Category Archives: Cultura

Diario de Woodstock

Yo enfrente de Big Pink. Fotografía de Leila Jacue

Yo enfrente de Big Pink. Fotografía de Leila Jacue

Publicado originalmente en SalonKritik

“En el bosque hay caminos, por lo general medio ocultos por la maleza, que cesan bruscamente en lo no hollado. Es a estos caminos a los que se llama ‘Caminos de Bosque’. Cada uno de ellos sigue un trazado diferente, pero siempre dentro del mismo bosque. Muchas veces parece como si fueran iguales, pero es una mera apariencia. Los leñadores y los guardabosques conocen los caminos. Ellos saben lo que significa encontrarse en un camino que se pierde en el bosque”. (Martin Heidegger, ‘Caminos de Bosque’).

 

Conducimos despacio atravesando el bosque. Carreteras secundarias peinan la montaña creando un laberinto sellado desde el cielo por las copas de los árboles. Tanta madera proporciona un tipo de silencio seco al que apetece abrirse. Cabañas abandonadas o en reparación a lo largo del camino, algunas con algún coche aparcado en la puerta y quizás una canoa en el remolque.

Nos paramos en una casa al pie de un estanque de agua enrojecida por residuos minerales. Hay un pequeño muelle y sobre éste hay posada una grulla, muy quieta. Me siento como un intruso, un turista que soy en un tiempo que no es el mío. Leila me dice que no es eso, que estamos en una realidad paralela que transcurre al mismo tiempo que la vorágine tecno-industrial de la ciudad. Pero los dos coincidimos en que el tiempo aquí tiene más presencia. Cuando nos acercamos, la grulla vuela hacia un árbol cruzando el lago. Esa imagen tiene más peso en mi memoria que miles de personas atravesando Times Square en toda una mañana. “Lo and behold”, “Mira y verás”, decía el Antiguo Testamento.

No es casualidad que algunas de las canciones más influyentes de la historia de la música popular fueran compuestas y grabadas en ese mismo bosque, muy cerca de ahí, a menos de un kilómetro en una casa que se conoce como Big Pink, escondida tras los árboles, al final de lo que ahora es un camino privado. Music from Big Pink de The Band y las Basement Tapes de Dylan (con the Band) fueron producidas en ese entorno que conserva todavía un aire prehistórico que resiste a ser reemplazado.

El bosque es un lugar poderoso y eso se puede sentir su doble carácter, a la vez acogedor y amenazante. Hay que ser viejo para vivir en el bosque, no físicamente sino espiritualmente; sólo un espíritu viejo, que ha abandonado las tentativas y ejecuta con pulso firme las tareas esenciales del ser, puede vivir en el bosque. Todos los caminos parecen iguales, solamente los leñadores y el guardabosques saben distinguir cuáles conducen a una carretera principal y cuáles se pierden en rutas circulares que no llevan a ningún sitio. “Odds and ends, odds and ends, lost time is not found again”. El tiempo perdido no se encuentra otra vez. Tengo miedo de que una parte de mi se haya quedado en ese bosque y tenga que volver a recuperarla algún día, cuando sea guardabosques.

Cuando escucho las grabaciones de Big Pink siento cómo parte de la sabiduría del bosque habla a través de ellas. Letras espesas y llenas de figuras del discurso que, como criaturas salvajes, crean un tiempo propio que nos hace sentirnos -aunque hablemos la lengua- extraños en el lenguaje. Patrones rítmicos que poseen una cadencia respiratoria, lenta pero incesante; la conquista siempre temporal de un territorio que refleja la potencia pulmonar de la tierra. Y estribillos que terminan con aullidos colectivos: el bosque es un lugar para aullar. Aullidos que no son de desesperación, como el Howl de Ginsberg sino ejercicios de medición de distancia y reconocimiento animal en un mundo salvaje.

Seguimos la ruta y alcanzamos una ruta principal que nos lleva al pueblo de Woodstock al que ni siquiera entramos. Demasiada romería y turismo revivalista en un pueblo en el que en realidad nunca sucedió nada, el renombrado festival tuvo lugar en Bethel, a 70 kilómetros de allí, sólo el nombre lo convierte en lugar de peregrinación. La realidad es que fue en el bosque donde se creó la música y donde algún día se vivió en un clima de libertad radical y comunidad creativa que confluyó en aquél festival. Quizás ahora también siga produciéndose música increíble, en algún camino que se pierde en el bosque.
Post scriptum

Leo en el periódico que 10.000 hectáreas de monte y bosque arden en la provincia de León y pienso en cómo se pierde, una vez más, otro espacio para la producción de sentido en un mundo con piel cauterizada, que sangra por dentro.

EL CINE ESPAÑOL

Publicado originalmente en SalonKritik

El cine español; estas tres palabras se han convertido en los últimos tiempos en una especie de eslogan o nombre de entidad, tipo La seguridad social, que hace referencia a una serie de productos culturales cinematográficos subvencionados por el estado en su apuesta por sacar algún tipo de beneficio tangible de la Cultura: cifras, índices de audiencia, ingresos. No en vano se le dota del segundo mayor presupuesto nacional, después del dedicado a los museos –que gracias al turismo se puede considerar un valor seguro.

Observamos también como, en su apuesta por otorgar identidad nacional al medio, de alguna manera se nos quiere hacer pensar que el cine español es algo importante, algo que nos ayuda, en lo que debemos de creer y que debemos fomentar porque es nuestro, nuestra manera de contar las cosas, nuestra idiosincrasia y nuestra cultura. Algunos van más allá aún y pronuncian las tres palabras como si tuvieran la relevancia intelectual de otras tres palabras mucho más inolvidables, pero no por ello menos comerciales: La nouvelle vague.

Pero el cine español no es un movimiento, nunca lo ha sido y dudo seriamente que se pueda poner esa etiqueta a algo que no sea la fría denominación de un sector del presupuesto dedicado a la cultura, altamente privilegiado por cierto. Es más bien en esa responsabilidad –la económica- en la que quizá deberían de pensar los cineastas a la hora de hacer las películas y no en la que Alex de la Iglesia se refiere en el discurso pronunciado en los últimos premios Goya: “Tenemos que pensar en nuestros derechos, por supuesto, pero no olvidar NUNCA nuestras OBLIGACIONES. Tenemos una RESPONSABILIDAD MORAL para con el público.”

http://www.elpais.com/articulo/cultura/Discurso/integro/Alex/Iglesia/entrega/Goya/elpepucul/20110213elpepucul_9/Tes

“La responsabilidad moral” Si Luis Buñuel estuviese vivo no se como actuaría ante tal afirmación pero me lo imagino. Estoy seguro que la responsabilidad moral no era precisamente lo que les preocupaba a él y a Salvador Dalí cuando trabajaron en la realización de Un perro andaluz, que sigue siendo una de las obras claves del cine internacional y de cuyas rentas sigue viviendo “el cine español”.

Buñuel realizó buena parte de sus películas en el extranjero con financiación extranjera pero sigue siendo cine español. La cultura de España parece que no acaba de entender que intentar crear una identidad por la fuerza resulta algo perjudicial y que es sin embargo la diversidad y la condición nómada de las ideas las que otorgan riqueza al patrimonio cultural.

El miedo hacia un cambio ideológico

Publicado originalmente en SalonKritik

Hablar de Nueva York no equivale a hablar de Estados Unidos y desde luego no es quizás el punto de referencia acerca de cómo se ve afectado este país por la crisis económica, pero sí es la referencia fundamental del modelo de producción neoliberal americano que sitúa a cualquier potencial económico en un mismo campo de juego. Como en todo ejercicio lúdico, quien tiene más experiencia juega con ventaja y quien es capaz de trabajar en equipo de la manera más óptima gana el partido. Pero hay otras tácticas que son claves como la planificación a largo plazo, establecer una formación específica para cada foco de producción o desarrollar una red fiable de contactos.

Si abrimos el NY Times vemos que las noticias que aparecen en primera plana tienen casi siempre un sesgo económico práctico relativo al pago de impuestos, la bolsa o los límites de gasto cumplidos o no por los partidos políticos. Casi nunca vemos cómo la polémica sobre un posible caso de corrupción ocupa repetidas jornadas la primera plana de los periódicos, tal vez porque saben que la corrupción no es una cuestión de partidos sino de personas y que, al margen de que la ley actúe con todo su peso judicial, el público no va a encontrar en esas noticias información alguna que le ayude a estar simplemente informado de cómo puede desarrollar su vida con mayor eficacia y prosperidad o fomentar una conciencia política que le mantenga “al día” y le dé voz a la hora de activar cambios oportunos en los modelos de gobierno.

Por ahora en España la única voz que poseen los ciudadanos es estadística, basada en encuestas globales que hacen oscilar las expectativas políticas muy a corto plazo. La prensa por lo tanto tiene el poder de balancear la opinión a su antojo con noticias que nunca dan medios para conocer sino medios para opinar acerca de cuestiones que, sin dejar de ser importantes (El caso Gürtel, la Ley Sinde, la mala gestión de la crisis…), no activan los cambios políticos de un modo directo sino de un modo espectral, como el mero índice de opinión con el que cuentan los políticos a la hora de hacer sus cábalas electorales y que utilizarán una y otra vez como elemento de poder fantasma.

En la misma línea nos preguntamos, sin tener respuesta convincente, por qué en España hay tantos estudiantes cualificados en el paro. Quizá la respuesta sea otra pregunta, ¿cualificados para qué? ¿Existen o se generan los trabajos para todos esos profesionales que salen cada año de la Universidad? ¿Son realmente profesionales o más bien proto-profesionales a la espera de que se genere un puesto de trabajo en el que puedan encajar? Constatamos como la formación es muy a menudo solo una cuestión de baremo, de corte, que excluye por ejemplo a los no licenciados sin importar en qué están realmente preparados. Pensemos seriamente cuánta gente que ha aprobado una oposición tiene estudios universitarios relativos a su trabajo y si no es la oposición en sí la formación específica que les prepara para el futuro trabajo, ¿no debería ser al revés?

En los Estados Unidos hay una desprotección social si se quiere de los ciudadanos pero sí que existe una protección de sus derechos profesionales, cada ciudadano es una empresa que debe de gestionar inteligentemente sus recursos y capacidades si quiere tener la mínima oportunidad de éxito. Es quizá un modelo duro pero prácticamente garantiza que quien trabaja duramente consiga prosperar. No solamente a la hora de aprobar un examen sino en todo momento; no se puede bajar nunca la guardia a riesgo de que puedas perder tu puesto de trabajo. Parece lógico que –con una flexibilidad razonable- uno dé el 100% cuando trabaja del mismo modo que da el 100% cuando no tiene que trabajar.

El mundo está cambiando de un modo drástico, tal vez a peor, pero eso es sólo una cuestión de perspectiva. Lo que es cierto es que fenómenos como la polémica sobre la Ley sobre la propiedad intelectual anticipan nuevos modelos de producción y de consumo a los que España no se está sabiendo adaptar o lo hace de un modo extremadamente lento. La protección de los derechos sociales está muy bien pero no a costa de toda posibilidad de evolución. El desarrollo de modelos alternativos de producción pero también de disfrute es una tarea ineludible que países como España tendrán que hacer frente cuanto antes si no quieren (si no queremos) llegar a supuestos mucho más dramáticos que nos parecen aún lejanos pero son posibles, todo es posible. Tal vez se acabó el tiempo de la siesta y las incontables paraditas para tomar el café o fumar el cigarrillo, placeres sencillos y muy respetables pero que sencillamente son incompatibles con la productividad y quizás contraproducentes para nuestros modos de organización del tiempo. Puede que la calidad de vida deje de ser un bien que heredamos para convertirse en algo que tenemos que conquistar con trabajo duro. Es hora de un afrontar el cambio ideológico, de abrazar sin miedo el futuro que ya está aquí (Auserón dixit) y no hay quien lo pare.

El rostro es una máquina blanda

Publicado originalmente en SalonKritik

Un rostro de por sí no es nada, como una fotografía de carnet; un soso retrato de nuestra apariencia, el recordatorio de que somos humanos; como decía Levinas: “el rostro del Otro hombre es lo que nos prohíbe matar”. También nos convierte en un “cualquiera”, una cara más, en un usuario más del espacio colectivo – suspendiendo toda expresión, como en el metro o en un ascensor. Pero basta una leve emoción para que ésta se refleje en el rostro estableciendo un lenguaje que puede resultarnos seductor, familiar o intolerable.

La configuración de un gesto puede ser tan veloz y efímera que ejerza un poder subliminal sobre la conciencia, y tan difícil de representar como la mismísima sonrisa de la Gioconda. La fotografía documental – por ejemplo Cartier Bresson, una cara tras una cámara- nos ayudó a fijar la expresión facial, comprender un fenómeno de variaciones sutiles que quizá Marey o Muybridge pensaran en fotografiar y tal vez más tarde desecharan por su poca relevancia científica.

Aunque ya presente en el teatro y otras formas de espectáculo, el cine, y especialmente el primer plano, introdujo la expresividad facial en nuestras vidas como una sutil arma de producción de conciencia. Nos ha dado un repertorio visual que se trata en realidad de un poderoso código que, más allá de las convencionales expresiones de aflicción o alegría, es capaz de producir sentido e interpretación.

La expresión conecta con el alma antes que cualquier otro signo. Diríase que es el reverso siniestro que es el reflejo de nuestra propia expresión en los otros. Un simple gesto aterrador lanza una imagen en la retina que se conecta con nuestro corazón y casi es capaz de hacerlo parar, congelarlo como mediante una pausa histérica que cortocircuita la insoportable conexión. Es posible cerrar los ojos pero el recuerdo del gesto nos bombardea incesantemente como si quisiera entrar en nuestra conciencia, instalarse definitivamente en ella, como una máscara. David Lynch es un maestro del rostro, como lo fue Stanley Kubrick. Hay algo en la sonrisa diabólica de Bobby Perú en Corazón Salvaje o de Jack Nicholson en El resplandor que parece querer devorarnos el alma.

A veces en la extrema producción de una expresión congelada hay algo que provoca terror y repulsión, e incita en nosotros un instinto salvaje, ultraviolento. La risa del Joker (en la versión del gran maestro del rostro Jack Nicholson) o la mueca sádica de Alex en La naranja mecánica. “Romperle la cara a alguien” o “borrarle la sonrisa de un guantazo” son dos frases que encarnan ese deseo anhelante de silenciar una mueca insoportable porque en realidad da miedo. Y nos da miedo porque en la inalterable persistencia del gesto hay una ocultación radical de la conciencia que nos impide leerla, interpretar sus emociones, empatizar con ella. Del mismo modo, en la expresión enajenada, en la carcajada histérica, tememos el contagio de la locura, la enfermedad del alma que convierte al rostro en el vívido reflejo de un desorden. Desconectado del alma y sin posibilidad de reconexión, y hace de la comunicación un laberinto del que deseamos salir a toda costa.

El rostro es una máquina blanda. La más leve alteración de los rasgos faciales de una persona es suficiente para transformar su operatividad. La parálisis con Botox de una mínima reacción expresiva basta para eliminar un universo de posibilidades y en cierta medida “deshumanizar” el rostro. Nuestra cara es un mapa, igual que las líneas de la mano. La arruga es la huella visible de un camino repetido miles de veces, borrarla supone eliminar una parte del mapa, es una cosmética del presente pero también del pasado. Pero pese a la cirugía, la cosmética o la transformación – Mickey Rourke o Cindy Sherman- aquello que nos hace íntimamente reconocibles, la secreta combinación muscular y nerviosa con la que marcamos a los otros y a nosotros mismos, sigue siendo un misterio.

Eremitas de cuarto

Publicado originalmente en SalonKritik

Speeding motorcycle, won’t you change me? / In a world of funny changes / Speeding motorcycle, won’t you change me?

La voz de Daniel Johnston* suena en el cuarto acompañada de una básica melodía propia de un jingle televisivo o de una serie de dibujos animados, la banda sonora de las aventuras del fantasma Casper, por ejemplo, que es el alter ego de Daniel. Hay algo tan dulce en la canción, Speeding motorcycle, pero también tan psicodélico, algo que se agarra al placer de la suavidad sintética, onanista, de la manta del cuarto que nos protege de un mundo frío, adulto y sin música.

En el cuarto están los juguetes, las imágenes, los instrumentos que nos permiten recrear la banda sonora de nuestros sueños más salvajes, que a veces son también los más inocentes, y pretender que nos comunicamos con nuestros ídolos musicales, aprendiendo los acordes y haciendo melodías sobre sus canciones. Crecimos con los ritmos infinitos de los casiotones y las guitarras que nos regalaron en la primera comunión, creíamos que seríamos capaces de vivir en la burbuja outsider de nuestros juegos mentales, de nuestros pequeños placeres, carentes de la agresividad reivindicativa de nuestros antepasados, inexplicables y tal vez inútiles como forma de protesta, pero protestas al fin y al cabo contra la aburrida asimilación de lo real. Para nosotros lo real era abrupto, intragable, como unas lentejas frías y sobre todo carente de imaginación. Los cantautores eran, son, ridículos narradores de un mundo al que nunca pertenecimos, los problemas eran sencillamente una forma de angustia repetida como amenaza permanente de nuestro mundo, de la adorable fragilidad de nuestra conciencia.

Las canciones para nosotros no estaban hechas de palabras con sentido sino de frases que expresaban la fugacidad imperativa de nuestras necesidades “¿Qué puedo hacer?”, “Viaja por países pequeños”, “pon tu mente al sol”, “córtate el pelo”… soluciones que no lo son, porque adorábamos las preguntas y desconfiábamos de las soluciones; nos daban vergüenza ajena. La sabiduría de viejo no era aún para nosotros, la tuvimos que reconocer a fuerza de realidad.

Todavía somos eremitas de cuarto, inadaptados sociales salidos de una película de Harmony Korine, adoradores de las historias que hurgan en lo más sórdido, en lo siniestro freudiano, en las palabras más dulces pero que pueden llegar a asustar. Queremos vivir en el instante más salvaje, aquel que no nos obliga a ser, queremos ser cabezas borradoras. Devotos de lo fi y la insondable extensión de las partículas magnéticas. Felices cuando llueve porque el paisaje desde nuestro cuarto se convierte en más bello, más distante, realidad saturada, ruido blanco en el cristal de la ventana.

‘Cause we don’t need reason and we don’t need logic
We’ve got feeling and we’re dang proud of it
Speeding motorcycle…

Dedicado a Nacho

 * El miércoles pasado Daniel Johnston dio un concierto en Casa Encendida donde actualmente se presenta una exposición de su obra.

Europa 2011

Publicado originalmente en SalonKritik

“You will now listen to my voice.You will want to wake up, to free yourself of the image of Europa. But it is not posible”. Lars Von Trier, Europa.

Toda una generación ha sido educada en torno a una imagen Europa de la que ya es imposible desprenderse.

Europa, como todas las identidades nacionales o supranacionalidades ha demostrado ser una mera imagen, un producto del poder para explotar riqueza material y humana. Mediante múltiples campañas y “proyectos culturales” se nos vendió Europa como un gran escudo protector que nos haría fuertes y competitivos económicamente, nos ofrecería ventajas insólitas a nivel laboral y nos otorgaría una nueva identidad moderna y prospera, el reverso intelectual y plural de la capitalista, desalmada cultura americana. El futuro está en Europa, nos decían.

Ahora nos damos cuenta de que todo era una fantasmagoría diseñada por la clase política y que las posibilidades laborales siguen ligadas a otras barreras o formas de exclusión mas sutiles e interesadamente sostenidas como son la lengua y la homologación oficial de títulos, diplomas y certificados de habilitación laboral. Por no hablar de la ausencia de convenios en los sistemas bancarios, redes telefónicas y un sin fin de materias de interés para los supuestos “ciudadanos europeos”, que son quienes en ultima instancia han pagado las medidas que han proporcionado ventajas a empresas y políticos. No así a los ciudadanos a los que tan sólo se nos ha concedido el titulo imaginario de un club con derechos imaginarios.

No sólo se ha pagado ese negocio privado llamado Europa con trabajo y dinero público, también se ha pagado colectivamente con moneda cultural. Hemos vivido el desmantelamiento o remodelación de instituciones como la Universidad adaptadas a planes como Bolonia, sistemas de créditos, masterización y privatización de la enseñanza con el fin de imitar modelos americanos pero cuyos contenidos difieren, permanecen sin homologar o carecen en definitiva de cualquier sentido práctico por mucho que esto sea el reclamo de dichos planes. Hemos vivido años en la inopia, creyéndonos bien guiados por el estado del bienestar cuando en realidad estábamos dando vueltas en círculo, como rueda de molino mientras otros cocían y se repartían el pan.

Desde la distancia, puedo ver nítidamente el desajuste de toda una generación, la mía propia, que se ha visto involucrada en proyectos falsamente humanistas de los cuales sólo atesoramos preciados recuerdos fragmentados y breves encuentros y amistades con otros europeos. Queridos extranjeros que han vivido también a su manera el tremendo desplazamiento -a la deriva- de nuestras culturas.

La cultura en término

Originalmente en SalonKritik

Estructuras de interconexión que en realidad lo único que hacen es darnos paso a su través: poner en relación distribuida la totalidad posible de los contenidos que en las innumerables terminaciones nerviosas de esa red cuasiinfinita constituyen no sólo el origen indagador de nuestras pesquisas, sino también su propio objeto final.

José Luis Brea. Cultura Ram. Mutaciones de la cultura en la era de su distribución electrónica.

 

A todos nos ha parecido atractivo en un momento dado hablar del fin de grandes paradigmas conceptuales –Arte, Historia, Tiempo…- designando su caducidad como sistemas de conocimiento, en un intento de pasar página, de iniciar otra cosa, de dejar de usar lo que parece agotado y que de algún modo agota. Los hay que conjuran el fin como puro deseo de transformación, otros lo hacen para intentar hacer desaparecer las ideas que no son capaces de actualizar. En todo caso el fin, el final es un concepto muy físico que cuando se aplica a las ideas suele resultar frustrante. Las ideas no tienen un fin, forman parte de una cadena de transmisión que es memoria y cuyo único fin posible es o bien su uso o bien la carencia de él, el olvido.

Un final no es una ausencia sino un resultado, un outcome, lo que viene hacia fuera, lo que se exterioriza; de ahí que para José Luis Brea el conocimiento constituya terminación-nerviosa-, un objeto que es a la vez final y origen. Del mismo modo llamamos término a una palabra en la que el lenguaje se ha establecido, se ha hecho superficie; pero esto no quiere decir que no se deslice, que no se empalme con otras capas del lenguaje en evolución. La evolución lingüística no viene marcada por la desaparición de un término sino por el desplazamiento generacional o geográfico del mismo; un proceso en el que muta y se transforma, como un virus. En realidad sólo se interrumpe a nivel discursivo aquello de lo que se deja de hablar – o de utilizar- aquello que, para bien o para mal, ni siquiera somos capaces de echar en falta. En cualquier caso, los discursos sobre el fin no nos salvaran de él, por eso en lugar de hablar de fines se podría hablar tal vez de principios, de una multitud de rizomas lingüísticos, de gérmenes terminológicos que se diseminan en la reorganización de los googlebots.

No hay manera de controlar los signos; se ha perdido autoridad –y la autoría- sobre ellos, las imágenes y las ideas ya no están asociadas a los individuos sino a la red que nos conduce a ellas. Para articularlas sólo es posible actuar de un modo activo creando nuevos conglomerados ideáticos eventuales que, como hashtags, refieran a zonas positivas de reverberación. Habitamos un mapa eventual de lugares comunes en los que el lenguaje se articula in a short term, en cortos períodos de tiempo en los que la palabra equivale a todos los usos -en flujo- de la misma, más allá del lenguaje y del habla.

El mundo en red respalda (backs up) la información. Ya no buscamos términos en un archivo de almacenaje sino en uno indexado. La desaparición o la pérdida de información nunca es total ya que hay mirrors, back ups, caches… y lo que es más, hay sustitutos. Siempre habrá alguna imagen o alguna palabra que cumpla, o sustituya o actualice la función del lenguaje, adaptándose a nuestra experiencia mundo como un guante quirúrgico, protegiéndonos de él a costa de perder sensibilidad. Siempre hay –siempre ha habido- pérdida de información, pérdida de experiencia que, intraducible, se deshace como lágrima en la lluvia o como fugaz pensamiento que, expresado, hubiera quizás cambiado nuestras vidas. Es el arte entonces la función que genera imágenes intentando recuperar desesperadamente la experiencia más allá del lenguaje. A menudo se anuncia el fin de la cultura, el fin del arte, pero el arte es algo que no puede desaparecer porque, incluso hoy, cumple dicha función. Decía Gilles Deleuze en su Abecedaire -cuando Claire Parnet le preguntaba por la muerte de la filosofía y del arte- que “no hay muertos, solamente asesinatos.”

LA OBRA DETRAS DEL AUTOR

ReadyElvis by David Garcia Casado

ReadyElvis by David Garcia Casado

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“A veces resulta que la actividad suponía hacer algo, y en ocasiones esa actividad es la obra.”
Bruce Nauman

En la música popular se encuentran multitud de obras que relegan la idea de autor a un segundo plano en favor de la de performer o simple cantante, teniendo en muy numerosas ocasiones más éxito comercial las interpretaciones que las versiones originales. Para la industria musical las figuras del autor y cantante están en ocasiones tan separadas que ni siquiera el propio autor llega a grabar nunca las canciones que compone puesto que ese no es a menudo su trabajo. Si un cantante quiere grabar un hit ¿por qué componer una canción cuando puede tirar de readymade hits, situarlos en otro contexto -como Elvis con los grandes éxitos de la tradición negra- e imprimirles así un nuevo carácter?

Algo que Duchamp ya puso de manifiesto en el mundo del arte visual de principios de siglo con la idea de los Readymades ¿por qué modelar una escultura cuando se puede coger un objeto ya fabricado, situarlo en otro contexto -el museo- y darle así una nueva función? La diferencia aquí es que un botellero, por ejemplo (según el famoso readymade de 1914), carece de derechos de autor al tratarse de una obra industrial de reproducción, o mejor dicho, posee un derecho de patente por el que se carga una pequeña cantidad cuya fabricación a gran escala hace que sea rentable.

Estos pensamientos cruzados nos hacen plantearnos por qué una obra de arte que puede ser reproducida a escala industrial no lo sea, y nos parece un abuso histórico que se controlen las ediciones y las copias con fines únicamente especulativos. Desde nuestro modo de ver, el que una obra de Duchamp posea derechos de reproducción es algo ilógico (¿qué magia hace que un objeto artístico valga más que otro idéntico industrial?), que lo posea una fotografía de la obra lo es aún más, y en definitiva, que la propia obra posea valor, el botellero por ejemplo, es demencial, máxime cuando existen múltiples reproducciones “industriales” y el valor fetiche, como ilustre antiguedad si se quiere, es nulo, sabiendo incluso que el propio objeto que utilizara Duchamp se perdió, restituyéndose por otro en 1964.

Tantos años de desmontaje de la figura del autor parecen no haber servido de nada cuando hoy por hoy la autoría se imprime como código genético exclusivo de los productos culturales. Cada imagen, aunque repetible y apropiable, parece ser considerada única, y ello a pesar de las diferencias significativas en su reproducción debida a los formatos de compresión o impresión en todos los medios. Pero aún es más, las influencias de toda índole y procedencia que pueda contener la obra se consideran parte de la misma y propiedad indiscutible del autor, ya se trate de una canción, de una fotografía, de un libro etc. No nos parece lógico que, por poner un posible ejemplo, un fotógrafo utilice una composición de Manet registre tal imagen y prohíba su uso en un libro universitario que pueda poner en evidencia tal relación o exija un pago de reproducción independientemente de su tirada y afán de lucro.

Se puede argumentar ante esto que los que realizan el libro también pueden pueden obtener beneficio, pero lo que habría que definir -si se puede- es, cual es el objeto con el que se comercia en cada caso ya que cada configuración contextual del mismo constituye un nuevo objeto cultural. Lo que parece tener mas sentido aquí es intentar poner en marcha o activar la función cognitiva -operativa o no según – que cumplen en cada caso los objetos culturales. Entendemos que tal labor es la tarea propia de la crítica que pasa por el desarrollo de organismos culturales críticos eficaces cada vez más necesarios. Eso sí, independientes de toda institución museística para evitar en la medida de lo posible la especulación.

En cuanto a la práctica artística, la historia del arte está hecha de relecturas de obras precedentes. El movimiento conceptual nos ha enseñado que ya no es necesario seguir inventando formas (el mundo del diseño no es sino una batidora de pastiches) sino conceptos, es decir formas de pensamiento asociadas a contextos determinados que pueden ser o no materializadas físicamente. En muchas ocasiones su mera indicación es suficiente. Mantener pues una lógica de autoría de las indicaciones más allá de un honorable reconocimiento nos parece un absurdo. Si hay artistas de las ideas, estos deberían de ocupar posiciones no estables sino activas, integradas en otros procesos de creación de mundo más allá de la institución arte.

Originalmente en Art on the Tracks

La revolución será surrealista o no será

Originalmente en SalonKritik

“La treta que domina este mundo de cosas (es más honesto hablar aquí de treta que de método) consiste en permutar la mirada histórica sobre lo que ya ha sido por la política.”
Walter Benjamin, El surrealismo, la última instantánea de la inteligencia europea.

Se puede pensar que vivimos en un momento en el que los poderes fácticos desarrollan conductas y mecanismos más allá de toda lógica y que día tras día nos dejan perplejos y casi inertes, buscando desesperadamente algo de sentido a toda la sarta de incongruencias que aparecen en el espacio político, que deciden nuestro futuro inmediato y lo están reduciendo a un no lugar en el que parece imposible proyectar nada. De alguna manera advertimos que estamos dominados por una treta bajo la que el poder produce, casi a la manera de De Chirico, un espacio metafísico despojados de elementos de realidad. Una escenografía que legitima la producción de todo un esperpento ético despegado de lo humano, verdaderamente kafkiano, duramente guardado por elementos de autoridad y represión que actúan como contenedores de todo este desvarío generalizado.

En este frío escenario se está produciendo una expropiación y desmantelamiento de bienes materiales e inmateriales que no se han conseguido de la noche a la mañana; muchos, desgraciadamente, innumerables en esta breve nota. Uno de ellos, que es en realidad una especie de antídoto y al que quizá no se esté dando la suficiente relevancia es la capacidad para invocar el sinsentido como forma de liberación de esquemas de orden moral, una de las grandes conquistas ideológicas del siglo XX que ahora se está usando de manera burda e intimidatoria por el poder como arma estrategia de inversión y producción de reaccionarismo. Si Gracián escribe allá por el Siglo XVII: “son más en el mundo los desordenados que los subordinados”, ahora parece que es más bien al contrario; no somos más que una masa de subordinados. Sólo esto parece explicar que pese al descontento generalizado en Europa se siga apoyando a partidos conservadores o de tinte tecnócrata en una búsqueda desesperada de algún tipo de lógica, orden y sentido común.

Un concepto radical de libertad no lo ha habido en Europa desde Bakunin. Los surrealistas lo tienen. Ellos son los primeros en liquidar el esclerótico ideal moralista, humanista y liberal de libertad, ya que les consta que “la libertad en esta tierra sólo se compra con miles de durísimos sacrificios y que por tanto ha de disfrutarse, mientras dure, ilimitadamente, en su plenitud y sin ningún cálculo pragmático”. Ibidem.

Invoquemos al surrealismo y su iluminación profana. En realidad hoy más que nunca hay instrumentos y artefactos de sorna y desvarío que funcionan como válvula de escape del drama cotidiano y cuyas estrategias tienen su origen en las primeras vanguardias y la escuela surrealista. Pero hemos tal vez de profundizar un poco más y entender que la llamada revolución surrealista no estuvo ni está en el mero desvarío como chiste, greguería, apariencia de locura o shock mediático, sino, y siguiendo a Benjamin, en la “iluminación profana”: un instante de lucidez, de percepción consciente del devenir que nos sitúa más allá de nosotros mismos y nuestras microhistorias, y nos da un impulso insólito, una voluntad para hacer historia en estado puro.

Entendemos que para la producción surrealista ha de darse una “destrucción dialéctica” que preceda la producción de un lenguaje nuevo. Algo que nazca apenas como un balbuceo sin sentido, cuya práctica provoque el contagio colectivo. La revolución será surrealista o no será, ni la búsqueda de sentido a través de la elaboración de dialécticas paralelas, ni su suspensión más radical –esto es, el suicidio- tiene la capacidad de devolver, en este momento, sentido o dirección al acontecimiento. Es hora quizá de reclamar el surrealismo como disfrute ilimitado de la libertad que nos queda y se ha conquistado con esfuerzo para ir más allá del sentido, de la razón, de nosotros mismos, y la ilusión de estabilidad que se nos ha vendido como modelo con el único fin de hacernos subordinados a ella. No es en la contestación violenta ni en la dialéctica progresista ni en la pasividad del rebaño donde está la solución, sino quizá, una vez más, en el potencial creativo del surrealismo como gesto y disfrute –insistimos: como iluminación profana- y en su capacidad ilimitada para producción de libertad y devenir… o por lo menos en la existencia de su posibilidad.

 

Nostalgia y miedo del acontecimiento puro

Originalmente en SalonKritik

En la infancia parecía que llamábamos a los acontecimientos, los invocábamos con curiosidad y excitación; algunos eran mitos de las generaciones precedentes, otros nos pertenecían sólo a nosotros mismos y su recuerdo estaría alojado en lo más íntimo de nuestra memoria. Surgían a diario del porvenir, esa incógnita fascinante pero también aterradora que nos parecía inagotable.

A medida que crecemos son más bien los acontecimientos los que nos reclaman, hasta el punto de que para muchos la felicidad es la mera ausencia de tal experiencia. Eso que denominamos “vacaciones”, un breve lapso en el que podemos adquirir acontecimientos, desear que ocurran (siempre sabiendo que serán placenteros o al menos novedosos), escapando de una rutina acechada por el peligro potencial de los acontecimientos que nos reclaman.

Miramos o leemos las noticias y nos damos cuenta de esa amenaza permanente. Deseamos huir de los hechos pero a la vez tenemos un reparo moral, debemos de estar al tanto del alcance de los mismos, queremos conocer los límites para saber si estamos eximidos o no de una intervención. Secretamente anhelamos que nos supere, que nuestra actuación sea totalmente irrelevante, queremos volver al acontecimiento puro, aunque se trate de un verdadero desastre.

La cultura del entretenimiento ha acaparado toda nuestra nostalgia por el acontecimiento, aunque sabemos que es solo un placebo y por eso la necesitamos en pequeñas dosis aunque de manera constante. El éxito de series televisivas como Lost o la reciente Breaking Bad, que transgreden los límites de lo esperable; Melancolía de Trier, Stieg Larsson, los libros de Murakami… relatos de vidas monótonas que cobran fuerza ante lo inesperado, que necesitan un giro, un cambio radical en las coordenadas que libera al acontecimiento como posibilidad abierta. Thrillers del siglo veintiuno que consumimos con voracidad y son sustitutos -francamente brillantes- de una experiencia intensificada. Pero el acontecimiento puro siempre regresa, siempre llega; la vida está destinada a acontecer y cuando lo hace es implacable. Los eventos explotan en el instante, no aguardan en ningún destino sino que recorren trayectorias que colisionan. Desear que suceda o no en realidad es indiferente y tiene que ver más con la gestión deseante de nuestro tiempo y nuestros recursos.

Somos espectadores: esperamos. Para dejar de esperar hemos de extender el espacio de acción fuera de los anhelos del futuro y concentrarnos en los acontecimientos y microacontecimientos que ocurren en cada instante a nuestro alrededor y que nos conciernen más de lo que pensamos. Son las pistas de nuestra actualidad, de nuestro propio modo de actualizar lo real, donde la mitología colectiva y la individual coinciden y la nostalgia y el miedo se evaporan ante la energía explosiva del presente. En última instancia todo es cuestión de si decidimos formar parte de esta explosión que escribe con tinta ilegible nuestro tiempo, tal vez éste carente sentido pero excitantemente real.