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Tan lejos, tan cerca: La palabra

Me gusta ocultar mis sentimientos a los ojos de mis congéneres, sin que, no obstante, me esfuerce aprensivamente en hacerlo, lo que consideraría un gran defecto y una gran tontería.

Robert Walser. El paseo.

Mi convicción es la de que el artista, siendo el enemigo de la sociedad, por su propio bien debe de permanecer tan invisible como sea posible y ciertamente indistinguible del resto de la multitud.

Paul Bowles. Without Stopping.

Qué poco dicen a veces los hombres, que apenas dejan entrever restos de experiencias en sus cuerpos o en sus ropas. En especial los escritores, casi siempre camuflados, vestidos de un modo neutro, “indistinguibles del resto de la multitud”, y a los que solo un tipo de presencia singular nos hace reconocer que están ahí, en un cierto abismo existencial, colgados de la experiencia de los hombres.

Pero también hay individuos capaces de decir tanto en su forma de mirar, de vestir, de moverse… No necesitan escribir una palabra pero están haciendo literatura viva, quizá pidiendo a gritos entrar en el imaginario colectivo, que alguien los inmortalice en alguna historia, que los retrate de un modo más o menos perfecto. En cualquier caso ellos son los verdaderos autores de su ficción, del modo en que hacen la experiencia algo visible, y leíble (aunque no necesariamente legible).

Algunos condensan en el mercurio de su mirada una experiencia acumulada que permanece hermética. Historias que tal vez nadie contará a menos que lo hagan ellos mismos. Cuántos diarios habrá escritos conteniendo las experiencias más increíbles que cualquier hombre pueda vivir. Y aun así, aunque alguien los encontrara y sacara a la luz, ¿los convertiría eso en literatura?

“Si hay un sueño que jamás me ha abandonado, haya escrito lo que haya escrito, es el de escribir algo que tenga la forma de diario…es el disgusto de mi vida, porque lo que me hubiese gustado escribir es eso: un diario total”[1]. Para Jacques Derrida la literatura es un acto de democracia radical pero también de una irresponsabilidad de la palabra. En el momento en que algo se lanza al mercado literario la huella de la palabra se escapa y se pervierte la relación entre el que escribe y un otro. Un experto de la perversión, Michel Houellebecq, lo sabe bien y huye de la huella personal, de lo diario cotidiano. Según él, se puede escribir a partir de las experiencias de otros, incluso mediante un corta y pega de Wikipedia. Es en el arte de la conexión de palabras y de los relatos donde se realiza el acto literario no en la palabra en sí, ni en su huella. La huella, como el inconsciente, no dice nada, es el simple resultado del peso específico de nuestra experiencia.

Me pregunto si es necesario escribir físicamente para hacer literatura. William Burroughs intentó zafarse de la palabra, de ese virus que infecta conciencias con resonancias que nos condenan a repetir los mismos hábitos y a caminar los mismos senderos; construcciones que nos dicen es por aquí, o ese no es el camino. Junto con Bryon Gysin inventaron el cut up que es también el cut the crap: no necesitamos las estrellas para orientarnos porque no vamos a ningún sitio en concreto, nos movemos en renglones yuxtapuestos: danos una navaja y escribiremos nuestra historia. El cut up es solo una técnica de conexión pero según ellos es la ventana en la que se cuelan los acontecimientos por venir, las historias futuras. “When you cut into the present the future leaks out.”[2]

Si es posible hablar sin decir nada, también es posible decir con silencio, sin decir ni mu [3]. La palabra es lo que únicamente lo que hay antes y después del silencio. En realidad es el silencio lo que da sentido a la palabra ya que si no hubiera silencios no serían posibles las definiciones y sin una definición una palabra sería inestable, un radical libre; podría significar lo que uno quisiera, como un vocablo del Jabberwocky. Es eso lo que Burroughs y Gysin buscaban, crear una organización de silencios que desmontaran las definiciones.

La palabra es indisociable del sonido de su pronunciación. Reconocemos la palabra porque la hemos escuchado, ¿cómo si no habríamos de usarla? La voz es lo que hace que la palabra resuene en nosotros para que podamos recordarla. La palabra escrita carece de efecto sin el recuerdo, el eco de la pronunciación de los fonemas que la componen en nuestra memoria [4]. El autor se hace presente en el espacio intermedio, en las formas de silencio. Es precisamente en el silencio donde esa voz entra en escena, inadvertidamente, como cuando escuchamos el murmullo de Glenn Gould colarse en los silencios entre las notas de su piano. Lo que nos permite comprender el efecto y sentido último del texto –como si de una partitura se tratase- es el balbuceo mudo que le ponemos al leerlo, se trata de la música de la experiencia resonando en nuestros nervios. Por eso necesitamos el silencio para leer -es una forma de meditación y cuando algún otro sonido interfiere o alguien nos habla dejamos de escuchar esta voz, se trata de una interrupción atroz.

DGC- The last words

DGC- The last words

La palabra hablada pronunciada “correctamente” es esencialmente insignificante, tiene sólo un carácter instrumental; es una llave de paso, la apertura y el cierre de un intercambio. Sabemos que después de un gracias habrá un de nada, después de un hola vendrá un adiós y después de un buenas noches habrá un buenos días. Y si no es así es porque existe una fractura terrible por la que se pierde algo, tal vez todo. Es el lugar que habitan los ángeles de Wenders, tan cerca pero tan lejos del mundo [5]. Perdidos en el limbo, habitando en el mismo insoportable silencio posterior a las últimas palabras del piloto del Vuelo 370 de Malasyan Airlines: “All right, good night”… Nunca un mensaje tan aparentemente tranquilizador sonó tan terrorífico. Necesitamos escuchar la palabra, el Good morning, que abra la posibilidad de un nuevo día, para saber que existimos, que podemos oir -como a los pájaros al amanecer- la música de la experiencia. Que seguimos en el mundo de los que sienten y recuerdan las experiencias y necesitan expresarlas con palabras, como éstas.

Publicado en SalonKritik
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Notas

[1] Jacques Derrida. Palabra. Entrevista con Catherine Paolett.
[2] “Cuando cortas en el presente, el futuro se derrama”. William Burroughs. Break through the grey room).
[3] Mu proviene de muttum, vocablo que designa el sonido que hace alguien con la boca cerrada y de donde proviene tambien mot, palabra en francés.
[4] Las palabras son en realidad entidades mudas y si dicen lo hacen porque nosotros las hacemos (re)sonar en nuestra mente, como probablemente lo hagamos ahora mismo con estas palabras, que suenan gracias al lector con una voz que tampoco es la mía, porque incluso yo al escribirlas carezco de una.

[5] Wim Wenders. Tan lejos tan cerca.

“Ustedes…
Ustedes a quienes nosotros amamos…
Ustedes no pueden vernos…
No pueden oírnos…
Nos imaginan tan lejos
y estamos tan cerca…
Somos mensajeros….
para acercar a quienes estás lejos.
Somos mensajeros…
llevamos luz a la oscuridad”.

CANDILEJAS, luces trémulas del Arte

Publicado originalmente en SalonKritik

Las candilejas son las luces que iluminan el escenario de un teatro y es así como se tradujo al español el título original de la obra maestra de 1952 “Limelight” de Charles Chaplin. Sin embargo la traducción no capta el significado real de la palabra que se aproxima más bien a un “estar en el candelero”, ser famoso, que el trabajo del artista sea reconocido por el público en general y que el talento se deje expresar con plena libertad. Eso es lo que el viejo Calvero de la película anhelaba tanto, ya hacia el final de sus días. Todo artista se enfrenta a lo largo de su vida a los fantasmas amenazadores de la indiferencia y el olvido que ponen en juego a diario la viabilidad y la continuidad de su trabajo propios de una profesión sin nombre, o con un nombre tan abstracto que incluye a cualquier tipo de creador de ilusión.

La débil luz trémula de las velas ilumina el espectáculo de sombras. No hay espacio para todos los artistas en el imaginario colectivo, tan sólo unos pocos acarician aunque sea por unos instantes la fama, un reconocimiento generalizado que vincula una propuesta con un territorio social ampliado – y amplificado. Aun a sabiendas de esto todos reclaman como legítimo una porción de ese espacio, una plataforma que permita la continuidad de la profesión y desde la cual desarrollar todo el potencial de un talento. Pero, ¿qué es el talento? Podemos definir el talento como el capital cultural de un individuo o colectivo cuyo valor se ve definido por la necesidad social y política de ciertas funciones culturales. Pero esta necesidad viene determinada por la capacidad de asimilación y posibilidad de uso de dichas funciones por parte de un grupo social determinado.

Es aquí donde las políticas culturales –donde siquiera existen- tienen la responsabilidad como organismos capaces de hacer productivas las funciones culturales. Pero en una sociedad donde el capital, financiero y cultural, está tan sometido a fluctuaciones especulativas, la confianza en el valor real –productivo, funcional- de las propuestas se ve puesto en cuestión constantemente y la necesidad de agencias de “rating” se hace patente como únicos faros en la confusión, faros del espectáculo, traicioneros y cómplices del mercado y su lógica de escasez = valor.

Dentro de una economía basada en la escasez, en la deuda, todo exceso de producción, de arte en este caso, hace ínfima -y en muchas ocasiones milagrosa- la posibilidad de la existencia de agencias culturales independientes con la capacidad de dar valor y uso a las funciones culturales existentes, a los recursos creativos, bajo una guía experta y cualificada que analice y valore las propuestas y las ponga en circulación. La vinculación y dependencia casi siempre necesaria hacia una institución que provea de los tan necesarios recursos económicos que permitan una difusión adecuada y eficaz de las obras termina casi siempre en fracaso debido al excesivo peso que adoptan, en su dirección o control, figuras estrella, faros espectaculares que polarizan el discurso, banalizándolo y depotenciando toda su capacidad transformadora.

Un ejemplo reciente lo tenemos en la última edición de la Bienal de São Paulo en la cual un agenciamiento cultural con gran potencial de calado cultural y político termina más bien en Feria de Arte politizada y como suele ser tristemente habitual, en una maniobra improductiva de dilapidación de los recursos económicos, intelectuales, artísticos, existentes.

La cultura en término

Originalmente en SalonKritik

Estructuras de interconexión que en realidad lo único que hacen es darnos paso a su través: poner en relación distribuida la totalidad posible de los contenidos que en las innumerables terminaciones nerviosas de esa red cuasiinfinita constituyen no sólo el origen indagador de nuestras pesquisas, sino también su propio objeto final.

José Luis Brea. Cultura Ram. Mutaciones de la cultura en la era de su distribución electrónica.

 

A todos nos ha parecido atractivo en un momento dado hablar del fin de grandes paradigmas conceptuales –Arte, Historia, Tiempo…- designando su caducidad como sistemas de conocimiento, en un intento de pasar página, de iniciar otra cosa, de dejar de usar lo que parece agotado y que de algún modo agota. Los hay que conjuran el fin como puro deseo de transformación, otros lo hacen para intentar hacer desaparecer las ideas que no son capaces de actualizar. En todo caso el fin, el final es un concepto muy físico que cuando se aplica a las ideas suele resultar frustrante. Las ideas no tienen un fin, forman parte de una cadena de transmisión que es memoria y cuyo único fin posible es o bien su uso o bien la carencia de él, el olvido.

Un final no es una ausencia sino un resultado, un outcome, lo que viene hacia fuera, lo que se exterioriza; de ahí que para José Luis Brea el conocimiento constituya terminación-nerviosa-, un objeto que es a la vez final y origen. Del mismo modo llamamos término a una palabra en la que el lenguaje se ha establecido, se ha hecho superficie; pero esto no quiere decir que no se deslice, que no se empalme con otras capas del lenguaje en evolución. La evolución lingüística no viene marcada por la desaparición de un término sino por el desplazamiento generacional o geográfico del mismo; un proceso en el que muta y se transforma, como un virus. En realidad sólo se interrumpe a nivel discursivo aquello de lo que se deja de hablar – o de utilizar- aquello que, para bien o para mal, ni siquiera somos capaces de echar en falta. En cualquier caso, los discursos sobre el fin no nos salvaran de él, por eso en lugar de hablar de fines se podría hablar tal vez de principios, de una multitud de rizomas lingüísticos, de gérmenes terminológicos que se diseminan en la reorganización de los googlebots.

No hay manera de controlar los signos; se ha perdido autoridad –y la autoría- sobre ellos, las imágenes y las ideas ya no están asociadas a los individuos sino a la red que nos conduce a ellas. Para articularlas sólo es posible actuar de un modo activo creando nuevos conglomerados ideáticos eventuales que, como hashtags, refieran a zonas positivas de reverberación. Habitamos un mapa eventual de lugares comunes en los que el lenguaje se articula in a short term, en cortos períodos de tiempo en los que la palabra equivale a todos los usos -en flujo- de la misma, más allá del lenguaje y del habla.

El mundo en red respalda (backs up) la información. Ya no buscamos términos en un archivo de almacenaje sino en uno indexado. La desaparición o la pérdida de información nunca es total ya que hay mirrors, back ups, caches… y lo que es más, hay sustitutos. Siempre habrá alguna imagen o alguna palabra que cumpla, o sustituya o actualice la función del lenguaje, adaptándose a nuestra experiencia mundo como un guante quirúrgico, protegiéndonos de él a costa de perder sensibilidad. Siempre hay –siempre ha habido- pérdida de información, pérdida de experiencia que, intraducible, se deshace como lágrima en la lluvia o como fugaz pensamiento que, expresado, hubiera quizás cambiado nuestras vidas. Es el arte entonces la función que genera imágenes intentando recuperar desesperadamente la experiencia más allá del lenguaje. A menudo se anuncia el fin de la cultura, el fin del arte, pero el arte es algo que no puede desaparecer porque, incluso hoy, cumple dicha función. Decía Gilles Deleuze en su Abecedaire -cuando Claire Parnet le preguntaba por la muerte de la filosofía y del arte- que “no hay muertos, solamente asesinatos.”

Lecturas cinemáticas, interruptores de identidad.

Texto publicado originalmente en Aleph-arts.org

>No existe nada extramedial. Esa idea misma es un efecto que generan los propios media.<
(Adilkno)

Todo está mediado, el capital regula los recursos, el espectaculo es su interfaz para las masas. La cultura, el lenguaje, las imágenes que atraviesan ese interfaz se convierten siempre en capital como producto especulativo. En un segundo plano estarían aquellas manifestaciones que, pasando por este filtro (y pasan en gran medida gracias a una tradición cultural y social que no se puede obviar) pudieran resultar relevantes para un mínimo sector de los usuarios del interfaz. Pero pensemos que estas manifestaciones que para la mayoría son de segundo orden, para ciertas minorías constituyen elementos cruciales en su entendimiento global de la cultura, el lenguaje, el imaginario…entendimiento que constituye un otro radical del espectáculo.

El problema  ha venido consistiendo en la dificultad de cohesión de estas minorías para constituir un interfaz alternativo cuyo producto sea, no el capital, no el simbólico espectacular, sino la diferencia como valor radical intensificador de la experiencia individual y por lo tanto de su colectividad. Y es que cada grupo minoritario alberga una idea de proyecto político  y en última instancia cada individuo posee una diferencia ideológica que imposibilita esa cohesión. Pero el espectáculo es apolítico, abstracto, sin ideología, es tan sólo una mediación; sus intereses son económicos (de flujo financiero) pues ha nacido de ellos.

¿Podemos seguir hablando de la existencia de un espacio público? ¿Ha existido alguna vez un gran espacio verdaderamente público o sólo microespacios TAZ, zonas no fortuitas, zonas de cohesión temporales? Deberíamos de estudiar el por qué del nacimiento de estos microespacios y darnos cuenta de que sólo es posible el florecimiento de algo como tal, gracias a un potenciamiento de canales que construyan una escena verdaderamente independiente, no ya del capital sino de cualquier valor ideológico, idealizado a priori.

>Es posible que la palabra y la comunicación están ya podridas. El dinero las penetra enteramente: no accidentalmente, sino por su propia naturaleza. Hace falta apartarse de la palabra. Crear siempre ha sido algo distinto que comunicar. Puede que lo importante sea crear vacuolas de no comunicación, interruptores para escapar al control.<
(Gilles Deleuze)

Si el espacio físico de las ciudades ya ha sido revertido por los media, transformado en bloque, vendido, privatizado en su práctica totalidad, nuestra privacidad se convierte en vía libre para las compañías. La televisión es publicidad, no durante el espacio dedicado a los comerciales, no, toda emisión pública (hecha pública) ya está siendo dictada por la visión generada por todo un cúmulo de intereses comerciales. Un imaginario del que nos resulta imposible escapar, por que ya está construyendo nuestra relación con el otro y que nos contagia día tras día, casi simpáticamente… Jamas ha habido integración, no hay difusión del arte en lo real, ni se han artistizado nuestros modos de vida. No hay creación en el mundo, al menos no hay creación de mutuo acuerdo entre nosotros y las cosas. Sólo ha habido una enorme escisión del espejo metafísico en infinitos puntos de fuga de la mirada, que recrean tantas otras sensaciónes, ya no determinantes en nuestra sensibilidad. En cada esquina, una imagen-espejo (falsa imagen) que nos fascina. Cada punto de la composición ha sido diseñado cuidadosamente. Arquitectura de la mirada en cada fragmento, en cada instantánea, no en su conjunto- ya imposible de visualizar-.

William S. Burroughs habla en La Revolución Electrónica del cut-up “como arma de largo alcance para borrar y atontar las líneas de asociaciones dispuestas por la masa media”. De este modo reconoce los complejos sistemas de control que se basarían no en la apreciación de lo real sino en su propia producción. Ya que según esta tesis, las líneas asociativas se utilizan  -hoy en día de modo sistemático- como dispositivo de control de las lecturas interpretativas y producciones de lo real, que expulsa y enajena todo aquello extraño a esas líneas. O más bien, conduce a ignorar, invisibiliza, todo aquello que no produce líneas asociativas claras, asimilables, dirigidas directamente hacia el capital o el poder como principio motor de identificación y de juicio moral.

>Las palabras no tienen absolutamente ninguna posibilidad de expresar nada. En cuanto empezamos a verter nuestros pensamientos en palabras y frases, todo se va al traste.<
(Marcel Duchamp)

El lenguaje, las palabras, el virus, como canal que despliega el control de lo pensable. Pero más alla de ello, la imagen, reproducida hasta el infinito, anquilosando nuestro sistema nervioso a través de órdenes, mensajes sin código que se instalan en nuestra conciencia espejizándose. Construyendo imágenes sólidas de lo real que deja de ser real pues no es consciente. Instantáneas o serie de imágenes estándar que no asocian sino que disocian. Segregan y jerarquizan. La imagen se convierte en referente de lo real -cuando lo real es de hecho el referente, algo que es ajeno a nuestro juicio, que ocurre como desgaste, como fricción, como organismo-. Me refiero a la “cosa en sí” cuya única posibilidad de convertirse en consciente para nosotros es la asociación, un ejercicio alegórico que comunique desde el error (siempre es error, la verdad no nos es adjudicada mas que en el “ser”)  de la interpretación.

Y es que ningún medio alcanzará jamás ningún fin, ninguna verdad, porque no existe fin alguno. Tampoco es tiempo de impartir ideología. Por muy tentador que parezca cualquier intento de afirmarse ideológicamente, de definirse -singularizarse-, de demarcar una distancia radical, de escupir toda la rabia contenida, sabemos que es inútil, al menos en los canales massmediáticos, en el monopolio de la asociación. La ideología es información, ofrece coordenadas a la especulación y por lo tanto tiene un valor de intercambio. La ideología viene implícita en cualquier manifestación pero siempre en su lectura más o menos compleja, en su performatividad; carece de centro. El arte y el pensamiento son entonces no simples productos intelectuales, no esas categorías “arte”, “pensamiento” definidas por cauces institucionales, que parecen oler mal con sólo nombrarlas, sino máquinas, mecanismos que nos producen como imágenes y nos hacen participar de un diálogo perpetuo – de un mestizaje – con lo otro. En definitiva nos convierten en potencial revolucionario en la medida en que nos permite ser capaces de sostener cualquier diálogo pues no hay un a priori imaginario o ideológico, sino un a priori sensible, local o translocal.

Potenciación de canales, asociación, unión de los diferentes sectores independientes capaces de difundir esta experiencia en todos sus aspectos, partiendo de la crítica espectacular como una línea de estudio de las contradicciones del capital que nos puedan ayudar a afrontar sus estrategias de un modo no asimilable (sin que se puedan identificar), tal vez utilizándolas, pero concediéndolas una lectura simbólica radicalmente distinta. Lo espectacular no funciona en sí por sus contenidos, sino por la lectura única, genérica a la que pueden dar lugar (ese placer, demasiado humano, de la comunión con la convención) , por la generación de una sóla realidad social e intelectiva que suministra soluciones concretas para problemas específicos, por una identificación perpetua que impide cualquier tipo de deriva del significado. Tal vez la cuestión sea ¿decido crear realidad, adentrándome en los umbrales del espacio y del tiempo?, ¿decido asociar mi propio contexto con otros? ¿decido hacer cine con las imágenes que me rodean hasta conformar una singularidad performativa?