero en la Berlinale y será presentada también en el festival de Tribeca. El pasado viernes asistimos a un preestreno en el Tribeca Film Center de Nueva York.

Usando el formato de falso documental el director Gillaume Nicloux cuenta una historia que complementa la obra compleja y en ocasiones polémica del autor. Michel Houellebecq es abducido, secuestrado por una panda de bandidos con buen corazón que se ven obligados a convivir con el escritor durante el tiempo que dura el secuestro a la espera de órdenes de un superior. En este periodo se establece una relación afectiva que mezcla el síndrome de Estocolmo con el descubrimiento de los placeres sencillos de la campiña francesa y el carácter honesto y no prejuicioso de sus habitantes que se encuentran felices por la compartir la intimidad de una figura literaria, de un contador de historias, de un poeta. En este contexto, liberado de presión mediática, el escritor está dispuesto a abrir su pensamiento, explicar qué le inspira a escribir  y exponer sus ideas sobre cuál es el problema de la Europa actual; a saber: el estar gobernada por un puñado de expertos y cada vez más alejada de la democracia.

Como en toda buena película francesa (y me refiero a la vertiente que conecta con la investigación teórica y se aleja de la veta de comercialidad del cine francés reciente), se puede ver una crítica política hacia una Europa que se construye cada vez más en vertical y que aleja a los ciudadanos de la naturaleza – en la película se pone como ejemplo metafórico el urbanismo vertical, deshumanizado y en cierta medida totalitario de Le Corbusier. Además, podemos identificar en el filme una crítica del intelectual como cómplice de las élites tecnócratas y una sutil ruptura del misticismo o el aura intocable que rodea a la figura del escritor para mostrarlo como un ser imperfecto, esencialmente vacío, que se alimenta de las vidas de otros. En este sentido la película se presenta como una ficción biográfica o tal vez una biografía ficcional. Según cuenta Houellebecq en la película, su obra no esta basada en su vida personal sino más bien en los relatos de las personas que le rodean. El escritor no está necesariamente obligado a vivir los acontecimientos sobre los que escribe sino que ha de ser un buen oyente, alguien que sabe escuchar, extraer las historias de las personas y conectarlas en un relato.

Al contrario de muchos otros escritores que mitifican los espacios cotidianos que habitan, Michel Houellebecq tiene una pulsión hacia lo exótico, elementos que lo alejan de su rutina en Paris. Ha escrito sobre vidas otras y modos de socialización que parecen extremos para la mayor parte de los lectores, pero no necesariamente hablan sobre él. Houellebecq usa la ficción para escapar de la biografía y la biografía para construir una  ficción. Una estrategia que incluso en su más reciente y brillante obra El mapa y el territorio lleva al extremo relatando su propia muerte.

La película resulta un poquito repetitiva en ocasiones pero los actores hacen un excelente papel, en especial el propio Michel Houellebecq que, si bien con una apariencia deteriorada, fumador empedernido y que abusa del alcohol (hábitos tal vez exagerados para la película), resulta encantador y con un apetito por la vida que supera el aparente vacío existencial de su vida y de su trabajo. Como el propio director escribe: “Espero revelar a un escritor que es sensible, divertido, dotado de un ingenio cáustico, lleno de dudas, ingenuo, antipático, ansioso, inteligente y enamorado, el tipo de hombre que no esperaríamos conocer”.

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Los diferentes

Cuando se vive en una ciudad pequeña uno se esfuerza en manifestar y demostrar una diferencia. Algunos llevan algún rasgo distintivo que los hace identificables: tatuajes, una coleta, un pañuelo en el cuello, unos cascos… elementos simples pero inequívocos de una meditada imagen pública. Pero la diferenciación a menudo  no acaba en la construcción de la imagen sino que se extiende a la persona, hacia una personalidad que se desmarque del resto, unos gustos, una forma de hablar, una forma de mirar… Son atributos que apuntan a otros lugares en los que han estado o desearían estar, indicadores de una fuga mental permanente.

Todos esos signos resultan fascinantes para las personas normales, para aquellos que no tienen necesidad de diferenciarse demasiado del resto; los que están bien como son, contentos en su entorno, perfectamente representados por él. Quizá porque parezcan estos más felices, y mas seguros de sí mismos, los diferentes se encuentran también a gusto a su alrededor, a lo mejor porque es aquí donde su diferencia se hace más patente. Lo cierto es que en este contexto la diferencia requiere cierto coraje, ya que la visibilidad extrema da que hablar a las malas lenguas que construyen el tejido de mediocridad que protege a las comunidades tanto del éxito como del fracaso como modelos de convivencia.

Los atributos de la diferencia otorgan personalidad a quienes los llevan, y por qué no, también un papel determinado en una comunidad. Se convierten en personajes de una fábula con una misión. Y como en toda fábula, su llegada y su partida poseen un significado especial que nos hacen pensar y nos enseñan alguna lección.

Alguien podría pensar que todos estos diferentes podrían, no se, montar una asociación, un club, un partido político, si quiera ser amigos… Curiosamente esto rara vez sucede. Los diferentes tienen algo de polaridad idéntica, hay atracción polar hacia los mismos nortes pero se repelen en la proximidad. Hay reconocimiento mutuo pero cada uno esta indefectiblemente dedicado a su propia misión, más o menos ambiciosa, más o menos privada. Aun así, las actividades de los hombres no siempre encuentran una finalidad en el momento en que se realizan y también es posible que nunca la encuentren.

Ahora se que si volviera a vivir en una ciudad pequeña me gustaría ser más amigo de los diferentes. Si no amigo, al menos poder acercarme a ellos, saber sobre la misión vital en la que se encuentran inmersos. Una actividad que muchas veces es la simple puesta en marcha de un conocimiento que puede resultar sorprendentemente vasto y universal. Tal vez los atributos de la diferencia sean entonces un mero señuelo, una suerte de prueba de superficie y solo quién sepa ver más allá de esa diferencia acceda a todo ese conocimiento con el potencial de cambiar una vida para siempre. O tal vez a través de un filtrado lento, acaso imperceptible, ya hayan cambiado las vidas de todos nosotros sin siquiera notarlo, por eso su ausencia resulta siempre extraña, como una advertencia que no somos todavía capaces de descifrar.

(Dedicado a Manuel Tejada)

Maldiciones del artista moderno

En los acordes mudos, los silencios de ese soniquete repetitivo de origen africano de la canción de Robert Petway, “Catfish blues”, se cuelan la resonancias ancestrales de una maldición.

What if I were a catfish? Swimmin’ deep down in, deep blue sea Have these gals Settin’ out hooks for me

Y si yo fuera un siluro? Nadando en un mar azul y profundo Y tuviera a todas estas mujeres tratando de echarme el gancho

La maldición del músico que canta su canción con la mirada enfocada al infinito. Solo allí encuentra paz, en el desenfoque perpetuo, una ceguera auto provocada para escapar del conjuro de todas las amantes que no han podido olvidarlo y sus pensamientos que lo acechan día y noche a través de imágenes, signos y sueños.

Un texto sobre maldiciones. Sí, lo reconozco, la idea me la dio True detective, la historia televisiva de un detective maldito, vaciado de cualquier esperanza de redención lo que lo hace capaz de llegar hasta el fin, no tiene nada que perder. Su compañero policía lo menciona en un momento determinado: “La maldición del detective es tener la evidencia en frente de sus propias narices y pasarla por alto”.

Pero no es algo nuevo, es algo que ya le paso a Dupin en “La carta robada” de Poe o a Mickey Rourke en El corazón del Ángel. Para las mentes más perspicaces lo simple siempre constituye el mayor reto. “Quizá lo que los induce a error sea precisamente la sencillez del asunto” dice el sagaz Dupin. Que un crimen sea algo demasiado simple es casi inconcebible, como hecho sin intención y por tanto aparentemente libre de sospecha. Por eso el mayor ladrón es el que esconde toda intención, aquel del que nunca sospecharías que te está arrebatando todo: tu dinero, tu futuro, tu nombre, tu identidad. Como bajo el síntoma de una amnesia traumática provocada por el exceso de drogas o simplemente el exceso de uno mismo, como le pasó a Angel y también a Fred Madison en Lost Highway, al final el ladrón eres tú mismo, viviendo, persistiendo, robando con la respiración, ganando algo de tiempo, repitiendo los mismos errores en el mismo momento, en un bucle incesante.

Pero sigamos con las maldiciones. Con motivo de ARCO Dan Graham dice que sus imitadores han tenido más éxito que él. El bueno de Dan escribe la historia que otros cuentan con palabras más espectaculares, con el lenguaje de los tiempos, lleno de artificio, apariencia de riqueza y cada vez más alejado de la simple existencia. La brillante viñeta de El Roto lo representa con claridad: En aquellos tiempos, que son los nuestros, “Los cocineros hacían arte, los artistas hacían de friegaplatos”. Son tiempos de artistas corporativos y obras hechas con materiales tan o más caros que la propia obra, una paradoja sin duda, o la excusa perfecta para vender lo que nadie querría comprar.

No se libran los escritores de estos terribles sinos. La maldición del escritor es que su propia historia la escriba otro escritor mejor que él como le paso a Lenz. Me hace pensar en cuál es la razón por la que estamos tan convencidos de que la literatura es mejor que la vida, o por qué una vida necesita de literatura para transcender. La literatura moderna, dicho de un modo muy banal, es un Facebook primitivo. Es el empuje de una presencia que quiere trascender a nivel social, de una memoria que quiere crecer hacia el otro, hacia los otros, los testigos de la ficción. Buscamos desesperadamente la historia para dar sentido a lo ilegible, el mundo ilustrado nos seduce con una idea de pertenencia, pero no todos la quieren o la necesitan. Pienso en Kaspar Hauser y su maldición personal, la palabra.

Ante esta lectura, el trabajo del artista moderno no es sino un largo camino que nos conduce a nosotros mismos; un camino peligroso, abismal, un proceso alegórico que necesitamos recorrer. Necesitamos recorrer el lenguaje para comprender la elocuencia del silencio. Aquí sobre todo las palabras de Hölderlin, “donde crece el peligro crece también lo que nos salva”, encuentran todo su sentido. El arte verdadero, la carta robada enfrente de nuestras narices es el peligro pero también la salvación. Nos empecinamos en buscar siempre en el mas allá, pero es en la proximidad donde está el origen de la ficción y del arte, en el punto ciego. Es ciego porque no se puede contemplar a si mismo, es uno mismo en su proceder y es peligroso porque está escrito desde el abismo del lenguaje, el origen de todas las maldiciones.

Publicado en SalonKritik

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Apéncides:

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El amor, solitario ardor.

En la noche dichosa,
en secreto, que nadie me veía
ni yo miraba cosa,
sin otra luz y guía
sino la que en el corazón ardía.

San Juan de La Cruz. La noche oscura del alma.

Suena It´s too soon to know, un piano blues de Allen Toussaint, músico intersticial con una capacidad asombrosa para orquestar y combinar todos los pasados vividos o no. Cada uno tenemos diferentes recuerdos pero los sentimos de una manera similar como música en los nervios. Por eso ahora vivimos la canción cuando Irma Thomas la canta, por eso sufrimos por ella pero también por nosotros porque conocemos la melodía y sabemos lo que se siente al dudar de que alguien nos comprenda realmente. Justo antes del alba, cuando nos preguntamos si no estamos en realidad solos y el amor es solo una actuación, un papel que se interpreta, una carrera que pierde aquél que se queda atrás.

Son los que pierden los que viven las canciones, the beautiful losers los llamaba Leonard Cohen. Escuchamos canciones para curarnos del pasado, para exteriorizarlo y sacarlo de nuestra piel, convertirlas en nuestro ser amado, pero sabemos que es solo en vano. A lo sumo crearemos un fantasma, un vapor reconfortante que nos proteja de la intolerable realidad de la soledad del alma.

Amamos porque necesitamos un testigo, el testigo perfecto, aquel en el que nos reflejamos y nos da certidumbre de nuestro existir. Amamos a menudo a quienes no necesitan testigos, a aquellos seres completos que han asumido la soledad esencial, o tal vez han comprendido que no hay mejor compañía que la de uno mismo. Son ellos los que nos romperán el corazón, los más veloces, los que se deslizan en el tiempo y no lo retienen. Nosotros, los melancólicos, sufriremos porque en realidad gozamos de esta debilidad que produce imágenes melancólicas y las proyecta sobre todos los futuros posibles.

Amaremos en la noche dichosa, con el corazón ardiendo un corazón salvaje que está dispuesto a consumirse por el ser amado. Enfermedad y fiebre del espíritu que nos hace trascender. Combustión total, un alivio final de nosotros mismos que nos da finalidad y propósito.

 

Universo Gambardella

¡Qué dulce es quedarse largamente ante el objeto de ese deseo, manteniéndonos en vida en el deseo, en lugar de morir yendo hasta el extremo, cediendo al exceso de violencia del deseo!

– Georges Bataille

Suena The Beatitudes de The Kronos Quartet. Melancólica pero esperanzadora, nos lo hace ver todo desde ese punto maravilloso donde la madurez encuentra a la adolescencia y nos da una apariencia de continuidad. Un trampolín para volver a empezar otra vez pero esta vez conociendo cuales serán nuestros errores, para no cometerlos. Si somos sabios sabremos aguantar la violencia del deseo, no perder el tiempo en lo que no queremos hacer. Por eso lo viejo es mejor que lo nuevo, por eso Jep Gambardella es el puto amo.

Jep Gambardella escribe su libro, su segundo libro, se llama La Grande Belleza, lo escribe a traves de la mente de Paolo Sorrentino, que es el creador del Universo Gambardella, con la ayuda de las grúas y los travellings de Luca Bigazzi.

El Coliseo de Roma es origen de ese Universo, el círculo que prueba la coninuidad de la existencia. Jep representa los últimos días de lo mundano, del cual él es el rey. Roma aparece semivacía, despojada del bullicio de las películas de Pasolini. Las calles son de Jep, esta Roma es su ciudad, tan imaginaria como su viaje al fin de la vida, ahí radica su fuerza.

Italo Disco & Techno Mambo. Quien haya sido un verdadero animal nocturno sabe que hay alianzas intensas hechas bajo un orden deseante otro, ese que quiere prolongar la fiesta, no ponerle fin sino alargarla todo lo posible, hasta que el cuerpo aguante. Para darle fin ya esta Jep, el rey de los mundanos, capaz de aguantar más que nadie y con su traje de Catellani impecable.

Jep conoce a las mujeres mucho mejor que Accatonne. Las conoce porque respeta sus formas de contener y canalizar el deseo. El deseo y la intimidad que establecen la continuidad del espíritu y el erotismo de los corazones.

Jep siente curiosidad pero no necesita cirugía ni confesionario. Ni para el físico ni para el alma existe curación efectiva ni redención alguna. La única redención es viajar hasta el final de la vida.

Lo que sí son importantes son las raíces, éstas nos ayudan a no volatilizarnos como este tiempo prestado en el que vivimos.

Una puesta en escena maestra. Viva la función y muera la funcionalidad, vulgar como el vodka, que solo sirve para emborracharse.

Quieres ver de nuevo la película porque te has enamorado de Jep, como lo hiciste en su momento de Marcello, que es el hombre que quieres ser en la novela que no has escrito aún. Todavía podrías hacerlo, ¡es solo un truco!

“Menos mal, aun nos queda algo bonito por hacer” – Jep Gambardella

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