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Relámpago permanente

“La realidad, sí, la realidad,

ese relámpago de lo invisible

que revela en nosotros la soledad de Dios […]

La realidad, sí, la realidad:

un sello de clausura sobre todas las puertas del deseo.”

Olga Orozco. “La realidad y el deseo”.[1]

 

En ningún lugar el silencio absoluto de la luz, la opacidad negra del mundo. En ningún lugar la noche pura, el universo inverso del ser. En ningún rincón la ausencia acabada de la luz, la noche absoluta, el silencio. En ningún lugar oscuridad pura.

José Luis Brea. “Idea de claridad”.[2]

 

¿Quién posee la lucidez permanente, quién tiene la facultad de generar y mantener una claridad que lo llene todo? Porque incluso el relámpago sucede en un solo instante, no hay permanencia de luz, es demasiado veloz incluso para poder cegarnos. ¿Quién entonces podría desplegarse como un relámpago permanente, ilimitado, que todo lo ilumine? ¿Acaso Dios? Y en esa permanencia, ¿no nos resultaría invisible precisamente por su carácter continuo, sin cortes, sin interrupción?

“En ningún lugar la noche pura”. En ningún lugar la posibilidad siquiera del silencio, de evitar la intoxicación lumínica del mundo causada por el fulgor incesante, inagotable de la experiencia de los hombres.

Esfuerzos titánicos de la humanidad para producir un corte en esa capa invisible pero que todo lo permea. Esfuerzos físicos, metafísicos, humanos e inhumanos para hacernos visible el relámpago de lo real, de su luz absoluta (o deberíamos decir oscuridad) y poder atisbar la soledad de Dios. Por poner un ejemplo, la imagen de Abraham acercando el cuchillo al cuello de su hijo Isaac; los actos más atroces serían intentos desesperados de provocar una manifestación de lo invisible en esta corteza que conocemos como realidad y así quizá poder llegar a saber que, de algún modo, ésta nos ilumina secretamente, oscureciendo aunque sea por un instante a lo que va quedando del mundo, al resto de los mortales. Pretender que en lo más profundo de nuestra ceguera, vemos.

“¡Qué me importaba el sempiterno ‘tú debes, tú no debes’! ¡Cuán distintos el relámpago, la tempestad, el granizo, que son poderes libres, sin ética! ¡Qué felices, qué fuertes son, voluntad pura, sin perturbaciones por causa del intelecto!”[3]. Relámpago, tempestad o granizo: hay algo en la energía de la destrucción que nos resulta fascinante. La belleza jovial de unos fuegos artificiales que también encontramos en el despliegue mortal de un bombardeo y su espectáculo de luces asesino. La última experiencia que tendríamos ante la visión de un hongo nuclear probablemente sería la del éxtasis, una fascinación por el abismo. La imagen total, permanente, como suspensión final del sentido.

“En el territorio del que nos ocupamos el conocimiento solo ocurre al modo del rayo. El texto es el trueno que a continuación redobla.”[4] Algunos nos conformamos con ser testigos de la manifestación efímera del relámpago. Pero no olvidemos que el relámpago es un viaje de ida y vuelta. No podemos guardarlo, no nos pertenece. El rayo toca tierra y regresa a su origen por el mismo canal, a la velocidad de la luz. En su regreso produce el trueno, que es lo único que nos queda de ese brevísimo momento de iluminación, poco más que un eco, la resonancia de un momento de claridad.

“Era impredecible el mundo de las realidades que a él le importaban”, escribe Max Brod sobre su amigo Franz Kafka.[5] Algunos, los más efímeros[6], tienen la capacidad de producir relámpagos: breves momentos, tan breves que puede uno perdérselos en un abrir y cerrar de ojos. Instantes en los que el lenguaje, o deberíamos decir el sentido, lo ilumina todo. Fogonazos en los que, como escribía Burroughs, vemos lo que tenemos en la punta del tenedor, y de algún modo comprendemos lo irracional de un mundo construido enteramente a ciegas.

Este es el regalo, o quizá la maldición: la capacidad de ser rayo, de ver por un instante, pero no poder vivir después en ese mundo que hemos atisbado, y tener que volver siempre de nuevo a una realidad imperfecta que hemos construido “de oído”, a partir de los truenos incesantes de la historia de nuestra civilización. Y saber que el conjunto de la actividad que realiza después todo ejercicio de representación para reconstruir las imágenes del mundo iluminado, de ese breve destello de divinidad, no hacen más que añadir más ruido y más confusión, como las sombras de la caverna platónica, como estrellas que vemos pero que ya no existen más, como sueños que parecen más reales que la propia realidad pero que no podemos tocar, ni tampoco mirar, pues cuando lo intentamos desaparecen, como Eurídice se esfumó ante Orfeo, para regresarla al inframundo, devolvernos a la ceguera, como un sello de clausura sobre las puertas del deseo.[7]

* Gracias a María Virginia Jaua por la edición y publicación de este texto en CAMPO DE RELÁMPAGOS

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[1] Olga Orozco, “La realidad y el deseo” En: Mutaciones de la realidad,1979. http://www.poesi.as/ooxx-016.htm

[2] José Luis Brea. En Salonkritik. http://salonkritik.net/10-11/2012/05/idea_de_la_claridad_jose_luis.php

[3] “Was war mir das ewige »Du sollst«, »Du sollst nicht«! Wie anders der Blitz, der Sturm, der Hagel, freie Mächte, ohne Ethik! Wie glücklich, wie kräftig sind sie, reiner Wille, ohne Trübungen durch den Intellekt!” Friedrich Nietzsche. Carta de abril de 1866 a Carl von Gensdorff.

[4]  “In den Gebieten, mit denen wir es zu tun haben, gibt es Erkenntnis nur blitzhaft. Der Text ist der langnachrollende Donner.” Walter Benjamin. Libro de los pasajes [N 1, 1].

[5] “Unabsehbar war die Welt der für ihn wichtigen Tatsachen.” En Walter Benjamin, “Franz Kafka”, GS II.2, p. 419.

[6] “nosotros los póstumos, nosotros los más efímeros”. Jose Luis Brea. http://salonkritik.net/10-11/2010/08/los_ultimos_dias_jose_luis_bre.php

[7] Op. cit., Orozco.

 

El corazón y el espíritu.

“La gente tiene estrellas que no son las mismas. Para los que viajan, las estrellas son guías; para otros  sólo  son  pequeñas  lucecitas.  Para  los  sabios  las  estrellas  son  problemas.  Para  un hombre  de negocios serán oro. Pero todas esas estrellas se callan. Tú tendrás estrellas como nadie ha tenido…” Antoine de Saint-Exupéry. El principito.

En el espacio de las estrellas y los planetas parecen encontrarse todas las respuestas a las mayores incógnitas. Las grandes respuestas están siempre en el espacio, en lo abierto, llámese cielo, nirvana o simplemente: universo. Se buscan todas estas soluciones a través de la ciencia y de la religión pero en realidad nadie mejor que un niño puede comprender la idea del espacio sin sentirse abrumado por la matemática de sus números y dimensiones. Los niños saben de espacio porque tienen la suerte de que aún no se les ha enseñado a separarse de él. Para el niño todo es espacio y encuentra apertura en cualquier situación, sabe como encontrar áreas de expansión sin sentirse limitados por proporción o magnitud alguna. El verdadero hogar de los niños no está en los torpes habitáculos que diseñamos – más para contenerlos y protegerlos que para que los habiten – sino en el puro cosmos, en algún lugar en las estrellas, en algún asteroide que los adultos habremos de nombrar para saber que existe.

En la famosa película de Spielberg a ET le brilla el corazón para expresar una conexión con el niño Elliot. Es una señal de que reconoce el espacio en él, que aún no ha cerrado su corazón a la apertura absoluta, a la recepción generosa de todas las emociones, al sentido de compasión que caracteriza al reino de lo espiritual. Los niños tienen la capacidad de utilizar el corazón como vínculo de transferencia, de compasión, de acceso a la experiencia directa, sin mediaciones. Es más tarde cuando aprendemos a separarnos los unos de los otros, a enfriar nuestros corazones y desarrollar estrategias de encubrimiento de la realidad, de categorización y jerarquización de la experiencia. De adultos, separamos imaginación de realidad como ámbitos totalmente diferentes, incompatibles, pero eso solo es una manera de tratar de controlar nuestros temores. Lo cierto es que en el puro espacio de la realidad todo es posible. La realidad está en expansión constante hacia lo que aún desconocemos; sin embargo la imaginación está limitada por la capacidad específica de nuestra inteligencia y por los límites del lenguaje y del pensamiento relativos a un determinado momento histórico. Los adultos exploran toda su imaginación con el fin de crear historias para niños pero son los niños los que viven esas historias, en vivo y en directo y sin necesidad de transcripción. Ellos son capaces de asimilar cualquier cosa que se les ponga enfrente y entender como real, sin la necesidad de verificar los modos en los que puede o no encajar en su mundo como haría un adulto. Para un niño no hay diferencia entre lo material y lo espiritual, para ellos todo es espíritu. Su vida se encuentra absolutamente vertida en el mundo y entregada a la cualidad espacial, sideral si se quiere, del espíritu.

DGC 2017