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La educación del des-artista

Sobre el libro “La educación del des-artista” de Allan Kaprow. Ardora 2007.Edición de Armando Montesinos y David García Casado. Extracto de la presentación del libro, publicado en e-limbo

Parece pues muy apropiado ahondar en los aspectos pedagógicos de este proceso a través de una “educación de des-artistas”, de artistas que no necesitan de esa categoría en absoluto para establecer relaciones de intercambio artístico, es decir, relaciones que cuestionen o rediseñen radicalmente los modos que tenemos de utilizar las imágenes y signos que nos rodean, actualizándolos.

Kaprow siempre insistió en el mantenimiento de una tendencia experimental hacia la vida. Para Kaprow el verdadero artista debería de indicar la fuente energética o simbólica en la que se basa su trabajo compartiéndola, si esa es su voluntad,  asumiendo las consecuencias espacio temporales- y por tanto de experiencia- de la misma, y no sintetizándola en forma de producto inocuo en una “obra de arte,” lista para ser incluida en la exposición de una galería o museo, o cualquier otro formato institucional. El arte contemporáneo, en su respuesta intermedial, diría Kaprow “no puede esperar por la nueva arquitectura” que habría de adaptarse a sus formatos.

La actividad artística se desarrolla en un “campo expandido” (por citar la conocida expresión de Rosalind Krauss) que comprende diferentes plataformas de publicación, no necesariamente vinculadas a un campo cultural específico. Por poner un ejemplo que viene al caso, el precioso libro de Eva Lootz que presenta también Ardora,  es una obra de arte (puesto que ella es una artista) presentada en formato libro a través de una editorial. Pero, ¿es literatura, ensayo… o se trata quizás de eso que llaman –de un modo bastante absurdo- un “libro de artista”)?  Siendo sensatos, ¿qué importancia tiene su denominación? Las obras de arte no son unidades estéticas listas para ser consumidas y clasificadas en géneros o estilos.
Un individuo que desarrolla un proceso activo de conocimiento crea sus propios mapas,  sus propios hitos (que pueden coincidir con los que afectan en un momento dado a una colectividad o no) y genera respuestas estéticas que pueden ser llamados o no arte.
Pero eso no es realmente importante, lo importante es que reflejen un uso activo de una educación simbólica recibida y que planteen, quizás, nuevas formas de abordar las experiencias: de mirada, de lectura de códigos, de escucha, o las formas híbridas de la experiencia, que son la mayor parte de ellas.

Estas respuestas, que, como ya hemos mencionado, Kaprow llamaba intermediales, no necesitan la etiqueta ARTE, es más según él los objetos que poseen tal denominación contienen –y le cito textualmente- “hábitos altamente sofisticados”. El objetivo de tales respuestas no es alcanzar un grado se sofisticación tal que los eleve como forma de arte sino, lo que es mucho más importante, ser útiles por ofrecer medios para el conocimiento de los procesos de experiencia; o si no por ofrecer medios, simplemente por mostrar indicios certeros del curso de los acontecimientos. Tal vez sea esto lo que lleva a Kaprow a afirmar ya en 1970 en “La educación del desartista”:

Que el módulo lunar LM es patentemente superior a cualquier otro esfuerzo escultórico contemporáneo;

Que la retransmisión del intercambio verbal entre el Houston y los astronautas del Apollo 11 fue más interesante que cualquier forma de poesía contemporánea;

Que ciertas grabaciones por control remoto de las vidas de familias que viven en guetos, filmadas (bajo su autorización) por antropólogos, son más fascinantes que los “fragmentos de realidad” tan alabados por las películas underground.

etc. etc.

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Influencia española en el barrio más antiguo de California

Misión San Juan de Capistrano. Foto de Leila Jacue

Misión San Juan de Capistrano. Foto de Leila Jacue

También publicado en InfoLibre

Para un español viviendo en Nueva York, viajar en California supone un extraño encuentro con lugares, nombres, costumbres y climas sumamente familiares. Todo el mundo reconoce la influencia hispana en la costa Oeste pero ésta es asociada principalmente a su proximidad con Méjico. Lo que encontramos en realidad es la extraña mezcla producida por la adaptación y fusión de los españoles en la Baja California con el entorno mejicano e indígena y cómo todos ellos empujaron costumbres y religión siguiendo el corredor occidental de los Estados Unidos. Un proceso de colonización en el que las misiones tuvieron en la región un papel fundamental introduciendo las formas de civilización sur europeas, la religión y la lengua obviamente pero también las formas de cultivo, la arquitectura y las estructuras de gobierno.

Frailes españoles como Junípero Serra fueron de gran importancia integrando de un modo relativamente pacífico las costumbres europeas con las formas de vida y técnicas de los pueblos indígenas que se avinieron con los misioneros, creando una interesante mezcla que quizá hoy en día sea difícil de separar y de asociar a un lugar en concreto. Se trata de un complejo mestizaje que se llamó “californio” y que integró a los descendientes de españoles, mejicanos y nativos de la región y que llevan apellidos de origen español como los Pico, Sepúlveda, Verdugo… hoy nombres de emblemáticos bulevares de Los Ángeles y San Diego.

Cerca de San Diego se encuentra uno de los primeros asentamientos misioneros que Fray Junípero puso en funcionamiento en sur de California: San Juan de Capistrano. Un pueblo que es conocido destino turístico en la región porque allí se conserva y se mantiene viva la historia más antigua de una región tan relativamente reciente como lo es el oeste americano. Visitamos la misión, reconvertida en un museo, que consiste en una propiedad donde los frailes y unos pocos soldados vivían, cultivando las tierras, predicando y oficiando servicios religiosos. Una comunidad apacible en torno a la cual se desarrollaría todo un pueblo. En ese mismo asentamiento se introdujeron los primeros cultivos de la llamada “uva misión” que se consideran el origen de la cultura vitivinícola que luego se extendería a la alta California.

No muy lejos de ahí a pié, cruzando las vías del tren que viaja desde San Diego a Los Ángeles, encontramos la calle Los Ríos, un barrio residencial histórico considerado el más antiguo de toda California y en la cual se sitúa la villa llamada Adobe Los Ríos; la primera residencia que data de 1794 y que fue construida por Santiago Ríos, un soldado que llegó de España en 1780 para trabajar como soldado en la misión. Se trata de una pequeña vivienda de cuatro dormitorios, sala de estar, cocina y baño hecha de adobe donde hoy por hoy sigue viviendo uno de sus descendientes, nueve generaciones después.  Justo al lado, en la misma calle encontramos Adobe Montañez, casa que a mediados del siglo 19 habitó otra leyenda del lugar, Doña Polonia Montañez, matrona de la comunidad y ayuda espiritual en tiempos difíciles.

Por alguna razón se siente en ese lugar, en esa misma calle, una calma que no encontramos en ninguna otra parte, como si el emplazamiento hubiera escapado de la violencia de la historia para constituirse un ejemplo de comunidad tan profundamente arraigado y valioso como para que una misma familia permanezca en la misma casa durante nueve generaciones, las golondrinas sigan retornando cada año y la vida prosiga de un modo no muy distinto a como lo hacía en el siglo XIX. Pero lo que resulta más fascinante es que en una época donde la nacionalidad y la identidad parecen ser cuestiones de vital importancia, estas personas representan y defienden modelos de identidad propios, no vinculados a naciones sino al territorio que desarrollaron y crearon juntos y a las comunidades que los mantienen vivos, generación tras generación.

REFERENCIAS:

http://www.sanjuancapistrano.net/los_rios/los_rios.html

http://articles.latimes.com/1991-07-13/home/hm-2009_1_living-museum

http://www.csusmhistory.org/delca011/home-2/polonia-montanez-sanjuancapistrano/

 

Entrevista a Oriol Maspons

Publicado originalmente en Tunica en inglés y traducida al español en Infolibre

Oriol Maspons . Self Portrait

Esta entrevista se realizó sólo unas semanas antes de que Oriol Maspons falleciera. DEP

En un antiguo autorretrato suyo, usted aparece junto con su espléndida colección de equipo fotográfico dentro de un dolmen o sepultura prehistórica. Visto ahora me parece un ejercicio muy irónico sobre la desaparición de las antiguas técnicas e instrumentos ante el surgimiento de la era digital de la imagen. Me gustaría saber cuál es su lectura hoy y si recuerda el motivo de esta fotografía. 
Esa foto era un Christmas que le envié a un amigo y fue tomada en Gerona, en un viejo dolmen funerario. La hice con mi amigo Julio Ubiña.

Parece inevitable preguntarle por la tecnología digital. He leído en una entrevista que odia las cámaras digitales, ¿sigue pensando de la misma manera? ¿Cuál es para usted la diferencia esencial entre el uso de ambas tecnologías?

No uso cámaras digitales, nunca lo he hecho. Las cámaras analógicas siempre han funcionado bien para mi. Básicamente estoy desconectado con esta nueva tecnología porque surgió tarde en mi carrera. La única cámara digital que he tenido me la quitó mi hijo para usarla él (risas).

Tengo entendido que usted ha trabajado principalmente por encargo, ¿es correcto? ¿Tomaba o toma ahora también fotografías “fuera del trabajo”? ¿Qué era lo que más le llamaba la atención como fotógrafo entonces y ahora?
Solo me pagaban las fotos publicadas, lo cual era muy común y probablemente también ahora lo sea. Por eso, consciente e inconscientemente mis colegas y yo creamos imágenes con el propósito de verlas impresas en los medios. En este aspecto no hay mucha división para un fotoperiodista, estamos alerta en todo momento por si surge una imagen que pueda formar parte de nuestro trabajo.

¿Cree usted que una buena fotografía debe de impactar o sugerir, o las dos cosas?
Para mi una buena foto tiene que informar al espectador. Darle un tipo de información que sea nueva en un cierto modo. También, dependiendo del encargo, buscas un efecto u otro.

Normalmente cuando se piensa en fotografía documental, con la voluntad de reflejar la realidad, se piensa en imágenes en blanco y negro. ¿Por qué cree usted que el blanco y negro nos parece más real? 
Sinceramente creo que es porque estamos acostumbrados a ello. Es parte de la memoria colectiva ya que tantos grandes fotoperiodistas han trabajado en blanco y negro.

¿Para hacer fotografía documental hay que pasar desapercibido o hacerse notar?
Creo que la mayor parte de las veces es mejor pasar desapercibido (risas).

Hoy en día ciertas obras fotográficas alcanzan precios muy altos y se comercializan bajo tiradas muy limitadas. ¿Qué piensa sobre esta fetichización de las copias?
Esto es un resultado de la tendencia del mercado del arte para equilibrar la multiplicación de las imágenes (y por tanto su devaluación) con la unicidad de la pintura. Es un modo de equilibrar el valor y seguir vendiendo arte.

Nueva York, donde resido, es una ciudad que parece estar hecha para ser fotografiada. ¿Piensa usted que hay ciudades más interesantes para hacer fotos o quizá se trate más de las personas que viven en los lugares y que son reflejo de sus formas de vida? 
Nueva York es una ciudad fascinante que me encanta, es una de mis ciudades favoritas. La energía de la gente que vive allí crea una atmósfera única. Es también muy importante la herencia creativa de los lugares. No es sólo la ciudad la que crea la energía sino también el influjo cultural y la historia de los lugares y como se ha apoyado la cultura.

¿Puede hablar un poco sobre la vida cultural que usted vivió en las metrópolis de los años sesenta y setenta: Barcelona, París, Roma, Nueva York…?
En esos días la vida creativa de esas metrópolis estaba interconectada. Todos nos conocíamos y trabajábamos en proyectos juntos, a veces por ser amigos. Por ejemplo podías ver a Antonioni venir a mi casa y pedirme que le hiciera unas fotos para algo, y yo lo hacía.

En mi época muchos fotógrafos simplemente no podían permitirse ser directores de cine, así que teníamos que especializarnos en fotografía y hacer toda una película en un solo disparo (risas).

¿En qué está trabajando ahora?
Uno de mis últimos proyectos es una exposición antológica, comisariaza por David Balsells, que está a cargo de mi archivo fotográfico (en el MNAC, el Museu Nacional d’Art de Catalunya) con la colaboración de Elsa Peretti.

Blue Jasmine, luna azul americana

Originalmente publicado en InfoLibre

Blue Jasmine en un cine de Nueva York - Fotografía de Leila Jacue

Blue Jasmine en un cine de Nueva York – Fotografía de Leila Jacue

Blue Jasmine se estrena en las salas de Nueva York con éxito de taquilla. Se dice que Woody Allen es más popular en Europa que en Estados Unidos -al menos en general – pero esta ciudad siempre recibe con interés las películas del autor, especialmente cuando la acción tiene lugar, aunque en este caso lo sea parcialmente, en la propia Nueva York.Allen ofrece a menudo un retrato subjetivo de algunas de las miles de facetas y posibles líneas vitales que la ciudad produce.Un reflejo cultural que los neoyorquinos buscan en el cine y en las obras de arte que al fin y al cabo es una demostración de que la cultura es capaz de proyectar hacia el futuro y de proyectarnos como ciudadanos de una sociedad progresista y abierta.

Nueva York para Allen siempre constituyó un ejemplo de coexistencia de culturas y generaciones, de lo nuevo y de lo viejo y de lo profundamente absurdo, y por eso cómico, de todo ese roce de temporalidades que coexisten en el trazado limitado pero con infinitas combinaciones de Manhattan. En el caso de Blue Jasmine no está claro que el reflejo que devuelve la película a los espectadores sea una optimista idealización de las contradicciones de la ciudad que el mundo necesita para convertirla en modelo y destino por excelencia. La imagen a la que nos enfrentamos en este caso es un retrato desfigurado de una sociedad radicalmente desconectada de su sustrato social, de la retórica del lugar de las oportunidades y del mito del sueño americano.

La relación de Woody Allen con Nueva York siempre ha sido una de amor y odio, tal vez como la de cualquier habitante de la misma que se precie. Recuerdo una frase de Lou Reed en Blue in The Face(ese maravilloso retrato de Brooklyn realizado por otro clásico de la ciudad como es Paul Auster junto con Wayne Wang) en el que dice a la cámara que no conoce a nadie que no haya hablado de irse de aquí y que él mismo lleva 35 años pensando en hacerlo. Se trata de un sentimiento de fuga inminente que está instalado en todos los habitantes de la ciudad. Pero además hay algo intrínseco de esta ciudad, la adaptación necesaria a sus ritmos, distancias y polivalencias que produce una neurosis programada. Un estado de conciencia que sólo sirve para esta ciudad por lo que cualquier cambio de entorno necesariamente conlleva un desajuste y la evidencia clínica de los síntomas. Blue Jasmine representa de un modo sublime este desajuste, encarnado en esta ocasión por un miembro de la élite social cuya agenda funciona con la precisión de un reloj suizo, cargado de eventos y actividades y en el que el más leve contratiempo conlleva un inevitable desliz histérico.

La maravillosa Cate Blanchett se luce en un papel pensado prácticamente para ella, especialmente después de su interpretación de Blanche DuBoise, la protagonista de Un tranvía llamado deseo de Tennesee Williams, en la adaptación de Liv Ullmann para los teatros de Broadway. Blanchett desdobla a Blanche bajo la insuperable guía de Woody Allen para dar forma a Jasmine, un personaje que es a la vez víctima y verdugo dentro de un entorno social y familiar que representa la deriva atroz del capital financiero y de sus formas de destrucción de las conexiones equilibradas del tejido social. Al igual que la Blanche de Tennesse Williams, su altivez y pretensiones de alcanzar un ideal sustancial de riqueza, educación y cultura se ven truncados por su falta de conexión con ella misma y el camino dedicado y laborioso hacia la virtud, un camino que para ella resulta obscenamente trabajoso e indigno. Se trata sin duda de un filme político en el que Allen critica esa virtud prefabricada que gira en torno a la apariencia y posesión de objetos de lujo, características aceptadas de valor y de buen gusto pero que son usadas en ocasiones como herramientas de discriminación social, de pertenencia de clase. Para Jasmine, todo: objetos, obras de arte y personas forman parte de los bienes que le corresponden simplemente por tener el exquisito gusto para apreciarlos. Una pasión tan abstracta por lo elevado que al final deviene fantasmagoría.

En sus momentos de soledad Blue Jasmine rememora la canción Blue Moon, atrapada en la ensoñación mental de una época que nunca existió, que fue la ficción que usaron los artistas y músicos para escapar de la atroz lucha de poder que tiene lugar en el mundo, demasiado cruel como para no querer escaparse de ella. Resulta interesante ver en la película similitudes con la obra de Scott Fitzgerald y en especialmente El Gran Gatsby (muy recomendable también la revisión del clásico que ha hecho el mismo Liv Ullmann) y el retrato de una sociedad basada en el dinero como equivalente universal que encarna ficciones, como la del propio Gatsby o la de Jasmine. Vidas que son como una bonita canción, que se ha tocado un millón de veces hasta que ha formado parte de nosotros; que suena en nuestra cabeza y nos lleva dulcemente a un lugar que nunca existió en realidad.

LA RESISTENCIA NO ES MODELO SINO DEVENIR. Crítica de lo radical contemporáneo.

 

Publicado originalmente en la revista impresa Estudios Visuales

 

“El árbol es filiación, pero el rizoma es alianza, únicamente alianza.” [i](Gilles Deleuze y Felix Guattari)

“Didier Eribon: Entonces, para usted, un mito es el conjunto de sus (propias) variantes, de sus versiones. ¿No intenta determinar la versión auténtica?

Claude Levi Strauss: No hay versión buena, ni forma auténtica o primitiva. Hay que tomar en serio todas las versiones.”[ii] (Claude Lévi-Strauss)

 

Lo radical. La búsqueda de la raíz, del bulbo. Señalar el origen. Incluso el estructuralismo llegó a pretender eso, alcanzar una verdad estructural, un principio de acuerdo, un lugar aparentemente sistemático, abierto a una multitud de sujetos de experiencia. El radicalismo que denunciaremos no pretende tal cosa sino todo lo contrario, crear el discurso donde se halla la verdad que excluye a todo lo que no es ella misma.

Por el contrario poder es difuso, distribuye centros. De ahí cuando Deleuze y Guattari habla del potencial político del rizoma y no de la raíz.

Lo radical ha surgido históricamente como intento de fuga –hacia dentro, bajo tierra- como oposición o reacción a un sistema opresivo, coercitivo. En el momento en que alguien se percata de la inmovilidad que produce la opresión y encuentra un hueco mínimo para deslizar sus brazos e irse liberando comienza el movimiento radical como ejercicio de singularidad, diferenciación y resistencia ante cualquier tipo de unificación simbólica impuesta por un régimen hegemónico. Defenderemos precisamente aquí que la idea de la resistencia es un mito cuya multiplicidad de significaciones y aplicaciones que se han venido dando en nuestras sociedades se ha homogeneizado –y por tanto, depotenciando- bajo nuevas y más sutiles formas de represión caracterizadas no ya por la usurpación o trasgresión de los derechos fundamentales de los individuos sino por la contención y homogeneización de sus pasiones bajo el paraguas liberal en el cual el individuo se siente obligado a ceder a sus pasiones singulares a cambio de su  protección por el ámbito económico global.

Ciertamente el panorama geopolítico ha cambiado en las regiones desarrolladas del planeta donde, hoy por hoy, todo esta aparentemente permitido, amparado bajo las libertades esenciales de los regímenes democráticos occidentales. No hay una opresión visible, directa, sino una represión difusa, global, que ejerce sus puntos directos de tensión sobre los extremos más pobres, más invisibles del planeta, allí donde la ausencia de democracia no se considera como problema a menos que ponga en peligro la apariencia más o menos homogénea de la represión difusa global.  Los movimientos de liberación de esta represión, al ser igualmente difusos, dispersos en la inmensidad del panorama democrático de voces, pasan desapercibidos. En este contexto es donde surge el individuo radical.

El individuo radical postmoderno, inscrito en nuestro sistema de represión – o dominación si se prefiere – no pretende ya una fuga (¿hacia dónde?),  ni tampoco una revolución; tal empresa requeriría una organización y, como consecuencia, un tiempo que no está dispuesto a perder, tal vez porque no lo tiene para sí. El radical  juega con el factor sorpresa: el shock. Un corte, una interrupción, un silenciado del discurso, un barrenado de un territorio; como hacer estallar una bomba para detener el fuego de un pozo de petróleo que vierte crudo descontroladamente. En el momento del impacto, aquél ostenta una ilusión de control proporcionada por un reclamo efectivo de visibilidad. Pero tal visibilidad no deja de ser momentánea, y lo cierto es que las explosiones (metafórica y literalmente hablando) radicales son tantas que han acabado componiendo, a velocidad constante, un nuevo flujo descontrolado de impactos, de shocks. En este escenario, nuestra conciencia se ha habituado ya al estrés permanente que supone la novedad radical. Estamos aquí escribiendo esto porque no sabemos cómo detener este nuevo flujo de efectos de radicalidad que crea una cobertura perfecta que aísla al sistema de poder de toda posible fractura, deriva o transformación real.

El sistema que mantiene esta represión difusa ha conseguido situar el campo de batalla social, de “lucha por las libertades”, en tales acciones directas –temporalmente visibles-, a menudo anecdóticas, a través de la ficción screener de los medios de comunicación de masas. Todo el mundo sabe, “everybody knows” canta Leonard Cohen, que es en realidad en los sistemas sumergidos de la economía, de la política, la ciencia y la tecnología –y biotecnología- donde se estipula la auténtica represión (o contención, o contentado) de las masas, donde “todo lo que tiene que ver con el papel que juegan las pasiones en la creación de identidades colectivas, todo aquello que tiene que ver con el deseo, con el inconsciente, y de forma más general con la cultura, se oculta.” (Chantal Mouffe)[iii] Esta represión actúa pues menos como imposición o privación sino como “aculturación” (Boltanski Chiapello)[iv], caracterizada por la desligazón de los orígenes culturales – del saber y su transmisión generacional – en favor de la globalización, el escamoteo de información que pueda dar medios al individuo para su emancipación real -un margen de independencia al menos – y la legitimación del puro orden liberal de los medios de comunicación como único dispositivo de conocimiento.

Verificamos día tras día la máxima debordiana que revela que “el espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas mediatizada por imágenes”[v] Lo mediático se ha configurado como un órgano autónomo que funciona en la superficie –en la pantalla- de tales realidades sumergidas (especializadas, burocratizadas y tediosas) para seleccionar pequeñas partículas espectaculares de las mismas emitidas (broadcasted) a discreción con el fin de dar una ilusión de conocimiento al espectador sobre lo que acontece. Se trata sin duda de un juego de opinión que sirve como pulso de poder a la política actual, una política que funciona ya, como bien sabemos, en un territorio puramente mediático. En este juego la audiencia funciona como index: señala la dirección de los tiempos – como un polígrafo que refleja las oscilaciones de las constantes sociales – pero no es capaz de decidir cuál ha de ser tal dirección. Quizá en ciertos ilustres momentos exista la esperanza de que es capaz de hacerlo, “yes we can” rezaba Obama en su campaña, pero lo cierto es que es tan sólo una ilusión de consenso que mantiene vivos unos ideales heroicos, que, convertidos en imagen única – en modelo, y depotenciados así como mito – nos separan de la auténtica toma de poder y la modificación real del orden global de los acontecimientos. Hay una kantiana “disposición moral” para la revolución pero se carece del empuje suficiente para llevarla a cabo.

Ciertamente la mayoría –la mayoría contemporánea, el mainstream-, por definición, carece del empuje cultural singular que le permita dirigir sus esfuerzos hacia un objetivo de emancipación concreto puesto que el modelo propuesto para una mayoría –lo que la une- difícilmente puede ajustarse a los procesos individuales de sus componentes. Por contra, “una minoría no tiene modelo, es un devenir, un proceso. Se puede decir que la mayoría no es nadie. Pero todo el mundo, bajo un aspecto u otro, es agarrado por un devenir minoritario que lo llevaría a caminos desconocidos si se decidiera a seguirlo” [vi] (Gilles Deleuze).  Desde nuestro punto de vista, todo planteamiento crítico que no cuente con la problemática heterogénea de cualsea devenir minoritario y plantee sin embargo cualquier tipo de apelación mayoritaria hacia el cambio -desde el cambio climático, al cambio de paradigmas económicos, sociales o estéticos- no podrá ser efectivo, es decir: llegar a obtener resultados visibles, puesto que toda ideología –la manifestación de unas condiciones de existencia de un colectivo- se ha desmantelado, o cuando menos desconectado de su proceso de realización, en favor de un inflado de la voluntad global de la audiencia. Esa audiencia expresa cada día y desesperadamente una voluntad de cambio pero, tal cambio no es posible si se carece de una idea del mismo.

Como sabemos, los postulados radicales no equivalen a transformaciones radicales. Pretenden teorizar o manifestar; inducir, en definitiva, a la acción revolucionaria, pero, como ya comentamos antes, tal revolución requiere una organización, una temporalidad, un trabajo ideológico en definitiva, que difícilmente se puede desarrollar si no es dentro de la lógica del sistema hegemónico que se quiere transformar. Como Boltanski y Chiapello desarrollaran en su libro[vii], dentro de un sistema capitalista la radicalidad, para ser puesta en escena, ha de venderse como un producto más del sistema, y es aquí donde, obviamente, toda potencialidad revolucionaria se diluye. Algo sobre lo que ya Lacan, hablando de la posibilidad de denunciar el discurso del capitalista, dijera en Televisión: “Indico solamente que no puedo hacerlo seriamente, porque al denunciarlo lo refuerzo -lo normativizo, a saber, lo perfecciono”.[viii]

La posibilidad de una democracia radical parece ser la posible alternativa que Negri y Hardt defienden en su libro Multitud [ix]. Según ellos: “la multitud está trabajando en el Imperio para crear una sociedad global alternativa.” En nuestra opinión tal organización colectiva, que de ser posible lo es gracias a la disponibilidad generalizada de la tecnología de telecomunicación en red, sólo parece estar siendo efectiva, en tanto que multitudinaria, cuando se ha venido articulando no en torno a la potencia de los individuos sino a sus formas de impotencia. Impotencia para conocer gente –chats, meetic…-, para adquirir bienes –ebay, amazon…-,  para obtener información instantánea –wikipedia, google search…-, para ir al cine  – emule, torrents…-, etc. Es decir, bajo formas de entretenimiento o socialización virtuales – las nuevas “redes sociales” – que no constituyen, desde nuestro punto de vista, alternativas al modelo real sino tan sólo sustitutos de baja intensidad. Pese a que sus métodos de intercambio sean más técnicos y la cantidad de información sea exponencialmente mayor, no conforman la alternativa que sugiere Negri pues se basan en los mismos modelos mainstream dictaminados por la fábrica de ideología dominante sostenida por la “necesidad del disfrute” [x] que se ha instaurado como el aparentemente único derecho inalienable del individuo. Un disfrute contabilizado en unidades de diversión estándar reflejadas en estadísticas que determinan su éxito por su potencialidad como negocio.

El surgimiento en red de una “inteligencia colectiva”, aquella que proclama que una multitud de inteligencias conectadas entre sí pueden llegar más lejos que la mayor de las inteligencias individuales, no garantiza su profundidad. El hecho de que podamos conseguir gran cantidad de información basada en una amplia diversidad de  experiencias individuales no garantiza el acceso inmediato a la solución de nuestra experiencia individual. Más bien si acaso ésta, en la conexión en red, se comienza a diluir, a hacerse compartida ya desde su origen, a devenir online. Quizá sea en este devenir online de la experiencia en los nuevos espacios en red donde haya que invertir los esfuerzos para crear un forjado 4 D donde exista una dimensión de profundidad o de intensidad para el pensamiento. Será ésta sin duda una cuarta dimensión, la del tiempo, que nos permita transcurrir a la velocidad de la luz y a su vez insertarnos lentamente en las velocidades de regulación dictaminadas por los sistemas de dominación, represión o contención. En ellas el tiempo es la gran ausente. El tiempo que nos ha sido arrebatado y se nos promete recobrarlo yendo tras él, evadiéndonos con las herramientas y los productos del entretenimiento.

“Estrictamente considerados, todos y cada uno de los hombres, mujeres y niños vivos es un pensador (…) pero sólo una parte muy limitada de la especie da prueba de saber pensar.”[xi] (George Steiner)

Constatamos cada día que el pensar, como ejercicio crítico, pese a su absoluta relevancia en el desarrollo del ser, no se considera si quiera digno de su propio entrenamiento especializado en cualesquiera planes de estudio si no es como aplicación –de dudosa instrucción- en ciertos ámbitos del conocimiento.

Desde nuestra opinión, el interés del giro conceptual de las prácticas artísticas a partir de los años setenta, estribaría no en su simplificación o sutilización procedimental, ni en cualquier obsoleta idea de evolución formal, sino en el uso activo del pensamiento como método de trabajo para la resolución de los problemas singulares de experiencia –alejados del territorio codificado, mapeado- que se plantean en cualsea devenir minoritario. Un devenir en el que “la voluntad del artista es secundaria al proceso que él inicia desde la idea hasta su realización”[xii] (Sol Lewitt). En tanto que la filosofía ha perdido su papel en las sociedades contemporáneas, el arte ha tendido a suplantar el vacío de significado que las industrias mediáticas se empeñan en rellenar con la espuma de poliuretano del entretenimiento como si jamás hubiese existido hueco alguno. Es aquí donde las prácticas artísticas no pueden seguir la lógica de audiencias de los media si no quieren perder para siempre su potencial poder plástico para el desarrollo del ser. Desconfiamos pues de las exhibiciones bien de unificación discursiva, bien de novedad radical de los discursos artísticos contemporáneos, máxime cuando se producen en la sofocante precariedad simbólica de un estado de crisis.

Los estudios críticos pueden contribuir como órganos de saber a reconocer las unidades de creación de las prácticas culturales. En todas las disciplinas hay un margen de acción creadora pero “hay un límite que les es común a todas esas series, a todas esas series de invención de funciones, de bloques movimiento-duración, invenciones de conceptos, etc. La serie que les es común a todas o ¿el límite de todo esto qué es? Es el espacio-tiempo.” [xiii] (Gilles Deleuze)

Existen vínculos que conectan las funciones de las diversas disciplinas y tal vez sea momento de extraer esas funciones fuera de su raíz y devolverlas al prado fértil de los conceptos. En este campo los estudios críticos no pueden ya resolver unificar sus ámbitos de estudio; no se puede volver a la estructura árbol pese a que sea ésta la lógica visible del capitalismo avanzado. La especialización es una solución aparente pero que jamás llegará a delimitar el objeto de estudio ya que éste está en permanente deslizamiento conceptual. No hablemos más, pues, de objetos sino de funciones.

La hibridación, el desarrollo de democracias radicales experimentales en los ámbitos institucionales nos parece, en este escenario, la única vía de trabajo posible. La unión de las disciplinas no en base a su similitud objetual tradicional sino a su compatibilidad funcional. Una compatibilidad dictaminada por la creación y el arte como puesta en marcha, despliegue y ejercicio de formación del pensamiento. Aquí es donde los ejemplos de la tradición del arte y el pensamiento se encuentran disponibles como “mapas de carreteras para el alma”[xiv] y donde el sostenimiento de la actividad creadora se impone como el vehículo esencial de nuestro tránsito por el mundo. Todo pensamiento ha de ser creativo, responder con funciones singulares en series espacio-temporales comunes.

De nuevo: no hay objeto, hay función, una función que hay que inventar en cada momento para poner en marcha al objeto.

Las obras de arte, bajo este enfoque no serían más objetos –de qué sirven como tales más que para sostener nuestros instintos fetichistas- sino modelos heterogéneos y singulares –difícilmente aplicables como modelos de una mayoría – de resistencia a los límites del pensamiento, de lo visible, de la experiencia,… al tiempo, a la muerte. Revelarían los límites contextuales del sujeto y de su lectura del mundo mostrando que ésta siempre es incompleta, que la experiencia está siempre en proceso y que nunca viene ni podrá venir dada plenamente por cualquier modelo, ya sea ideológico o tecnológico, que aquella reclamará siempre de nosotros un esfuerzo hacia la heterogénea naturaleza de los signos en la conquista del devenir cualsea.

 


[i] Deleuze, Gilles; Guattari, Felix. Mil Mesetas. Pretextos. Valencia, 1982.

[ii] Eribon, Didier; Levi-Strauss, Claude. De cerca y de lejos. Alianza. Madrid, 1990.

[iii] Expósito, Marcelo; Mouffe, Chantal. Pluralismo artístico y Democracia Radical. Entrevista. Revista Acción Paralela, número 4. Mayo de 1998.

[iv] Boltanski, Luc y Chiapello, Ève. El nuevo espíritu del capitalismo. Akal. Madrid, 2002.

[v] Debord, Guy. La sociedad del espectáculo. Pre-Textos. Valencia, 1999

[vi] Deleuze, Gilles. Conversaciones. Pre-Textos. Valencia, 1996.

[vii] Op. Cit.

[viii] Lacan, Jacques. Psicoanálisis: Radiofonía & Televisión. Barcelona, Anagrama, 1977.

[ix] Negri, Toni; Hardt, Michael. Multitud. Guía y democracia en la era del Imperio. Ed. Debate. Madrid, 2004.

[x] Negri, Toni. Back to the future, a portable document. En Read me. Autonomedia, Amsterdam. 1999.

[xi] Steiner, George. Diez posibles razones para la tristeza del pensamiento. Siruela, Madrid 2007.

[xii] Lewitt, Sol. Sentences on Conceptual Art. Art and Language Vol. 1. Nº1 Mayo 1969

[xiii] Deleuze, Gilles.  ¿Qué es el acto de creación? Conferencia dada en la cátedra de los martes de la fundación FEMIS.1987 Traducción de Bettina Prezioso, 2003.

[xiv] “And the National Bank at a profit sells road maps for the soul” Bob Dylan. Tomstone Blues. En: Highway 61 Revisited. Columbia Records. 1965. Armando Montesinos Ex-libris.

EDUCACIÓN ELEMENTAL

El mundo nuevo, el renovado, si tiene que existir, no conocerá más que la escuela elemental para las masas y la universidad para los individuos, se habrá librado de un agarrotamiento de siglos” Thomas Bernhard. El origen
“You don’t need a weatherman To know which way the wind blows” Bob Dylan. Subterranean homesick blues

Es necesario hacer una revision de la idea de educación que cada vez está más alejada de planteamientos humanistas y dirigida hacia una especializacion enfermiza. Estados Unidos representa una paradoja al respecto pues es paradigma de la especialización pero también del conocimiento pragmático que nos acerca a lo elemental de la experiencia. Es el periodo de la educación secundaria, ese “en medio” que conforman todos esos años de instituto dedicados al arte de perder el tiempo de la forma mas ruidosa posible los que me preocupan. Porque como dice Bernhard parten de un modelo que embrutece y corrompe, y a lo que yo añado que fuerza la mezcla imposible, emparedada, de pubertad y desidia que sobreexcita los jóvenes y exaspera al profesorado.

Tiene que haber otro modelo posible. Es momento de plantearlo, especialmente ahora que los presupuestos no dan casi para mantener la maquinaria de un sistema que solo sirve como prueba fatal de resistencia de la salud psicológica de los jóvenes y de su red/colchón familiar ante una sociedad con funciones muy poco definidas y sin dirección. Tal vez haya que reconsiderar el humanismo, actualizar sus valores, rescatar el modelo multidisciplinar de los hombres y las mujeres del Renacimiento. Volver al hombre y su potencial, volver a la tierra y lo que nos hace parte de ella. Dotar de valor a la experiencia independientemente de que función vayamos a desempeñar y sobre todo definir el tipo de sociedad que queremos, una que construye o una cada vez mas corrupta y antinatural.

LOS AÑOS BLANDOS

Ya no puedo pensar lo que quiero. Las imágenes movedizas sustituyen a mis pensamientos”
Georges Duhamel *
Me despierto, casi sobresaltado, con un pensamiento suministrado por el desvelo del sueño como si se me revelase una verdad que parece que hace tiempo hubiera olvidado. Se trata de una sensación abstracta, relativa al tiempo en el que vivimos y que, cual representación daliniana, me hace sentir la experiencia cultural actual como algo blando y sobre todo caracterizada por una profunda carencia de contenido.
Me hace pensar en los años en los que empecé a estudiar y cómo los discursos sobre la crisis del sujeto seguían teniendo absoluta vigencia en las exposiciones artísticas de aquellos años (mediados de los 90). En cómo lo filosófico y lo político en relación con el sujeto post-moderno definían el sentido de lo cultural otorgándole una relevancia específica (que, por otro lado, nunca fue suficiente, ni mucho menos) y unos, podríamos decir, “requisitos mínimos” a la hora de plantear una manifestación artística.
Hoy en día, el problema filosófico del sujeto parece haberse resuelto, pues nadie ya cuestiona su estatus. Pero no por haber muerto, como proclamara la postmodernidad. El sujeto es hoy un ente diseminado en individualidades diferenciales. Vive, pero lo hace aislado, pues los que se ha destruido no es la idea de sujeto sino los vínculos filosóficos, políticos y materiales –en sentido marxista- que propiciaban la identificación con otros sujetos y por tanto la producción de soluciones simbólicas, de obras de arte con alto contenido revolucionario.
El sujeto contemporáneo es un sujeto múltiple y diferencial pero no siguiendo el modelo deleuze-guattariano del rizoma sino enraizado, como retorno edípico, al padre capital y a su lógica de afinidad temporal rentable. La filosofía, la política, el discurso, han cedido ante lo tecnológico y su producción narcotizante de imágenes. Es por esto que cada vez hay menos filósofos interpretando los movimientos sociales contemporáneos, que éstos han cedido tribuna analítica a psicólogos, científicos e incluso diseñadores de moda.
Es ciertamente increíble observar como la calidad de la imagen ha sustituido al contenido cobrando una autonomía inaudita en la definición del valor de los productos artísticos. Todo es imagen con breve fecha de caducidad. Comparemos por ejemplo cualquier película de Fassbinder con A single man de Tom Ford, por citar dos películas que problematizan la sensibilidad homosexual diferencial. El preciosismo de la segunda cobra relevancia como obra de arte pero al poco tiempo se convierte en pastiche inoperativo. La obra de Fassbinder por otro lado deja a un lado lo estético como resultado de una puesta en obra de lo político. Resulta paradójico que sea esta estética la que prevalezca y se reutilice en obras de arte y música actuales y que sea lo político lo que se deseche ahora como pastiche.
Esta penosa lógica de adscripción estética reina en casi todos los ámbitos de la producción artística actual. Desde la programación de los museos a la elección de figuras emergentes al diseño de los contenidos editoriales todo esta mediatizado por una lógica de pertinencia estética dictaminada por unos principios tan sumamente evidentes que resultan indignantes. Entre ellos:
-La fe ciega a los dispositivos neotecnológicos
-La información (cuanta más mejor) de todo lo que aparece o puede aparecer en el mercado.
-La juventud (id est – potencialidad para ser manipulado)
Que nadie hable aquí, ni que se le ocurra, del problema del sujeto (a riesgo de ser tachado de majara).
No se, quizá hay algo de nostalgia en este sueño vespertino que intento relatar, pero también hay reclama profunda, no soy el único que lo hace, de obras que vuelvan a instaurar, a recuperar, si se quiere, unos principios que en cierto momento parecieron quedar asentados como claves en el fenómeno artístico y éstos pasan por la crítica de cualquier posición blanda ante la experiencia. El tiempo, el sujeto, la muerte, lo político (más importantemente quizás que nunca) siguen siendo temas irresolutos, tal vez irresolubles, pero que desde mi punto de vista son los únicos a través de los cuales el arte puede recuperar valor alguno como herramienta de conocimiento profundo.

Blues y desastre. (Esperando a Irene)

Suenan los primeros acordes de Midnight Hour Blues por Leroy Carr y la habitación se inyecta de un humo que suspende lo real y se me antoja como iluminado por una austera vela que oscurece y simplifica el mundo. Lo convierte en una micro esfera barroca rodando en la gramola de los acontecimientos, irrepetible pero en eterno retorno. Es el blues de la medianoche, de la hora mágica, el gozne entre mundos que ha fabricado mitos y literatura en el pliegue místico del tiempo, de la hora que no es. El momento en que la conciencia se desdobla, por el sueño o por la soledad existencial de un mundo sin luz o acaso iluminado por los neones y leds, palabras de luz, palabras imagen que nos siguen fascinando

El blues es la música de quienes se les ha arrebatado todo pero aun así tienen el poder de estar por encima de las circunstancias. Plagas, huracanes, inundaciones, enfermedad, traición, pobreza, esclavitud y muerte son temas recurrentes del blues. Libre de la espiritualización religiosa del gospel, el blues es esencialmente profano, una expresión individual ante el desastre. El blues no necesita explicación alguna, religiosa, política o moral, ni denuncia culpables. Si la persona es víctima de lo injusto del mundo, la voz, el aliento vital está por encima de todo ello. Una voz que grita sin queja, acompañando a la guitarra o al piano sobre ritmos que hacen temblar al cuerpo con unas vibraciones primitivas, anteriores a toda civilización. No hace falta saber tocar un instrumento para tocar un blues, no hace falta saber cantar para cantar un blues, solo hay que hacer sonar el cuerpo con esas vibraciones para entender que todo lo que existe es transitorio y que pasará.

Atrapados por circunstancias en las que nos sabemos conscientemente traicionados, engañados por la organización interesada del mundo o por la desgracia de las catástrofes naturales, el blues reduce el coeficiente de necesidad a prácticamente cero. Una vida sin miedo a la pérdida o con medios para integrarla en la fábula de nuestra existencia puede ser el arma más poderosa para combatir el desastre.

El blues no tiene autor, tiene intérprete (it’s the singer, not the song), algo lo suficientemente radical como para desmontar uno de los pilares básicos de nuestra cultura actual, el derecho de autor. Se sabe que antes de que existieran equipos de grabación, antes de que la industria discográfica se hubiera siquiera concebido, había intérpretes de blues, guitarristas, cantantes, bandas capaces de interpretar una canción, chasqueando los dedos, tocando las palmas, soplando una botella de whisky… Las letras son siempre adaptaciones de textos populares que el oportunismo de las discográficas llevó a registrar pero cuya potencial variación es ilimitada. En realidad uno sólo puede ser autor de sus propios actos, de su propia interpretación, de la puesta en acto del texto, jamás del texto en sí. Esa puesta en acto, el estilo, es la forma de hacer sonar al mundo; algo tan inaprensible como la propia presencia. Así, Midnight hour blues de Carr es tan distinto de Midnight blues de Bessie Smith como dos mundos, que se oscurecen por el mismo sol pero están separados por millones de años luz.

Ahora no es medianoche pero el cielo se oscurece como si lo fuera, con la uniforme placa de nubes que precede a la llegada del huracán Irene. El desastre acecha pero desde la aparente seguridad de un hogar recogido y abastecido de velas y provisiones me siento excitado por la inmanencia de un fenómeno que rearticula nuestra lógica de necesidad y nuestro orden de prioridades. En perspectiva no hay nada más que mis circunstancias y un tiempo en bruto que se mueve a la velocidad de un huracán.

Conquistarnos no más

Publicado originalmente en SalonKritik

Tal vez sea necesario mirar de una vez por todas a Latinoamérica sin el acostumbrado complejo de superioridad de los países que llamamos desarrollados. Más concretamente, habría que abandonar el paternalismo con el que desde España se mira a los países que comparten la misma lengua como si aquí se albergara el canon y la verdad de la misma. Evoluciones lingüísticas de distinta naturaleza han hecho que el castellano adopte distintas variantes, ninguna original, fijadas a duras penas por la oficialidad de las reales academias, respetables aunque quizá impotentes garantes de la corrección del idioma.

En muchos aspectos poco ha cambiado en nuestra visión colonialista y eurocéntrica del continente americano. Se ve a Latinoamérica bajo el prisma parcial y extremista de los medios de comunicación como un lugar de pobreza, asesinatos y políticas bananeras cuando nuestro país no es un modelo de impecabilidad política ni mucho menos; quizá ningún país lo sea. Como ilustrados europeos, la pobreza o incompetencia ajena alimenta nuestros instintos autocomplacientes y respiramos aliviados de vivir en un lugar donde los derechos humanos se respetan, o eso parece. Pero los nuevos tiempos de crisis empiezan a esbozar un panorama que evidencia la fragilidad de los modelos de prosperidad y abre una época en la que nuevos mapas geopolíticos habrán de trazarse.

Como sabemos, especialmente en una época de especulación tan extrema, el valor no es un hecho por sí mismo, ha de ser creado. En tal tarea un proceso doble de inhalación y exhalación es necesario, captar lo más interesante y operativo de las culturas que compartimos idioma y mezclarlo sin miedo, ya que en el miedo de mezclar tradición perdemos experiencia. Es hora de mirar sin complejos y aprender de una cultura tan flexible que ha sido capaz de sobrevivir a pesar de la masacre y el horror y que ningún imperio cultural, ni siquiera el norteamericano ha sido capaz de dejar atrás. Poseedora de unas tradiciones que proponen un conocimiento diferente, no tan enfocado a la explotación de los recursos sino más a su conservación y desarrollo, algo que sin duda es el nuevo paradigma al que hemos de hacer frente y tal vez el punto de partida ético en la búsqueda del nuevo Dorado del conocimiento.

Latinoamérica está en nosotros y nosotros en ella. Lo queramos o no, en una situación excepcional, un mismo idioma une más que un mismo color, bandera o estatus social. En cualquier caso, se debería de mirar a Latinoamérica no bajo unas coordenadas de solidaridad (o no sólo) sino de trabajo, de puro y llano trabajo; de mercado si se quiere. Léase aquí una crítica a la incompetencia sistemática de España a la hora de aprovechar las pocas chances que el mercado ofrece para proponer imágenes y dinámicas de producción con influencia a nivel global. Nunca ha habido tantos medios para explotar las dinámicas de mercado y aun así no hay empresas, museos o instituciones que sepan explotar el potencial del inmenso imaginario de la cultura hispánica proyectándolo al exterior. Es innegable que muchas exposiciones en España sobre arte latinoamericano, desde el Reina Sofía (Principio Potosí), la del Musac (Pensar Latinoamérica) o la reciente América fría de la Fundación Juan March entre otras, además de algunos congresos, simposios, etc. Pero faltan proyectos donde Latinoamérica y España se proyecten, juntas por fin, hacia el mundo con toda la potencia que contienen. Ya que si nuestras identidades son distintas, la alianza, el trabajo conjunto más crítico y menos autocomplaciente, en un entorno global podría ofrecer resultados espectaculares.

CANDILEJAS, luces trémulas del Arte

Publicado originalmente en SalonKritik

Las candilejas son las luces que iluminan el escenario de un teatro y es así como se tradujo al español el título original de la obra maestra de 1952 “Limelight” de Charles Chaplin. Sin embargo la traducción no capta el significado real de la palabra que se aproxima más bien a un “estar en el candelero”, ser famoso, que el trabajo del artista sea reconocido por el público en general y que el talento se deje expresar con plena libertad. Eso es lo que el viejo Calvero de la película anhelaba tanto, ya hacia el final de sus días. Todo artista se enfrenta a lo largo de su vida a los fantasmas amenazadores de la indiferencia y el olvido que ponen en juego a diario la viabilidad y la continuidad de su trabajo propios de una profesión sin nombre, o con un nombre tan abstracto que incluye a cualquier tipo de creador de ilusión.

La débil luz trémula de las velas ilumina el espectáculo de sombras. No hay espacio para todos los artistas en el imaginario colectivo, tan sólo unos pocos acarician aunque sea por unos instantes la fama, un reconocimiento generalizado que vincula una propuesta con un territorio social ampliado – y amplificado. Aun a sabiendas de esto todos reclaman como legítimo una porción de ese espacio, una plataforma que permita la continuidad de la profesión y desde la cual desarrollar todo el potencial de un talento. Pero, ¿qué es el talento? Podemos definir el talento como el capital cultural de un individuo o colectivo cuyo valor se ve definido por la necesidad social y política de ciertas funciones culturales. Pero esta necesidad viene determinada por la capacidad de asimilación y posibilidad de uso de dichas funciones por parte de un grupo social determinado.

Es aquí donde las políticas culturales –donde siquiera existen- tienen la responsabilidad como organismos capaces de hacer productivas las funciones culturales. Pero en una sociedad donde el capital, financiero y cultural, está tan sometido a fluctuaciones especulativas, la confianza en el valor real –productivo, funcional- de las propuestas se ve puesto en cuestión constantemente y la necesidad de agencias de “rating” se hace patente como únicos faros en la confusión, faros del espectáculo, traicioneros y cómplices del mercado y su lógica de escasez = valor.

Dentro de una economía basada en la escasez, en la deuda, todo exceso de producción, de arte en este caso, hace ínfima -y en muchas ocasiones milagrosa- la posibilidad de la existencia de agencias culturales independientes con la capacidad de dar valor y uso a las funciones culturales existentes, a los recursos creativos, bajo una guía experta y cualificada que analice y valore las propuestas y las ponga en circulación. La vinculación y dependencia casi siempre necesaria hacia una institución que provea de los tan necesarios recursos económicos que permitan una difusión adecuada y eficaz de las obras termina casi siempre en fracaso debido al excesivo peso que adoptan, en su dirección o control, figuras estrella, faros espectaculares que polarizan el discurso, banalizándolo y depotenciando toda su capacidad transformadora.

Un ejemplo reciente lo tenemos en la última edición de la Bienal de São Paulo en la cual un agenciamiento cultural con gran potencial de calado cultural y político termina más bien en Feria de Arte politizada y como suele ser tristemente habitual, en una maniobra improductiva de dilapidación de los recursos económicos, intelectuales, artísticos, existentes.